Besando a la rana

¿Cuándo se expandió este cáncer? La música repleta de tamborazos que entusiasma a mi vecina la de arriba. Salgo a la puerta y mute, pero entro al estudio y la tuba, o no sé qué maldito instrumento, se instala de nuevo. No ha salido, se atrapó en las paredes, techo y piso. Muto. Combato el asco con Peter Gabriel, C’mon, c’mon, c’mon, c’mon, c’mon, c’mon / Lady kiss that frog. Que aparezca una rana, que la bese y caiga en un sueño profundo. Sin agonía. Pero antes que apague su, ¿música? Es basura, que nadie se engañe. ¿Y las letras qué dicen?, ¿qué escupen?: que son muy machos o que son muy hembras. Que no hay forma de escapar de esos estereotipos legados por el mercado musical. ¿Son más varoniles los varones por subirle el volumen a lo que de por sí es voluminoso ruido?, ¿se hacen más luchonas las féminas en lucha  por, desde la garganta, cantar su amor o el desprecio del que son objeto? A chin…, a chin…, -gámonos recio.

Quiero leer, escribir —ya lo hago, ya lo intento—, inspirado por la forma en que se exponen algunos, perdiendo el miedo al ridículo, al juicio, imitando a sus ídolos de rodeo, entequilados y sintiéndose El Rey (¡Ay, ay, ay-Ajúa!). ¿Y si la mayoría escuchan esa madre de lírica, esa pinche tortura, con bocinotas, simplemente para externar sus dolores de abandono? Grito de naco a naco, como entre los gatos, el celo. Y por naco me refiero a lo que un día ensayé pensado en un compañero de aula en la especialización de la Universidad Metropolitana, el cual no dejaba de llenarme el buche de piedras. No nos partimos el rostro porque ni él ni yo tenemos, ni él tiene la altura que necesitaba para sobajarme, ni yo la bajeza para un uppercut venturoso. Además, me obligué a ser civilizado no queriendo poner en riesgo la beca (¡esa sí iba a ser una pérdida!). Volviendo al redil de lo que decía: este naco multiplicado en sus croares sin sustancia vio la manera de joder cuando tenía oportunidad durante las aulas. Qué cosa tenía conmigo… no lo sé, pero hasta su asesor de tesina se puso de mi parte cuando trató de agredir con su desfachatez. Por eso escribí sobre lo que para mí era y es un naco: el ser que se siente impune. Y está en todo estrato y en todo lugar, y dimensión y tiempo. Confirmo con esta jijadesu-vecina la vieja hipótesis. Me auto-cito:

El naco o naca, el naquito o naquita; el nacazo, la supernaca, el nacazazazo, son individuos que actúan en todos los terrenos y esferas, miran desde su pequeñez o desde su altura inventada a los demás, como poco menos que seres accidentales, baches que hay que sortear, personajes de ínfimo orden que de pronto están allí delante suyo… y nada más. No importa cuánto dinero tengan en la bolsa, cometen nacadas; no son de una raza (esto además no existe), no son de nación definible, un nacales es su actitud; la misma que saca ámpulas a quienes los reconocemos al naquear, a él o a ella con tanta impunidad.

El subrayado es mío. Y el texto también y no me desdigo. Me veo en la lejanía y tendré que arrastrar esta carga difícil de llevar. La cosa esa sigue allá arriba, la “música”. ¿Estará enamorada? Repite una y otra vez la misma desgraciada canción que la hace sentir, entrar en el mantra del querer bravío. Se ve chamaca, me topé con ella cuando bajó a tirar la basura. “¿Le dejo la puerta abierta?” y contestó que sí, amable. Pero qué malos gustos.

Kiss that frog, and you will get your prince… Ya veo salir a la rana, que a la vez es un príncipe sombrerudo. Escapando del retrete, subió por las cañerías, se perfumó con Glade y se pintó los labios de azul con Pato Purific. Croa ranchero de cualquier parte, como los paisanos de las películas mexicanas, del México profundo que no existe más que en pantalla. La vecina atiende al llamado, al croar enamorado y valentón. El ritual de apareamiento ha comenzado. Ella lo encontró debajo de su sillón, él la mira con sus ojos saltones. Dejémoslos, han hecho clic, sus contemplaciones de batracio aborregado borran al mundo. Ya se acercan uno al otro, no sin antes apagar el aparato que reproduce el tormento que su vecino el de abajo detesta (ese soy yo). Paran la trompa acercándose. Justo desaparecerán con el contacto de la carne en su fantástica armonía secreta. So what’s one little kiss, one tiny little touch? / Aah, he’s wanting it so much.

¿Qué nos queda a los que escribimos?, ¿qué nos queda a los que sacamos la neurosis en letras? La imaginación, ¿no es también el refugio, el palacio para la fuga, el no-lugar para cuando te atrapan los demás en sus pasiones sin que ellos se den cuenta, como la vecina, como el naco de mi excompañero en la UAM? El espacio del “por si las moscas” es el escribir-escribiendo —quién sabe si aspirando a literatura— donde puede revertirse la mala leche convirtiéndose en desahogo. O, que será, que será?/ Que andam suspirando pelas alcobas (punto, por hoy).

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