A tres pasos

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La caja,

Ese pequeño objeto

que llevo entre mis manos,

Es el silencio al cubo, 

El dolor,

En ánfora, 

El cubo hecho cenizas

Que se despide en el aire. 

~Alessandro Caviglia, Ánfora nuda.

  

Escribo desde la lejanía a más de cuatro mil kilómetros de donde suelo redactar la presente columna. Es un sueño. Escribo donde la quinua y la maca son un buen desayuno para iniciar la caminata a lugares que desconozco. Aquí no amanece; los atardeceres son un constante gris que me hace recordar la brevedad de la vida. Tampoco llueve, por lo que no existe preocupación por el regreso a casa o las inundaciones que hacen que el tiempo se descontrole un poco. Estoy abierto a nuevos sabores, el contacto con lo sorprendente y las voces a las que me voy acostumbrando. Si tuviera que haber un tema, sería ése: a tres pasos. 

¿Y si iniciamos aquí?

Las maletas van de un lugar a otro
Algunas trotando y otras a paso lento
Los asientos inamovibles miran preocupados
la sutileza de su andar
Se escuchan los chispazos
cuando chocan y suben las escaleras
O bajan,
y tropiezan con alguna despistada.

Cuando suspiran, porque casi no alcanzan el vuelo
Cuando lloran, porque hubo cambios en su destino
Escuchan susurrar a la gente: la que se enamora,
la que espera reencontrarse, la que está cansada de tanto viajar
y a los que no esperan nada
y, sin embargo, se sorprenden.
Hay algunas que se quedan pasmadas,
suspendidas en el tiempo y a la espera de un porvenir
Otras, simplemente, son espectadoras del caos
y la tranquilidad de los encuentros. 

Mi caminar siempre ha estado a tres pasos, ya sea por lejanía o por haberme perdido por las calles de Callao, Miraflores, Barranco o el centro mismo de Lima. Sin embargo, uno arrastra consigo su historia, la cultura, su memoria y los desencuentros que nos acompañan. Para ser honesto, nunca me sentí tan perdido como lo estoy ahora. Soy un grano de arena en la inmensidad del imaginario que construimos. Algunos viajan para encontrarse o reencontrarse; yo lo he hecho sin brújula y sin itinerario. Hice las maletas y me aventé al vacío. Las calles cerradas, en construcción y llenas de polvo me hacen sentir frágil, y el vacío del barranco, más vulnerable que de costumbre. Hay una mezcla fabulosa entre aquello que me sostiene y la humedad del lugar, porque, más allá de nuestros sueños, tocar con la mano el frío de nuevas experiencias hace que uno florezca, lo quiera o no. La brisa de la costa y lo oscuro del cielo me han arrastrado a probar nuevos encuentros y olores. El efímero segundo en que se abre la posibilidad para el amor, la risa y el sentimiento que acompaña a quien espera algo. 

El chico de Israel, la chica de Colombia o la muy amable señora del Perú que cada mañana, antes de dar las 10:00 a.m., me hacía el favor de repetirme el nombre de cada bebida “quinua, maca, avena, soya, emoliente…”, ya que mi mala memoria me hacía una mala pasada y solía olvidarlos; ellos, aparecen y desaparecen de manera intermitente cada que cierro los ojos o me siento sobre las piedras mojadas por el mar de La Punta. Uno es extranjero hasta que se mira en el rostro del otro: la sonrisa y el contacto con la piel nos acercan más que nunca a quienes podemos ser. 

La distancia siempre ha estado a tres pasos. Uno nunca está en el centro ni en el destino, si es que algo así existe. Tres pasos son la distancia correcta y uno, a veces, no elije la dirección. Recuerdo una tarde en el centro de Lima, cerca de la plaza de armas, que fue, mágicamente, la primera vez que me perdí. No tenía datos y tampoco había buscado una ruta, por lo que di algunas vueltas, caminé en línea recta y terminé entre las calles de venta y compra al por mayor: gritos, prisas, dulces y ropa por doquier. No es que se pudiera caminar libremente, los carritos de carga salían de todos lados y la gente me decía, entendiblemente, que me moviera. Yo estorbaba, por supuesto. De repente, a los pocos minutos, me encontré hablando con un chico sobre los mejores lugares para comer. “No, acá es barato porque estás con el pueblo; si vas para allá te saldrá un plato en 30 o 40 soles, porque es zona ejecutiva” me decía. Con 10 soles, según su experiencia, debía comer más que bien. “A mí me gustaría conocer México, sí, Acapulco” Bueno, hay más, le respondí. Lo cierto es que él no sabía que hablaba con un mexicano que lo más que conocía era el centro de Puebla y no toda la Ciudad de México. 

El bigote no fue decepción. A la gente le gustaba ver a un mexicano con bigote, un tanto promedio de estatura y moreno.  Cargamos con las actuaciones del siglo de oro, y el sombrero; “pero hay más”, es lo que solía decirles sabiendo que sí, hay más. Seguramente no conocían las delicadezas que se miran en el audiorama de Chapultepec o los besos que se suceden en el centro de Coyoacán, y qué decir de los encuentros que emergen en el centro histórico y sus múltiples cafés. Esperen. En los rincones y el barrio de Callao también suceden cosas: la salsa mueve. Callao es salsa, literalmente. Uno puede escuchar la música y mirar las casas levantando la vista para saber, aunque no se vea, que dentro de aquellos cubículos sucede algo, magia. La mezcla se siente, de culturas y de raíces. La gente baila y se sienta a disfrutar del pisco, una cusqueña o la pilsen. 

Los grandes murales y sus colores, que uno encuentra tanto en Miraflores como en Barranco, son una huella del cambio que se quiere: cultura, baile, un café en las sillas que dan al puente de los suspiros o las catedrales con su pequeña ventana abierta. Es fácil perderse en la inmensidad de las olas o en la punta de los malecones y muelles de Lima: desde edades tempranas la ciudad es suya. Uno puede ver los pies a la punta del barranco y la vista hacia el horizonte. Quienes traen su chaleco naranja, verde o azul, después de una larga jornada, gustan de la brisa sobre el rostro, el silencio de los autos (difícil de encontrar en Lima), y los golpes de las olas contra la roca. Las playas son solitarias en esta época, no porque no se camine por ellas, sino porque son intrínsecamente solitarias: te invitan a la ausencia, a dejarse ir, a la contemplación de aquello que posiblemente Byung-Chul Han llamó aroma. El deporte también tiene un eje esencial entre las calles, desde la patineta y los patines, hasta los paseos en bici, el surf, el tenis y el golf. Las aves que vuelan bajo toman un poco de agua y se menean al ritmo de cada ola y al frío del atardecer. No es difícil encontrar café a esa hora, sobre todo después de una larga caminata, cuando los muslos de las piernas comienzan a pedir tregua. ¿Será la edad?

Es posible, si me detengo a pensarlo un momento, que la amabilidad sea una característica fuertemente asociada a la circunstancia. El “ya” constante que escuchaba me invitaba, irremediablemente, a cortar la conversación. No es que fuera así, pero ya. 

Me encuentro en La Punta, primer lugar al que llegué y el último antes de irme. Estoy a tres pasos del mar, y sí, dispuesto a mojarme los pies antes de partir. Las experiencias continúan, pero están justo a tres pasos. 

Hasta pronto. 




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