Arte para reflexionar sobre el vacío y la oscuridad

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En el principio todo era oscuridad y vacío. Al menos así nos lo relatan algunos de los textos arquetípicos más importantes de la humanidad. Por un lado, la Santa Biblia, que en la versión del Rey James, ilustrada por Gustave Doré, dice “And the earth was without form, and void; and darkness was upon the face of the deep”, mismo que traducimos como “Y la tierra no tenía forma, y estaba vacía; y la penumbra yacía en el rostro del abismo”. Por el otro, la tradición grecolatina nos ilustra con la obra de Hesíodo, la Teogonía, que nos relata que “En primer lugar existió el Caos… Del Caos surgieron Érebo y la negra noche… En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro”. Érebo era una divinidad consagrada a la oscuridad, a esa densa niebla que cubría todo lo conocido. Probablemente estas mitologías emanaron a través de miles de años, desde el paleolítico, a las culturas sumerias, egipcias y druidas, siendo fortalecidas, según Robert Graves, por los cultos mistéricos de Eleusis, Corinto, Samotracia y otros.

Tenemos entonces, que la negrura y la nada fueron el principio de todo, y serán tal vez, el final de todo. ¿Proviene de ese presentimiento el inmenso terror que la oscuridad y el vacío nos provocan?, ¿cómo manejar ese miedo?, ¿cómo entenderlo? El arte es tal vez, una de las expresiones más acabadas de la humanidad, y es también, una de las herramientas que hemos usado para intentar expresar y entender parte de esas ideas que nos aquejan. ¿Cómo plasmar esta sensación de vértigo y misterio que nos provoca asomarnos al abismo, que nos inunda cuando una noche sin estrellas nos envuelve?

El escritor Felice Picano no relata en su cuento “Ébano absoluto”, como el artista Michaelis descubre un nuevo pigmento, de un color más negro que cualquier negro conocido. Y cómo al usarlo en lo que se convertirá su obra maestra, comienza a cambiar su realidad, arrojándolo poco a poco, al vacío:

“Contemplando el cuadro, Michaelis tuvo la sensación de estar mirando a través de un portal hacia una dimensión totalmente nueva, intrínsecamente opuesta a cualquiera vista por el hombre con anterioridad. Allí donde terminaba el borde del negro de humo y empezaba la nueva pintura, se producía una delineación tan intensa que parecía señalar la existencia de otra realidad. La capa negra se curvaba hacia el interior gracias a una curiosa propiedad del pigmento, atrayendo su visión hacia ella, formando espirales que giraban en sentido inverso al de las agujas del reloj, más y más profundas en su interior, hasta que Michaelis se sintió ingrávido, incapaz de fijarse en cualquier inestable apuntalamiento del suelo, las paredes o el techo. Repentinamente, temeroso de caer en la oscuridad de la capa, se apartó del lienzo y se sentó meticulosamente en un sillón situado a bastante distancia del caballete.”

Michaelis temió caer en la oscuridad del vacío creado por su cuadro, recordándonos lo que advertían los oráculos caldeos con respecto a asomarse al abismo, porque es así como empieza el descenso. También Calcas Testórida, de los argivos el más sabio, nos lo compartió en los “Textos apócrifos sobre Ilíón”, cuando comenta que cuando nos asomamos al abismo, irremediablemente perdemos un poco de nosotros mismos.

Estas reflexiones me hicieron recordar cuando en 2016, me enteré de que uno de los artistas más reconocidos de la actualidad, vendría a México a exponer parte de su obra. Anish Kapoor montó su colección Arqueología Biología, en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional Autónoma de México, que se encuentra en la Ciudad Universitaria. Una de sus piezas Untitled (1992), nos muestra un rectángulo de más o menos tres metros y medio de alto, por uno y medio de ancho, construido con una especie de mármol sin pulir, contiene en el centro, un rectángulo más angosto, cubierto con el color negro más negro que pueda existir, y que es una mezcla que absorbe el 99. 965% de la luz, el vantablack, desarrollado en Inglaterra por Surrey NanoSystems, del cual Kapoor, tiene una licencia de exclusividad.

Paulo y yo nos asomamos a ese vacío creado por Kapoor, y reflexionamos sobre cómo el efecto óptico de su obra, nos sugería la narrativa de un espacio profundo, en donde se encontraba no solo el infinito exterior, no solo la nada y la oscuridad del cosmos, sino de nosotros mismos, y como bien lo advirtió Calcas Testórida, sentimos como una parte de nosotros se perdía en ese vacío, inexorablemente. Recordé también, lo que escribió el maestro Borges en su prólogo de la Eneida, que para entender el tiempo, es preciso primero, entender la eternidad.

La oscuridad y la nada son parte de nosotros, están siempre presentes y son invencibles. El arte nos sugiere opciones para tomar ese trago amargo, y nos permite reflexionar y aceptar que somos solo un grano de arena en la vasta realidad. O bien, podemos seguir negándolas y creyendo que el cielo y una horda de querubines nos aguarda al final del viaje, cada quien escoge sus aspiraciones, y también sus pesadillas.

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