Breve chisme sobre el feminismo

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En la preparatoria, una profesora me dijo una vez que la historia debe ser contada como chisme. Un secreto a voces atrapa cualquier oído y esa es la mejor forma de presentarle los hechos del pasado a alumnos que, tristemente, no tienen interés por conocerlos. Dentro de una sociedad acelerada, en la que lo inmediato se convierte en la única realidad importante, el olvido de la historia sucede cada vez más rápido.

No obstante, aprender sobre el acontecer anterior a nuestras vidas es lo que le da sentido a la vida misma. Ignorar la historia es ignorar la existencia, es juzgar al mundo sin razones ni contextos. Todo tiene su crónica, su rastro y su memoria derivada del principio de los tiempos, que se transforma conforme cambian las necesidades terrenales, los deseos humanos y las disponibilidades del planeta que habitamos.

La historia del feminismo debe ser contada como chisme, no porque no merezca una enciclopedia entera, sino porque ya tiene muchas y de todos modos no suele aparecer en los libros de texto ni resonar en las aulas desde la voz de alguna profesora o profesor. La historia de las batallas de la mujer, como muchas otras historias, sigue siendo un relato oculto que se le cuenta solo al que pregunta y si es que sabe a quién preguntar.

Y como buen rumor de pasillos, existen cientos de versiones acerca de dónde, cuándo, cómo, quién, por qué y por qué no. No es posible establecer un debut exacto, ya que le ocurre como a la mayoría de los movimientos sociales: hay un evento de rompimiento —que es registrable— producto de algún malestar que lleva mucho tiempo sucediendo —que no es del todo registrable—. En el caso del feminismo, ese malestar abarca prácticamente todo el tiempo que tiene la vida humana sobre la Tierra, lo que vuelve aún más difícil establecer un origen único.

El relato feminista suele dividirse en olas, que identifican las transiciones más significativas entre periodo y periodo. Hasta el momento las teóricas cuentan cuatro y la primera se remonta a ese acontecimiento que representa un antes y después no solo para el asunto que concierne a este texto, sino para un montón más: la Revolución Francesa. La importancia del cambio en materia de poder, democracia y sociedad que simboliza la revuelta de 1789 pocas veces puede ser equiparada con otros acontecimientos.

Con la Revolución Francesa empieza la destrucción de un sistema de gobierno milenario, que queda inmortalizada a través de los documentos más emblemáticos de la política: La Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Pero el personaje al que iba dirigido este papel, tan ideal en su momento, no estaba para bromas: los derechos eran solo y nada más que para el varón. La mujer, por el contrario y al igual que otros grupos sociales que no entraban en la categoría de “hombre”, no solo no estaba considerada en la declaración, sino que le estaba prohibida la participación en la vida pública y política del nuevo régimen liberal.

Esta discriminación tan cruel enseguida levantó voces, sobre todo de mujeres intelectuales y escritoras que contemplaban los derechos de la mujer no solo como una posibilidad sino como una certeza. Entre ellas, la filósofa francesa Olympe de Gouges, con La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791), seguida de la escritora inglesa Mary Wollstencraft, con La Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792). Olympe tiene una frase excelente, que refleja en pocas palabras la desventaja y la injusticia que experimentaban las mujeres de aquellos tiempos: “El ejercicio de los derechos naturales de la mujer no tiene más límites que la tiranía continua a la que está sometida por parte del varón; la ley debe modificar estos límites, si la mujer tiene derecho a subir al patíbulo, también debe poder subir a la tribuna”.

Pero a pesar de que la principal fuerza intelectual se situaba en el viejo continente, las mujeres de Estados Unidos fueron las que comenzaron a poner en práctica las ideas feministas a partir del movimiento de abolición de la esclavitud en el siglo XIX. A la liberación de los esclavos se sumaba la liberación de las mujeres, dos sectores conformando un solo grupo que luchaba en busca de una misma libertad. La magnitud de estos movimientos influye en Europa, agregándole práctica a la teoría y desatando también en los países europeos una serie de manifestaciones, marchas y altercados que le otorgan visibilidad social a la lucha feminista. La fecha del ocho de marzo, Día Internacional de la Mujer, tiene su origen en uno de estos mítines.

La lucha de las mujeres se va extendiendo poco a poco, mientras los cambios significativos en la producción dan paso a la segunda ola. Sin embargo, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la atención recibida se detiene para el feminismo como se detiene para tantas otras cosas. El mundo pierde el equilibro, las grandes potencias industriales entran en crisis, caen cuerpos humanos por todos lados en nombre de patrias que no valen la pena, con tal de lograr una paz que no existe. Miles hombres son llamados a los frentes de guerra y muchas empresas se ven faltas de manos; es en este contexto cuando la mujer entra de lleno al campo laboral.

