Aurora paradox

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Una vez más, mientras se movía entre las calles plagadas de grandes anuncios fluorescentes anunciando los servicios disponibles en aquellas horas de la madrugada, Aura pudo sentir su cadera de acero chirriar mientras se friccionaba contra la carne y los huesos.

Como siempre que ocurría, esto le ocasionaba un dolor profundo en los restos de su humanidad, aquellos que aún no le habían sido arrebatados.

Hacía mucho tiempo que su familia, como muchos otros, había sido dejada a su suerte en el planeta que los humanos habían destruído.

Los habían abandonado con la esperanza de que murieran ahí, consumidos por la fuerza de la naturaleza que volvía a reclamar su lugar o, en todo caso, aniquilados por las inundaciones o por alguno de los frecuentes inviernos nucleares que se desataban debido a las dosis radioactivas que se escapaban cada año.

Pese a todo, los supervivientes lograron adecuarse al entorno y fundaron nuevas ciudades con la chatarra que habían encontrado a su paso.

En esencia, luchaban para continuar su existencia en los cinturones de miseria que proliferaban en las nuevas ciudades improvisadas, de edificios hechos de escombros,  puestos raquíticos de traficantes, con escasos medios de transporte disponibles, basura y luces de neón que apenas podían mantenerse encendidas, era una ciudad forjada con los restos de los recuerdos.

La ciudad gris, donde alguna vez florecieron las jacarandas con su distintivo color morado, ahora mostraba su apariencia más deprimente, con una cantidad considerable de humanos corriendo hacia todas direcciones en busca de alguna forma de poder ganarse la vida, no importaba lo que hubiera que hacer.

No era extraño que en su momento los integrantes de las élites hubieran optado por irse a vivir una vida de lujo al espacio, construyendo imponentes colonias con altos rascacielos y condominios en los que la comodidad estaba garantizada.

¿Quién por su propia voluntad iba a querer quedarse en un planeta arruinado donde ya no había suficiente agua, un planeta en el que prácticamente estaban hundidos en la mierda y la basura?

Por su puesto que no.

Aura tenía plena conciencia de todo eso, lo había vivido en carne propia desde el mismo instante en que nació en medio de una casa hecha pedazos a las afueras de Neo Naucalpan.

Cuando el metal en su sangre se hizo más evidente conforme pasaban los años, supo que era necesario salir y valerse por sí misma. Necesitaba ir a una gran ciudad, una donde lentamente pudiera olvidar su vida anterior.

Ahora resultaba irónicamente grotesca esa idea absurda de que lograría encontrar un mejor destino.

Mientras sus huesos carcomidos por el metal se empapaban por la lluvia luego de cumplir el encargo que la madame le había encomendado, se acercó lo más rápido que pudo hasta esa zona de la ciudad en la que las luces rojas eran más intensas que en cualquier otro sitio, anunciando la clase de negocios que se llevaban a cabo en esos lugares. En verdad, aquellos eran de los pocos negocios rentables en esa ciudad sucia. Lo cual era evidente debido a la gran cantidad de florecientes prostíbulos.

 

Por una vez, Aura se sintió aliviada mientras sus ojos de titanio contemplaban el potente letrero neón que anunciaba al Tepatitlán de noche, uno de los pocos prostíbulos que ofrecían el servicio de chicas cien por ciento humanas, sin la huella de que el metal en su sangre hubiera salido a flote.

Sentada en un taburete de terciopelo casi destruido que se hallaba en medio del prostíbulo, Aura esperaba con paciencia el momento exacto en el que llegara un cliente a solicitar su compañía.

Ella era la única que tenía permiso de tal “privilegio” pues, como si se tratara de un ritual anacrónico, el resto de las chicas debían formarse en el salón, esperando porque escogieran su ficha.

El rostro de Aura lucía un gesto de fastidio, ya estaba cansada, llevaba demasiado tiempo vistiendo la misma ropa entallada de mal gusto, esperando por los fetichistas de la biotecnología que por lo regular eran los únicos en contratar sus servicios, ya los conocía a todos de sobra pues su semi-humanidad no le resultaba muy atractiva a la clientela regular que estaba más interesado en los cuerpos sin alteraciones.

Aún así, aquella noche un rostro nuevo apareció en el local vistiendo un traje elegante de tres piezas y portando un maletín. Aquello no tenía nada que ver con el resto de los clientes que por lo general llegaban con ropa sudada y/o grasienta. Todas comenzaron a tratar de adivinar quién se encargaría del nuevo cliente.

Unos segundos después, el extraño agarró la mano de Aura y en la taquilla pagó por el servicio completo que incluía, baile, alcohol y sexo así como una hora en los cuartos que se hallaban en la parte superior del local.

Para ella no fue nada extraordinario, pero era un cambio en su rutina de permitir que los hombres agarraran y juguetearan con sus partes de metal.

Lo único extraño era que el intercomunicador de su cliente no dejaba de sonar, ni siquiera cuando él se hallaba entre sus piernas, disfrutando de su parte más humana.

Una vez que el tiempo terminó, estuvo a punto de decirle al cliente que se fuera cuando notó que se había quedado profundamente dormido. Al verlo tan vulnerable, pensó que lo mejor sería dejarlo dormir un poco mientras aseaba su cuerpo para esperar al siguiente.

Cuando Aura salió, encontró al hombre con la cabeza reventada, con la sangre manchando las sábanas. Ella se horrorizó y estuvo a punto de sonar la alarma para llamar a todos. Por una vez agradeció que el pervertido jefe de seguridad tuviera cámaras en todas las habitaciones ya que ahí estaba la prueba de su inocencia.

Justo cuando sus dedos estaban en el botón, una voz proveniente del intercomunicador del muerto dió una serie de instrucciones claras, haciendo énfasis en que había que abrir el maletín para conocer toda la verdad acerca de una teoría de conspiración reciente.

No es que tuviera mucho interés en saber, pero ella pensó que sería una buena forma de cumplir una última voluntad, ya habría tiempo de avisarle a los demás.

Luego de escribir de forma adecuada la clave que encontró entre las ropas de su difunto cliente, el maletín cedió. Por fin descubriría el misterio que había asesinado a su cliente, sin saber que un rayo vaporizador ya estaba apuntando directo a su cabeza.

El ciclo de ignorancia y desconocimiento debía prevalecer.

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