Baby Yoda, destructor de tradiciones

Como ejercicio de consciencia histórica, no estaría mal darnos a la tarea de actualizar los mil pasados a que ahora tenemos acceso gracias a los medios y aprender a identificar lo que de ellos no es actualizable.

La disputa y la polémica son las modalidades favoritas de la democracia y en nuestro tiempo se encuentran al borde del porrismo. Eso del “discurso polarizante” anda de moda desde hace unos años en la política, pero tiene sus raíces en la cultura de la afición; no del deporte, la del fanatismo. El deporte promueve la justa competencia; la afición, una entrega patética fundada en dicotomías reduccionistas. Lo mismo alguien odia al América porque se identifica como chivista que ataca a un partido político porque milita en el contrario. Sin puntos medios. De esta manera el tejido social es tapado por el fantasma de la lucha entre rudos y técnicos, chairos y fifís, tóxicos y antioxidantes, pinches y pendejos.

Pese a todo, la red de producciones culturales se resiste a ser un reflejo chafa de dos masas en colisión. En realidad, la cultura es una proyección del subsuelo humano, un fantasma diferente, que se encuentra en diálogo con el cuerpo del cual emerge. Si miramos hacia ella, tendremos una fotografía de la complejidad social. Bueno, no una… ¡miles!, superpuestas, entrelazadas y dinámicas. Es imposible leerla toda de un vistazo, pero tejamos constelaciones para conversar más allá de la polaridad.

Esta columna pretende ser una invitación al contrapunto, entendido como oposiciones, variaciones, confirmaciones y desplazamientos de voces previas. Aprovechemos para poner en diálogo los fenómenos de cultura de masas con textos de autoridad en las letras y las artes. De manera que podamos desentronizar a los cánones y, simultáneamente, desenmascarar las contradicciones de la industria cultural. Confrontemos juntos la “alta y la baja cultura”, lo social y lo artístico, el pasado y el presente, lo nacional y lo internacional por el puro gusto de conversar.

En los Evangelios y en Hechos de los Apóstoles se narra el surgimiento del primer cristianismo como una revolución político-cultural que comienza por renovar la teología judaica y termina por cambiar radicalmente las tradiciones y hábitos del mosaísmo: las restricciones alimenticias, las barreras sociales, los parámetros de interpretación de las señales divinas. Cristo y sus apóstoles radicalizaron de tal modo las instituciones de su época que muchos ven en sus actos una forma de anarquismo temprano. Hace unas semanas, según nos informaron los noticieros y los memes, algunos creyentes descubrieron con gran habilidad profética la aparición de una nueva figura sediciosa, enviada para transformar nuestras costumbres más entrañables: Baby Yoda.

A principios del 2021, las panaderías suburbanas (ni muy corporativas, ni muy pueblo) emprendieron una estrategia comercial que posiblemente mitigaría sus pérdidas tras el fastuoso año del COVID: reemplazar “el muñequito” de la rosca de reyes con la figura de un famoso personaje del universo de Star Wars, Grogu, mejor conocido como pseudo-Baby Yoda. La técnica debe haber funcionado, pues pasó de asunto publicitario a ideológico en sólo una semana. Resulta que algunas comunidades disfrazaron sus intereses neoliberales con un forzado manto religioso bajo el lema: “Compra tu rosca en lugares que respeten a los católicos. NO compres local porque adoran a un mono que representa al demonio!!! [aquí la imagen de Grogu]” ¡True story! Cito textualmente sus carteles.

Imagino que el asunto completo habría asustado mucho a Alfonso Reyes, cuya Cartilla moral fue mal recibida ahora que la promovieron para darle algo que hacer a los abuelos; porque, dicho sea de paso, para la 4T, todos los abuelos del país son iguales, tienen su tiempo completamente libre, poseen las mismas habilidades lectoras y hasta comparten los mismos intereses literarios. Una de las objeciones que padeció la Cartilla era anacrónica: quesque es tendenciosa por promover una moral católica. Pues sí, la escribió Alfonso Reyes. Lo que el regiomontano tenía era la capacidad de sintetizar la sabiduría de todos los tiempos en clave mexicana; es decir, entendía bien su propia época y encontraba siempre el vínculo con lo añejo. Como ejercicio de consciencia histórica, no estaría mal darnos a la tarea de actualizar los mil pasados a que ahora tenemos acceso gracias a los medios y aprender a identificar lo que de ellos no es actualizable. Así, pues, pienso que el ateneísta sufriría un dolor cardiaco al ver tanto la inclusión de Grogu en la rosca como las nuevas formas de resistencia moraloide. Por suerte, descansa en paz.