Se promueve la participación de la mujer en la vía pública, se la incita para  adentrarse en el trajín económico más por la necesidad del mercado que por verdadero aliento a su empoderamiento. Pero las mujeres que llegaron a trabajar llegaron para quedarse y cuando en el salto de una guerra a otra los hombres volvieron a las fábricas, un choque de intereses condujo a un choque de géneros. Se crean muchos empleos considerados “de mujeres”, invitando a que las féminas que desearan trabajar lo hicieran de secretarias, bibliotecarias, enfermeras, maestras, etcétera, pintando franjas aún más notorias en la división sexual del trabajo.

Después de la Segunda Guerra Mundial y con muchas insertas en el campo laboral, viene un replanteamiento más amplio de lo que representa la lucha de las mujeres, antesala de la tercera ola. A esto contribuyen muchas personas, principalmente teóricas, filósofas y escritoras, que mediante sus reflexiones empujan a un cuestionamiento sobre lo que significa ser mujer en sí. Simone de Beauvoir parte el siglo XX con su obra fundamental, El segundo sexo (1949), donde su conocida afirmación aparece: “Una mujer no nace, se llega a serlo”.

Las discusiones feministas comienzan a cambiar; ya no solo se trata de si la mujer puede o no puede, de si debe o no gozar de los mismos derechos que el varón. Se trata de lo que significa ser en cuanto al hombre y lo que significa ser en cuanto a sí misma. Se trata de pensar en qué es lo que de verdad necesita, porque no hay solo un tipo de necesidad, ya que no hay solo un tipo de mujer. La lucha empieza a adoptar diversos rostros a medida que se van visibilizando los diferentes tipos de vida, cultura y aspiraciones que persiguen las mujeres del mundo, alejándose de las pautas impuestas por el dominio de un grupo selecto de feminidades.

Se empieza a hablar ya no de la mujer sino de las mujeres. La segunda mitad del siglo XX trae consigo un replanteamiento radical, que cambia por completo el rumbo y el sentido del movimiento para muchas feministas, quienes empezaron a alejarse de aquellas que se apegaban a las antiguas ideas liberales. A partir de los años ochenta ya es innegable el espacio obtenido en las instituciones sociales, que se refleja, entre otras cosas, con el derecho al divorcio y/o al aborto en muchos países.

El feminismo termina el siglo XX inmerso en debates, que se originan en las distintas creencias sobre las necesidades de las mujeres y las discrepancias sobre el mejor medio para satisfacerlas. Además, otras luchas se suman y se fusionan, como los movimientos de libertad sexual o las marchas estudiantiles en distintas partes de Europa y Latinoamérica. El acercamiento de la población con las tecnologías comunicacionales marca los años noventa, augurando la fuerza con la que estas invadirían la vida cotidiana y cambiarían el sentido del activismo durante el siglo XXI.

Para la cuarta ola, manifestaciones en Europa, Medio Oriente, Asia y América van consolidando la cara feminista del nuevo milenio, que ya no se agrupa entorno a una denuncia específica y se caracteriza por el uso de las redes sociales para generar presencia y ganar amplitud. El movimiento se va sirviendo de las herramientas digitales disponibles para tomar su lugar en la web y accionar desde ahí, ya sea complementando los proyectos presenciales o proponiendo abordajes virtuales de manifestación y protesta.

El feminismo siempre ha estado combinado con cuestiones políticas, desde su inicio como movimiento afianzado hasta su actualidad, en la que no deja de haber razones por las cuales alzar la voz. No es un tema reciente, ni novedoso, ni está de moda; tiene más tiempo en el mundo que cualquier lector que se tope con el chisme de su existencia. Esta, por mucho, no es toda su historia. Hay cientos de acontecimientos por enlistar y miles de mujeres a las que reconocer; es más, hay tantas que posiblemente formaríamos un mar si dejáramos caer un gota con cada nombre. Y todos esos nombres arremeten a la vez, aunque estén escritos sobre papel o escondidos bajo la tierra, dichos en voz alta o recordados en el silencio; arremeten conforme cada una de las olas del feminismo da paso a la otra.

Hay historias que no debemos dejar que se olviden, historias que no debemos dejar de contar. Las luchas, penas y glorias de las personas que estuvieron antes que nosotros merecen ser tomadas en cuenta, merecen reproducirse tanto en enciclopedias como en rumores de corredor. De eso nos alimentamos después de todo, porque ¿qué clases de habitantes sin pasado seríamos, viviendo en un mundo heredado?


 

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One thought on “Breve chisme sobre el feminismo

  1. Coincido contigo Priscila, las historias están ejecutadas por seres humanos, en este caso por mujeres de carne y hueso atentas a su devenir, deseando mejorar su vida y la de las otras. En cada ola de feminismos fueron ellas que dieron la batalla para lograr lo que hoy hacemos seguir expresando con libertad nuestras ideas. No olvidar porque la que olvida pierde. Felicidades.

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