Bonifacia llegó a casa hace ya más de cuatro años

Bonifacia llegó a casa hace ya más de cuatro años

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Aún recuerdo cuando la fui a buscar, un recorrido de 15 minutos por la ciudad hasta llegar a una calle cerrada. Entonces ella apenas si maullaba y cabía en la palma de mi mano.

Me la entregaron casi como despidiéndose de un ser querido. Yo no lo sabía pero una amiga era realmente quien la había rescatado de la calle y, entre sus amistades, esta persona a quien yo iba a ver, la había acogido temporalmente. Hablé un poco y me emocioné de tenerla entre brazos: pequeña, casi frágil, con su pelaje que parecía otorgarle botas blancas en sus dos patas delanteras. La metí en el carro y emprendimos el camino de regreso a casa. Mientras yo conducía, ella, curiosa como siempre, se metía por entre los asientos, yendo de arriba hacia abajo y profiriendo uno que otro maullido por todo lo nuevo que veía a su alrededor. Los gatos, según tengo entendido, siempre son así, de ahí el refrán de «la curiosidad mató al gato».

Quizá por lo mismo, cuando llegamos a casa comenzó a inspeccionar todos los rincones con el mismo rigor de alguien que busca algo perdido. En la noche, siempre inquieta, comenzaba su ceremonia ritual de salir disparada de un lado para el otro, con el mismo maullido de atención que exigen los gatos para quien está con ellos. Al principio me despertaba, claro, pero resolvía después en acariciarla hasta que se quedaba dormida. Después, no mucho tiempo después, comenzaba de nuevo a maullar y esta vez, con un poco de frialdad, me limitaba a cerrarle la puerta del cuarto para poder dormir mejor. Poco a poco fui aprendiendo dos cosas: que Bonifacia era curiosa por naturaleza y que no le gustaba la soledad.

Lo segundo en especial, fue cosa que tardé en comprender. Conforme fue creciendo, su carácter tierno y juguetón fue menguando. Aquellas noches en las azoteas, corriendo a todo pulmón, se convirtieron en siestas sobre el barandal, o en el piso, procurando refrescarse del calor del verano. Y no sólo eso: se volvió más seria, gruñona, como si cualquier cosa que involucrase un contacto (que no fuera cuando ella quisiera), le provocase una reacción de disgusto. Pero dentro de ese «disgusto», existía también una aceptación, una convivencia implícita con nosotros. Es decir, de alguna manera el carácter de Bonifacia nos fue condicionando a aprender que lo que exigía era, en realidad, una compañía más que una caricia. Le gustaba sobre todo postrarse en cualquier esquina de la casa, siempre y cuando estuviésemos nosotros. Si nos movíamos, por cualquier motivo, ella entonces, aletargada, se volvía a parar sólo para encontrarnos. La compañía era, entonces, habitar un mismo espacio sin importar la proximidad del uno con el otro: convivencia.

Hay quienes dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, supongo que un espacio similar está destinado a los gatos. Aunque al contrario de los perros, la compañía de los gatos suele ser más esporádica. Obedecen en un principio a su carácter hedonista, hacen lo que quieren y cuando quieren, esto deriva en que no son ellos quienes buscan (no siempre) la compañía, sino son «los buscados». Tal frialdad, como pudiésemos denominar en un principio, involucra otra cuestión: mientras más nos ignoran, más sentimos la necesidad de estar con ellos. Ambas partes llegan a conocer al otro: sus límites, sus gustos, sus horarios. A veces, como ocurre con Bonifacia, uno termina cediendo parte de sí para complacer al otro: dejar las puertas abiertas para que entre o salga a su voluntad, respetar el tiempo destinado para los mimos y aprender esa rara virtud de estar solo pero acompañado.

Los gatos, aunque si bien comparten muchas cualidades, también tienen sus diferencias. T. S. Eliot, poeta norteamericano, publicó un libro para niños títulado Old Possum’s Book of Practical Cats. Y aunque en principio, los poemas en él eran puro entretenimiento, describen varias características de estos felinos: los hay egocéntricos, serios, juguetones; los hay, también, de varios nombres. No es raro encontrar que un gato siempre tiene más de una familia, que cuando se fastidia de una, sale para encontrarse con la otra, o cuando termina de comer, se va de casa para comer de nuevo en otro lado.