Nos toca a nosotros preguntarnos: ¿qué significan para la cultura mexicana una y otra tendencia, tanto los pro-BabyYoda como los anti-BabyYoda? Vamos en orden. El éxito comercial de la Grogusca de Reyes es el triunfo de la cosificación de la cultura: para el mundo mercantil, todo tiene su precio, lo sabía Fouché desde el siglo XVIII, lo sabía Vito Corleone, lo sabe Hollywood, cualquier cosa es susceptible de convertirse en artículo de consumo, incluso nuestros credos y costumbres. Por lo tanto, sí, había razones para oponer resistencia a la sustitución del “muñequito” por el “monito de star wars”, pero el argumento de los falsos tradicionalistas no le dio al clavo. Lo que debería preocupar y nunca se dijo es la dilución de la identidad en nuestros tiempos. A estas alturas del siglo XXI ya no hay vuelta atrás. El mexicano de la urbe lo es a medias. No intento defender una postura ya muerta de hermetismo nacionalista. No sé ustedes, pero creo que nada hay de malo en consumir de modo cosmopolita.

Sin embargo, ¡ah!, el pretendido universalismo para la población mexicana al que aspiraba Reyes es ya tan utópico como el falansterio de Fourier. De entre todas las profecías anunciadas en el siglo XX sobre la identidad cultural, la industria del entretenimiento concretó la peor: ni la “cultura yankee” se comió a la mexicana, ni viceversa (porque hay quienes todavía pronostican que la avanzada demográfica de la Patria Grande hacia el norte será como la conquista cultural de Grecia con Roma). No, la gran victoria pertenece a la industria cultural; nacida, sí, en el mundo anglosajón, pero ya una bestia autónoma devoradora de territorios y, peor, de historias. La industria cultural ha producido tal desorden de textos y referencias mediante la reproducción técnica que no vivimos una época de eclecticismo o dialogicidad como algunos desearían, sino una época de streaming textual, de dispersión antes que de interpretación.

Sirvan los grandiosos memes de Chabelo para demostrar lo anterior. Pensemos en ese que lo muestra ascendiendo en la escala de contrincantes difuntos como si fuera nuestro progreso en el juego de Mortal Kombat [se sugiere googlear “chabelo mortal kombat”]. Donde muchos ven una apropiación de la industria cultural como un acto de rebelión, realmente hay un entrecruzamiento de universos con fines de diversión pasajera. Y ese es el problema, la carcajada efímera; el ingenio de los memes no se cuestiona aquí, bendito sea el humor latinoamericano. Pero ha perdido el verdadero componente carnavalesco, la risa ya no es crítica, es una pausa en la rutina: vemos el meme mientras vamos al baño, mientras comemos, mientras no nos ve el profesor o el jefe, lo vemos en el descanso del cigarrito, cuando mejor nos va, lo usamos como catalizador de conversaciones.

No es posible hacer del humor memético una doctrina porque su diseño es tan líquido como nuestro tránsito por la reflexión. Así también el meme porta la falsa ilusión de interculturalidad: lo inmortal de Chabelo es vinculable más allá de las fronteras mexicanas, lo mismo está con José José que con la Reina Isabel y Maradona y Madonna. Y, aun así, hay ausencia de diálogo. Porque diálogo sería el encuentro de todas las implicaciones históricas e ideológicas de Chabelo como signo representativo de la matiné televisiva de México a finales del siglo XX con las respectivas cargas significativas de las otras figuras mencionadas. Seamos honestos, cuando se yuxtapone la imagen de la Reina Isabel con la del maestro de las catafixias, ¿viene a nuestra mente el poder monárquico del Reino Unido desde el final de la segunda guerra mundial en contraste con la dominguera mitificación de lo pueril? No, desde luego que no, sólo se activa el significado de la vejez de dos figuras públicas que no encontraríamos relacionadas de otra manera. Y pues no está mal, así es el meme, un chiste eficaz, sería ingenuo exigirle semillas para la redvolución.

