Alquimia de colores y palabras mágicas de Leonora Carrington, la bruja surrealista

Este mes de abril decidí sumergirme en el inquietante universo de Leonora Carrington, bruja surrealista. Desde hace más de tres décadas he navegado en sus cuadros, narraciones provocadoras como ungüentos mágicos que transportan al infinito.  Considero que los confines del pensamiento implican un universo vasto y son las brujas quienes deambulan por esos pasajes. Habitan conventículos tan extravagantes que son incomprensibles para los profanos, siendo los primeros en censurarlas y perseguirlas. La intolerancia y la incomprensión, como sabemos, han sido los cimientos de la violencia. La persecución contra los seres distintos y diferentes ha tenido la máscara de la doble moral hipócrita, esa visión discriminatoria que centra sus garras en los disidentes. Las primeras rebeldes del orden patriarcal han sido las brujas, mujeres portadoras de ideas y saberes clandestinos. Su sabiduría no tiene límites y se plasma en el manto estelar de la vida. Así surge montada en un brioso caballo la enigmática Leonora Carrington, bruja surrealista, mujer que conoció la negrura del infierno representada por la autoridad paterna, personaje cruel que pretendió encerrarla de por vida. Sí, hundirla en la infausta locura de un manicomio.

La joven Leonora estuvo vulnerable por un tiempo, sin embargo, renació de las cenizas después de estar postrada en sus propias heces y dopada con medicamentos tóxicos como el cardiozol, que la llevó a perder la cordura; pero, un destello de lucidez la hizo tomar la senda de la liberación. Leonora cruzó el pantano por su propio pie, y con la amistad solidaria de su prima y del poeta Renato Leduc, logró salir de Europa. Con este valioso apoyo, dejó atrás su apasionado amor con Max Ernst, su primer grupo surrealista, eje de sus primeros descubrimientos creativos, dotados de inspiración cual fuente Castalia.

Leonora se transforma con su tenaz mirada. Plasma en su mente laberíntica inéditos temas en la plástica mexicana. Paisajes delirantes entre el sueño y duermevela,  habitados por seres quiméricos, damas ovales, animales en constante metamorfosis entre lo bestial y lo humano. Cada una de sus obras nos cuenta una historia cargada de símbolos ocultos, alegorías atravesadas por la tradición esotérica de arcanos saberes. Su estética es única, marcó su propia ruta a través de la experimentación de alquímicos colores. La forma es la historia, el personaje, el ícono exuberante en signos. Asimismo la complejidad de su temática al reinventar mitos y leyendas fueron consecuencia de su inquietud por saber más. Sus cuadros son provocadores, hacen pensar. Por su fantasía, invitan a viajar por mundos desconocidos. Bien decía Leonora que cada espectador tiene la portentosa inteligencia de interpretar sus cuadros. Ella cautiva con su propuesta estética siempre libre, porque la libertad de expresión constituyó su camino en el arte y su propia vida. Y en aras de la libertad  incursionó en la escritura. Escribir la salvó de perder la memoria en momentos aciagos y violentos. Su libro, Memorias de abajo, refiere situaciones de maltrato, incomprensión y violencia a través de relatos con tono sarcástico y humor negro. Lo arbitrario, la injusticia, los atropellos al libre albedrío son un punto nodal. En cada historia refleja cómo personajes insignificantes e ilusos con un poco de poder se transforman en los peores tiranos. Como en el cuento La casa del miedo: “los caballos se sentaron sobre sus cuatro traseros, con las patas delanteras tiesas y estiradas, mirando alrededor sin mover las cabezas, mostrando el blanco de sus ojos. Yo estaba cada vez más asustada. Frente a nosotros, recostada al estilo romano en una inmensa cama, yacía la Señora del Miedo, la dueña de la casa. Tenía un parecido a un caballo, pero era mucho más fea.”1 

Narrar es la única forma de organizar y conferirle sentido a nuestra vida, a nuestra experiencia temporal de estos relatos que nos hacemos del mundo, y Leonora escribe para exorcizar el mal y la estupidez humana, ella misma en carne propia padeció la intransigencia de entes supinos. En el imaginario de la artista se fraguan imágenes complejas y fascinantes. Espléndida hechicera de la pluma, narra su vida, sus reflexiones sobre sus avatares. Porque sabía que en la vida se enfrentan momentos desagradables, difíciles, y se tienen que resistir. Así fue, lo hizo desde pequeña, con su curiosidad; su mirada impertinente frente a la autoridad paterna la llevó a ser desobediente frente a un poder opresivo. Ella escribe, porque la propia existencia es una historia que contar y testimoniar a través de la ficción, una historia sobre el paso por el mundo, un lugar donde es más solidaria la compañía de los animales que los propios semejantes. Así lo vemos en el cuento La debutante: “En la época en que sería presentada en sociedad iba al zoológico con frecuencia. Con tanta frecuencia que conocía mejor a los animales que a las chicas de mi edad. De hecho, iba al zoológico todos los días para escapar de la gente. El animal que mejor llegué a conocer era una joven hiena. Ella también me conocía. Era muy inteligente; yo le enseñaba francés y ella, a cambio me enseñaba su lenguaje. Así pasábamos muy buenos ratos”. 2  Distinguimos, las paradojas siempre presentes en su escritura.

En su prosa, Leonora maneja con tino la ironía, el sarcasmo, la prosopopeya.  En sus temas, la oposición a las actitudes prepotentes por parte de sus protagonistas revela su carácter indómito. Ella se asume como un brioso equino salvaje, libre. Se dice que en su adolescencia montar a caballo le causaba un gran gozo, como al personaje de El séptimo caballo,  Hevalino, mujer caballo-mujer loba. Cuento de erotismo sutil, de éxtasis amoroso. Porque la pasión fue un sentimiento intenso que, en su vida, encontró cauce en el surrealismo. Desde temprana edad, Leonora incursionó en formas libres para expresar lo que sentía. Si bien aprendió en varias escuelas las diversas técnicas artísticas, fue en su asociación con los surrealistas donde halló su veta creativa, explorando lenguajes nuevos, pero sobre todo construyendo su propia personalidad, siempre auténtica y crítica.  Ella decía que no tiene sentido vivir muchos años, sino se transforma la forma de ser, es decir si no cambias, te mueres, te paralizas, y su sabiduría traspasó el tiempo.

Hoy podemos conocer el sitio encantado donde Leonora Carrington vivió. Me refiero a su casa museo, marcada con el número 194 de la calle Chihuahua, en la colonia Roma, el espacio que fue durante sesenta años su hogar.3


1.Leonora Carrington, Cuentos completos, México, FCE, 2020, p.42.
2.Leonora Carrington, op. cit, p.19. 
3. casaleonoracarrington.uam.mx

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