Sobra decir que los gatos no nos pertenecen, quizá por ello es la forma más sana de relación que puede existir con un otro. 

Pero Eliot no es el único que escribe al respecto. Baudelaire, complementando lo anterior, escribía también sobre ellos describiéndolos como «amigos de la ciencia y la voluptuosidad, buscan el silencio y el horror de la oscuridad».

Pienso en Bonifacia, ella no ama la oscuridad, al menos no parece buscarla. Al contrario, le es indiferente si es de día o de noche, la hora que sea es buena para sentarse frente a la ventana y mirar cómo transcurre la vida por fuera, en ese lugar tan cerca pero tan lejos a la vez. No importa si es de madrugada y apenas se vislumbra una luz, ya sea por el olor o la brisa, ella se sienta ahí, inmutada, sola, en el silencio.

Este estilo de vida: despreocupado y libre, ¿no es algo que más de una vez hemos envidiado a los gatos? Mi madre, por ejemplo, al ver a Bonifacia tendida en el suelo o durmiendo sus dieciséis horas diarias, suele decir: «¡Qué envidia!, quién fuera ella para estar ahí sin hacer nada». Los gatos, al menos los caseros, son consentidos, esa termina siendo su naturaleza. Los otros, aquellos que habitan en las afueras, suelen ser más activos, a veces tienen las cicatrices que demuestran cuán dura es la vida. Independientemente de ello, nada parece perturbar su calma una vez que la encuentran.

Recuerdo una vez que llegué a una hamburguesería, un lugar poco conocido cerca de la casa. Ahí, «habitaba» un gato. Digo habitaba porque solía merodear por ahí buscando algún cliente que le diera un poco de su comida, o bien, se detenía frente a la calle viendo el pasar de los autos. Lo particular de este gato era la herida que tenía en su cabeza: había perdido parte del cráneo y se podía ver en carne viva alguno que otro órgano. Nada de eso importaba, nada de eso le impedía sentarse ahí cara al abismo o mendigar caricias.

Natsume Soseki, escritor japonés del siglo XX, en su novela Soy un gato, escribía precisamente cuán diferente es la perspectiva de un gato a la de un humano. Los gatos no se complican la vida, los humanos sí. Para un gato el futuro no existe, sólo el presente. Nuestros gustos son extravagantes, extraños, y terminan distanciándonos de nuestra experiencia con el mundo.

Soseki escribe: 

De todo esto sólo se puede deducir que los seres humanos, con bastante más tiempo para desperdiciar que los gatos, combaten su aburrimiento congénito dedicándose en cuerpo y alma a actividades que les hacen perder el tiempo. Pero lo más curioso del asunto es que cada vez que uno de ellos se encuentra con otro no hace más que hablar de lo tremendamente ocupados que están, y lo bueno es que sus caras parecen demostrar que no mienten. De hecho, parecen tan extenuados que uno se pregunta cuántos de ellos caerán víctimas de sus propias ocupaciones […] Nadie les obliga a obcecarse como lo hacen en cosas inútiles. Si están ocupados, es por culpa suya.

Dentro de la ficción existe también una verdad.

Conforme escribo voy pensando: «los gatos nos enseñan a estar a gusto con nuestra soledad», pero ¿qué tan verdadera es esta premisa? Yo, por ejemplo, remito a mi experiencia con Bonifacia, en cómo solemos platicar con ella, o preguntarle ciertas cosas, esperando escuchar un maullido como respuesta. Incluso en las noches, cuando regresa de la calle, y nos advierte de su presencia con pequeños toquesitos en la ventana, su llegada es similar a la de alguien que ya estaba ahí. Quizá es por lo mismo, porque el espacio que me rodea es también suyo, es que la casa en donde habito no suele tener esa sensación de soledad, aun cuando no hay nadie más en casa.

Los gatos, según leí, suelen marcar su territorio restregándose en las paredes. Ignoro qué tan verdadero sea esto, pero me gustaría pensar que es verdad, que dejan una parte de ellos en donde habitan. Tenemos la costumbre de pensar que el ser humano es quien «adiestra» a los animales, pero creo, en este caso, ambas partes se condicionan uno al otro. No, más que «condicionar», quiero escribir: aprenden uno del otro.

Hoy, por ejemplo, Bonifacia despertó maullando por comida y yo escribí esto.



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