Alicia

Alicia

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Alicia se despierta muy temprano. 6:00 am, sudorosa y temblando después de la pesadilla.

Una vez que se ha tranquilizado, se levanta de la cama, la tiende plisando muy bien la tela

para no dejar la sábana y la colcha arrugadas. Posteriormente se dirige al baño y se da un

regaderazo de agua tibia. Se viste con el uniforme de la escuela secundaria: blusa blanca y

falda azul. Se pone calcetas blancas y se calza los zapatos negros. Se mira el rostro níveo, y

el pelo güero y lacio de siempre, bien acomodado por una diadema color verdemar.

Sale de la habitación. Baja las finas, aunque polvosas escaleras de ébano, barriendo el

polvo del olvido del pasamanos con el dedo y se dirige a la cocina. Se sienta a la mesa,

extiende su brazo, se pulsa la muñeca de la mano y la piel blanca adquiere un matiz

transparente. A través de ella se dibuja el holograma de una pantalla con un teclado. Pulsa

el botón A, que se encuentra en la raíz del dedo meñique. Inmediatamente aparece a su

vista la mucama Dolores, un holograma femenino de una suave coloración gris azulada,

diseñado por su padre en honor al recuerdo infantil de su nodriza, y le da la orden de

preparar el desayuno. Oprime enseguida el botón B, localizado en el nudillo debajo del

dedo anular y aparece ante su mirada azul turquesa, un menú virtual de alimentos para

elegir.

Escoge unos molletes con queso y un jugo de naranja. Dolores los prepara virtualmente en

unos segundos. Alicia se asoma al horno y salen listos. Dolores le pregunta si desea algo

más. Alicia oprime el botón que dice: NEGATIVO en su muñeca. Dolores hace una

inclinación de cabeza manteniéndose parpadeante hasta desaparecer.

Mientras desayuna, Alicia oprime el botón C, debajo del dedo índice; de inmediato aparece

una proyección en la pared: un montón de muchachas con los pelos pintados de colores y

vestidas estrambóticamente, marchan montadas en hienas domesticadas, tocando trompetas

y aporreando tambores. Se manifiestan para derrocar al presidente de la nación: Alfredo

Zidecon, a quien califican de espurio, represor y asesino. Detrás de ellas, llevan sujetos por

una larga cadena engrilletada al cuello, a un grupo de hombres semidesnudos, a quienes no

dejan de azotar a latigazos en la espalda, acusándolos de robar niños y vendérselos como

alimento a los “indeseables”.

La manifestación se detiene en el zócalo de la ciudad. Atan a los cinco hombres a lo que

años atrás fue el hasta de la bandera nacional, sacan unos bidones y les rocían gasolina

hasta empaparlos, arrojan un cigarro de mariguana encendido y les prenden fuego. La

horda de mujeres festeja y aplaude, mientras los ve quemarse vivos.

Alicia oprime el botón D, localizado bajo la uña del dedo pulgar, y la proyección cambia a

un canal de deportes, donde once tipos montados en camellos galopan esquivando al rival,

llevando una pelota de cuero entre las manos para ingresarla a unos orificios de piedra,

esculpidos en “el muro de la memoria”, vestigio sacro defendido por un rabioso perro

guardián.

Alicia se aburre y presiona el botón que dice: BASURA, y estas imágenes que acaba de

consumir son rápidamente inhabilitadas de su subconsciente. Se toca la sien ligeramente

con el dedo e ingresa a su chip de lecturas integradas (tiene más de 2000 lecturas para

escoger sin necesidad de leer. Basta con tocarse el chip de la sien, interconectado al

cerebro, para acceder a esta aplicación inteligente), y repasa mentalmente las lecturas del

día anterior. Termina el desayuno. Llama a Benito, su obediente perro Chow-chow, pero

Benito no aparece. Alicia se cuelga su compuchila a la espalda, y decide ir al bunker que

su abuelo construyó hace más de cuarenta años debajo de la casa. Desliza al aire sus dedos

al monitor del apagador y enciende la luz por telepatía pura. Baja las chirriantes escaleras y

una vez abajo, se encuentra ante un laboratorio. Una mesa grande al centro, microscopios,

tubos de ensayo, morteros; etc. Sobre una sólida base de metal pintada de negro, se

encuentran cuatro contenedores con nitrógeno líquido en su interior. Dentro de ellos están

su padre, su madre, su hermano, y en otro contenedor pequeño yace el perro Benito. Todos

con los ojos cerrados, como si descansaran dentro de un plácido sueño, asoman los rostros

húmedos y blancos por una ventanilla de ojo de buey, semejante a las ventanas que

aparecen en los submarinos. Todos están muertos y ella es la única sobreviviente. El

abuelo y su padre habían sido científicos y enseñaron a Alicia el proceso para criogenizar

un cuerpo una vez que estuviese muerto para ser resucitado después de muchos años. Unas

plaquitas en letras amarillas con fondo negro, grabadas en cada contenedor, anunciaban la

fecha de resurrección: AÑO 3065. Seguramente ella no estaría allí para contarlo; esperaría

que alguien más (si podía existir alguien más) guiado por el hambre o la curiosidad, llegara

hasta allí, y entonces le enseñaría el proceso de inyectarle herperina a un cuerpo (quizá

podía matar a uno de los “indeseables” que se encontraban cazando en el exterior) para

evitar la coagulación de la sangre. Tal vez pasarían muchos años, y entonces ella se haría

más vieja, más vieja que sus padres, su hermano, incluso, más vieja que el perro Benito, y

algún científico del futuro resucitaría a todos ellos en la fecha y la hora señalada, y su

familia quizás ya no la reconocerían.

Dejó atrás los contenedores, y fue hasta el garage para abrir la oxidada cortina de metal que

daba a la calle. Oprimió el botón “open” de su muñeca, y la cortina se abrió lentamente,

produciendo un amargo chirrido de cadenas y engranes. Alicia fue de inmediato

enceguecida por el resplandor solar de la mañana. Una vez que sus ojos se acostumbraron

a la luz, lo pudo distinguir todo: el paisaje era un erosionado llano de ceniza, chamuscado y

exento de vida. Más allá, se veía el humo negro ocasionado por un bombardeo y el extinto

cielo azur, ahora pintado por ondulantes llamaradas rojas. Del cielo descendió una moto-

relámpago de caza, tripulada por un ser con cabeza metálica y expresión de ave de rapiña

(semejante a un buitre); el conductor hacía una purga de verificación, disparando una

metralla de balas contra todo rastro de vida oculto entre los restos de la ciudad. El

conductor de la moto-relámpago alcanzó a ver a la muchacha con su ojo- censor amarillo

de buitre, dio un vertiginoso giro en el aire y enfiló en dirección hacia ella; pasó rozando la

tierra con la moto, alzando una nube de polvo color terracota, e incrementó su

velocidad, hasta visualizar a la muchacha en la mira del tablero como un blanco perfecto,

entonces Alicia presionó en su muñeca el portal teletransportador y se transmutó

nuevamente a su sueño.

 

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