Caníbal sustentable

Era navidad todos los días para algunos, nadando en una alberca de abundancia.

Para otros existía solo la desesperación diaria y a cada hora.

Los primeros se autorregalaban objetos abrazándose y premiándose constantemente.

Muchos de los segundos eran como esclavos perfectos: invisibles y conformes.

Las relaciones eran aisladas, estaban mediadas por pantallas.

Uno se pasaba el tiempo agachado saltando de la pantalla grande, a la pantalla mediana, a la pantalla chica y así sucesivamente, girando sobre esa acción como si el ojo fuera un trompo fijo y multicolor que avanza muy rápido y que por lo cual nunca se le puede ver el dibujo que posee en su interior claramente.

 

Se desaprendía la urgencia de piel tangible, haciendo emerger las ansias por esta que se acumulan y se tornan opacas, pero que no se extinguen.

Las acciones frenéticas de este contexto se manifestaron en desencanto y estrés, hasta que un día me sumergí en mi interior y ya era otro ser,

totalmente agresivo e irracional, y sí, me lo comí, me comí al opulento.

A ese aristócrata lo vi sentado disfrutando el sol en un día de campo, comiendo uvas y limpiándose las orillas de la boca con un pañuelito que tenía sus iniciales bordadas delicadamente.

Desespere y lo ataque. Como boa mi brazo se enredó en su cuello y lo mordí.

No solo el brazo, mi cara se transformó en un cúmulo de gusanos y otros insectos que como máscara movediza gesticulaba diversas sonrisas en demasía expresivas, grotescas,

petulantes algunas,

otras de culpa y de cansancio por el trabajo constante de sobrevivir apenas.

Como me han enseñado que en estos tiempos lo importante es llegar antes que el otro lo mastique a gusto, pero rápidamente.

Le rompí los huesos con una sierrecilla de bolsillo para que pudiera meterlo en una bolsa grande, quitarle la ropa y empezar a correr, porque no soy como ellos y no voy a desperdiciar.

Caníbal o muerte, se lee en las convenciones sociales cotidianas y entonces hay que comerse al explotador, al neocolonial, aquel que sigue buscando oro en las montañas.

Comérselo y saborearlo, o comérselo y ya.

Como él ha comido de mí, de nosotros, al desaparecernos, invisibilizarnos, aterrorizándonos…

El olor a cadáver se expandía por mi escondite, sentí su carne cruda, sentí su sabor en mí.

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