Acceso denegado

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Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad. «La llave de plata» (1929), Howard Phillips Lovecraft            

                 

                                      AMBA año cuatro del Gran Reinicio

Se había mudado a su nuevo departamento dos semanas atrás. Los primeros días se fueron en decorarlo y conocer el barrio. Siempre vivió en una zona más céntrica de la ciudad, por ello se sorprendía al no disponer en las cercanías de su casa de los comercios que habitualmente visitaba. Esa tarde decidió actualizar la documentación de la propiedad y actualizar los cambios de domicilio y titularidad de servicios. Le gustaba tener todo en perfecto orden. Comenzaría poniendo a su nombre impuestos y servicios. La electricidad, el gas, el teléfono, las tazas municipales y nacionales. Le quedaría para el día siguiente renovar el documento nacional, el registro de conducir, modificar la radicación vehicular y demás notificaciones del cambio a otras entidades públicas y privadas.

Durante la pandemia se habían digitalizado todos los antecedentes de los ciudadanos y eso simplificaba mucho la vida de la gente. Si bien se perdía algo de tiempo en el momento de incorporar novedades, como en este caso, valía la pena hacerlo. Todos los trámites estaban reunidos en una única plataforma público-privada. Con alguna experiencia en el tema, buscó las últimas facturas de cada servicio para tener a mano el número de cliente o referencia, su documento de identidad y una taza de té, en la creencia que esta infusión brindaba algo de serenidad, siempre necesaria para este tipo de diligencias.

Decidió comenzar por el servicio eléctrico. Encontró con facilidad el trámite en la página web de la empresa: “Cambio de Titularidad” y se aprestó a tener la primera cuenta del nuevo departamento a su nombre, acorde a la ley. Se  desplegó una pantalla donde debía ir completando los datos requeridos. Su nombre y apellido, domicilio, código postal, número de documento, estado civil, opción sexual y el número de trámite de su DNI. Cuando terminó de cargar esas referencias apareció un cuadro con una serie de figuras de una ciudad, que pedía marcar las que incluían semáforos. Las indicó, el sistema verificó así que no era un spam y le permitió seguir avanzando. Aparecieron más renglones a rellenar: el número de teléfono fijo, un número de teléfono celular, una dirección de mail, y una segunda en forma optativa. Al finalizar, el sistema le informó que se había enviado un enlace a su correo principal. Debía activarlo para continuar. Revisó el correo y efectivamente entre los mails no leídos el último era de Enerluz, lo abrió, se posó sobre el enlace y cliqueó. Apareció nuevamente en la página de registro. Tildó el paso siguiente y aparecieron tres sectores a completar. En el primero debía adjuntar una constancia de Cuil o Cuit. Desde la web de la AFIP obtuvo con facilidad  la constancia requerida y la adjuntó al trámite. En el segundo recuadro se solicitaba que agregue la certificación de aportes jubilatorios. Para ello fue conducido al portal digital de la ANSES donde tras incluir el número de documento ingresó al sistema y logró una justificación de aportante. El último espacio se refería al Registro de Ciudadanía. Resultó derivado al Ministerio de Modernización Sostenible y Tecnología Ciudadana. Allí no estaba registrado. Dicha dependencia estatal era nueva. Surgió después de la pandemia y su primer aporte fue el Pase Verde  necesario para que aquellas personas vacunadas contra la Covid 19 pudieran circular libremente. Decía minimizar así el peligro que representaban para la comunidad los individuos reacios al Plan Nacional de Vacunación.

A ese primer documento se le fue agregando la información que el Estado ya tenía de cada ciudadano, entrecruzando datos de todos los organismos públicos, sumados a la que surgía de los múltiples permisos que debieron tramitarse durante la pandemia. Se reunían allí registros sanitarios, impositivos, estudiantiles, laborales, comerciales, partidarios, económicos, intervenciones en las redes sociales y seguramente varios más que la gente desconocía. Al decir de algunos, en esa base el Estado poseía toda la información de cada ciudadano. Y no de unos pocos, como ocurría en el pasado, sino de todos. No existía gestión alguna que pudiera llevarse a cabo si la persona no estaba debidamente inscripta allí. Quien no figuraba en el registro nacional se transformaba en un paria. El número de ciudadanía era la llave para poder vivir en sociedad. En su caso ingresaba por primera vez a la web del Ministerio para proceder al registro y verificación de la información personal y  poder finalizar así el trámite original: cambiar la titularidad del servicio de energía eléctrica. La página le pidió nuevamente los datos que ya había ingresado en algunas etapas anteriores del procedimiento. Cargó otra vez lo solicitado y antes de enviarlo resolvió satisfactoriamente otra serie de figuras en las que debía marcar las que mostraban puentes. Al final de la página se le recordaba que todo lo informado tenía el carácter de declaración jurada y que cualquier falsedad implicaba una violación al artículo 292 del Código Penal de la Nación. Oprimió enter y la información voló hacia algún misterioso reservorio. Al instante apareció en la pantalla un mensaje remarcado:

“Se han detectado inconsistencias en la información presentada. Usted no es la persona cuyos datos ingresó al sistema. Debe presentarse a la brevedad ante el MMSTC. “.

Quedó paralizado, bajo el dominio del miedo y la ansiedad. Había escuchado algunos rumores relativos a ciertas prácticas, llevadas a cabo en determinadas áreas de ese Ministerio, particularmente peligrosas. Si bien nunca se confirmaron, no podía controlar su respiración agitada ni las palpitaciones cardíacas que sacudían su pecho.

Quiso confirmar si efectivamente habían bloqueado su acceso a todos los sistemas. Abrió la página de su banco principal, ingresó sus claves al sistema de home banking y apareció un cartel:

– Acceso denegado. Identidad errónea-

Unos instantes antes había logrado entrar a la AFIP y obtener la constancia de Cuit, probó volver a hacerlo, pero al cargar la información requerida apareció la misma consigna:

-Acceso denegado. Identidad errónea-

Estaba al borde del colapso. No supo que hacer. Pensó en hablar con alguien; su pareja, sus padres, algún amigo. “Pero ¿para qué?”, pensó, no podrían resolver nada y  solo los preocuparía. Había perdido su identidad digital, era nadie y para colmo debía presentarse al Ministerio que manejaba ese sistema y determinaba  quien era alguien y quien no en el Nuevo Orden.

Decidió hacer un tercer intento de ingreso a alguna entidad. Pensó que tal vez por los nervios o el cansancio visual causado por tantos formularios que rellenó, podía haberse equivocado en algo. Buscó una entidad privada. El gimnasio al que concurría diariamente. Simularía pedir un turno para el servicio de masajes. La página se abrió plena de figuras y movimiento. Ingresó su número de documento y clave para poder operar, pero solo logró que el conocido cartel apareciera por tercera vez

-Acceso denegado. Identidad errónea- 

Dominado por la angustia y el pánico tomó conciencia que ya no sería él.

Apagó la computadora y se quedó allí sentado mirándola. Esperando que vinieran por él.

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