Arjona no es Jesús, Jesús no es Arjona

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[…] la ignorancia hace a los hombres atrevidos, y la reflexión prudentes.

Luciano de Samosata, Nigrino o de las costumbres de un filósofo

 

Un amigo y Rogrino

Amigo.—¡Qué pesado y apesadumbrado vuelves de tu viaje! No te dignas a mirarme, ni a mezclar tus abrazos conmigo. Has cambiado, traes otro aire sobradamente desdeñoso. Me gustaría saber de dónde te ha venido esta circunstancia que aflige tu gesto y a tu persona entera.

Rogrino.—¿Qué otra cosa puede ser, oh amigo, sino la insatisfacción?

Amigo.—¿Qué dices?

Rogrino.—Heme aquí infeliz, mil veces como jamás antes. Pues he sido testigo de aberraciones que ni arrancando mis oídos volvería a mí la paz del alma. Escucha:

Y quiero correr por ahí

Mientras trepo un cometa

Y levantarle la falda a la gorda del barrio

Amigo.—¿A qué viene todo esto? Dime que no es una influencia de alguna musa enloquecida, dime que no te embriagó algún dios maldito… dime que no son versos tuyos, por favor.

Rogrino.—Tremenda pena, pues hay más. Atiende:

Quiero pararme en Iraq y mandarle un saludo

A la mamá del idiota más grande del mundo

Amigo.—Deja tu cruel ensayo. Si en algo me aprecias, termina los tormentos a los que me sometes. A lo lejos te reconocí y una alegría me invadió. ¡Tanto tiempo sin cruzarnos! Pero descubrí tu áureo penar y pensé en consolarte. ¿Y ahora así me pagas, la amistad, el cariño que te tengo? Deja tu broma… guardo esperanzas que así sea lo que haces conmigo.

Rogrino.—Hice un viaje a la ciudad, con el deseo de visitar a mi madre, iba tarde y subí al transporte. ¡No lo hubiera hecho! Pero sabes que el amor filial, y más a quien te ha dado la vida y formado con ternura, es ineludible. Así que me sometí a la música que embelesado apreciaba el conductor del carro. Fue tal el horror que mató mi agradecimiento de hallarme sentado, a hora tan atestada de gente, cuando descubrieron mis sentidos al autor que profería sus románticas composiciones. Qué atrevimientos sin vergüenzas de este ente.

Amigo.—¡Ay de ti, ya voy comprendiendo! No me obligues a oír ése nombre…

Rogrino.—¡Arjona!

Amigo.—En voz alta no lo digas.

Rogrino.—¡Arjona! Letras que marcan las puertas del infierno que ahora vivo. Me queman cada una…

Cómo encontrarle una pestaña

A lo que nunca tuvo ojos

Cómo encontrarle plataformas

A lo que siempre fue un barranco

Amigo.—No te condenes. Resiste. Siéntate a mi lado. Respira hondo, calma el espíritu mirando este atardecer que nos observa. Suelta los puños, tus manos están rojas de tanto hacer fuerza, hieres con las uñas tus palmas, casi veo reventarse tus nudillos por la fuerza que imprimes al apretarlos. Consuélate recargando tu cabeza al lado de la mía.

Rogrino.—¡No puedo, soy indigno!

Acompáñame al silencio

De charlar sin las palabras

A saber que estás ahí y yo a tu lado

Acompáñame a lo absurdo

Amigo.—No me obligues a sacarte del trance que aprisiona tu corazón, a golpe de mejillas y sacudiendo tu cuerpo. Escapa del ensimismamiento que palidece tu piel, vuelve en ti, regresa a ser quien toca la flor con las yemas de los dedos y observa a las mariposas volar en pares. No te pierdas, Rogrino. No te pierdas.

Rogrino.—A mi mente acudió la imagen del remedo de bardo. No pude separar sus ojos de los del nazareno. ¡Cómo se empeñan algunos en parecerse a Él! ¿Los has visto? Pero no sólo con las barbas, el pelo largo… la actitud, la mano levantada en señal de buena nueva; imitan los gestos, la voz pausada, el entrecerrado de ojos, la condescendiente testa inclinada. Antes de dar inicio a sus cantos, mientras sus esclavos músicos afinan, ellos suben a un Monte de los Olivos imaginario para extenderse proféticamente entre su público.

De mi barrio la más religiosa era doña Carlota

Hablaba de amor al prójimo y me poncho cien pelotas

Desde niño fui aprendiendo que la religión no es más que un método

Con el título prohibido pensar que ya todo está escrito

Amigo.—Sé de lo que hablas. Sus rimas hieren, se supera en metáforas, pero de cada una hace peor otra. Cuando uno cree que ha terminado, mata la siguiente figura retórica, asesina el siguiente recurso poético.

Rogrino.—¿Cuánta gente lo sigue, cuántos más lo escuchan, a cuántos les parece un poeta?

Minutos inquilinos del tiempo mientras puedan durar

Minutos que disfrutan morir

Minutos que no tienen lugar

Minutos que se estrellan en mí son kamikazes de Dios

Amigo.—Miles, supongo que millones. Pero tal vez sea la ignorancia de otros, muchos otros canta autores, que los hace someterse a este falso. Estas masas que corean sus ocurrencias, no tienen la culpa, no son responsables de nutrirse con los que les queda a mano. El hambre de verse reflejados en un tema, sucumbe ante la producción masiva de melodías y letras de poca monta. Perdónalos, nunca han sabido lo que hacen.

Rogrino.—Déjame ir. Esta mordedura me comunica algo de mal, la enfermedad se desarrolla, se propaga como locura. Confía en mí, no quiero contagiarte.

Me quiso cuando al borde de la meta

Llegué penúltimo en la maratón

Me quiere de insensible o de poeta

De genio, de ministro o de bufón.

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