Ahora, en lo que concierne a los anti-BabyYoda, es claro que su protesta ignora las verdaderas tradiciones y no disfraza tan bien como quisiera su apoyo a las grandes cadenas de almacenamiento. No obstante, hay un nivel más incómodo que se oculta en lo explícito de su protesta. Revisémoslo con detenimiento. La satanización de personajes que aparecen en programas infantiles no es cosa nueva. En los 90 fue Dragon Ball, luego Hello Kitty, hace 15 años era Harry Potter y ahora es Grogu, un chamaco alienígena orejón (en lo personal, me parece muy poco siniestro para encarnar a Luzbel).

Poco tiempo antes de morir, Umberto Eco publicó un pequeño comentario a propósito de quienes miraban con reserva religiosa las novelas de J. K. Rowling y sus adaptaciones cinematográficas. En su artículo, el semiólogo italiano (que, por cierto, conocía a profundidad la teología medieval) se mostraba sorprendido por las campañas que veían una invitación a la brujería en la saga del mago adolescente e intentaba sosegar a sus promotores explicando que se trata de una historia de aventuras en mundos maravillosos, cuya finalidad es iniciar en la lectura a los jóvenes, como lo hace toda fábula infantil.

La sorpresa de Eco es de entenderse, de acuerdo con él, el temor a un supuesto satanismo en estas narrativas es muestra de la superficialidad con la que son leídas. Insistimos una vez más: el corazón del problema es la pobreza interpretativa en la era de la alfabetización. Vasconcelos envidiaría los niveles de lectura actuales, nunca en la historia tantos miembros de la humanidad habían sido capaces de escribir sus propios mensajes, menos aún contar con un dispositivo propio para difundirlos. Pero seguimos sin saber leer leer. Escuchamos “Hogwarts, escuela de magia y hechicería” y brincamos: “¡Quemen a las brujas!”

¿A poco no hay suficiente material en Harry Potter y Star Wars para promover valores cristianos? Evidentemente no es lo único que hay en estos textos (los supremacistas raciales han logrado retorcerlos para sus propios fines, por ejemplo), pero por el simple hecho de que estos relatos de aventura se fundaron sobre la tradición mítico-literaria occidental, sus héroes son una síntesis de Gilgamesh, Odiseo, Cristo, Lancelot y muchos otros. De modo que las comunidades religiosas bien podrían atraer al mercado juvenil explicándole cómo las historias de Potter y Skywalker son una representación de la lucha entre el bien y el mal, porque el mal anda suelto en el mundo y es capaz de corrompernos como lo hizo con Darth Vader, y sólo se le puede derrotar a través de los lazos de amistad, de la sabiduría, el amor, la familia, etc., etc. Hay argumentos de sobra para relacionar las enseñanzas evangélicas con las enseñanzas de la Fuerza.

Pero, además de las deficiencias para comprender alegorías y símbolos, la necedad de los Anti-BabyYoda también podría ser indicador de un interés comercial: de unas décadas a la fecha, los grupos religiosos han promovido sus propias producciones culturales para el consumo interno de la congregación. Así, al ponerle la etiqueta de satánico a todo aquello que no es fruto de su propia inversión, aseguran el consumo de su producto. No quiero afirmar que esta estrategia publicitaria sea ejecutada por todos los creyentes, ni si quiera que todos sean responsables. Al contrario, es un fenómeno que los victimiza como consumidores, es ofensivo (y poco cristiano) utilizar la fe para lucrar, pero es otro problema de nuestros tiempos y vale la pena tomar consciencia de él.

En fin, ¿por qué demonios tenemos que andarnos preocupando por la incidencia de Baby Yoda en nuestra fe? Para los grupos de fans podría tratarse de una especie de aplicación del texto a la propia vida (así es, hay muchos humanos no-ficticios que creen en La Fuerza), pero en un país que conquistó la libertad de culto hace al menos un siglo, no debería ser motivo de polémica. Y lo es. Sin duda porque las instituciones religiosas están en crisis, pero no por falta de fe, sino por una causa de raíces materiales: no hay estabilidad en el mercado, ni en la política, por lo tanto, no hay estabilidad cultural, mucho menos ideológica. En el mundo donde se promovió la desaparición de las fronteras, las únicas que realmente se derrumbaron son las de la consciencia histórico-identitaria. ¿Cómo interpretar algo tan ajeno como Baby Yoda si no poseemos un marco estable desde el cual entender nuestra propia realidad?


Please follow and like us:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *