Carta de un sujeto de otro tiempo en el que fuimos dueños del tiempo

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-Estimado lector, lamento presentarme ante sus ojos con una propuesta que en principio puede distanciarse de la crítica y acudir al goce pleno e inocente de un relato o una poesía. Como enmienda, planteo estas 167 palabras, empleadas como un preludio que quizás pueda rescatar un poco de la crítica que lo hace cuestionar su existencia, su país o sus relaciones, placer por el que usted acude a las columnas como texto predilecto. En las próximas páginas presento a usted un relato de un personaje desconocido en un tiempo también desconocido, y sin embargo, quisiera que caiga en un ejercicio que tiendo a usted con el propósito de que se plantee alguna opinión sobre lo escrito: quisiera que responda a estas preguntas con total sinceridad: ¿Puede ser ese tiempo desconocido nuestro tiempo? Y…¿Puede ser este autor desconocido usted mismo, haciendo una metáfora sobre su vida? Lo que sigue tras contestar a estos interrogantes es de su entera autonomía, más aún si la respuesta es afirmativa.

Le saluda con afecto:
El “columnista”


Carta de un sujeto de otro tiempo en el que fuimos dueños del tiempo 

No sé de dónde he encontrado el suficiente tiempo como para poder mandar estas líneas, pero quizás asumo que serán una comprobación de que mi rebeldía no ha sido en vano, y que ha podido cuando menos, dejar un legado en el polvo eterno que me antecedió y que seguirá aún más grande con mis cenizas en su haber. He decidido dejar un testimonio de las cosas que he presenciado, y ahora, a los 25 años, estoy próximo a despedirme de un mundo sumamente bizarro, a quien las palabras le quedan cortas y las categorías centrales (el tiempo sobre todo) no parecen aplicarle.  

Las cosas que he podido leer desde aquella declaratoria de rebeldía que tuve hace pocos meses dan cuenta de un mundo completamente diferente al mío, que quien sabe cuándo pudo haber existido en la corta pero a la vez frondosa historia de esta roca flotante a la que muchos en diferentes cuerpos hemos llegado a llamar casa. En aquel mundo (distópico a los ojos del hoy), la gente vivía más allá de sus propias voluntades, ejerciendo, desde luego, la suficiente autonomía como para no hacerse llamar esclavos. Una persona podía vivir fácilmente hasta los 80 años, sólo teniendo la posibilidad de trastocar esa existencia natural a través de su soberana e inmediata inclinación al suicidio, o quizás, en lo que sería más una conspiración contra la vida, a través de la ingesta excesiva de alcohol, drogas, sexo o cualquier otra cosa que claramente desborda nuestras posibilidades para el placer. Lo que me sorprendió de ese mundo fue la linealidad, la concurrencia entre inicio y nudo, y a su vez, entre nudo y desenlace, el apacible tránsito por la vida que cada quien podía adornar con gozo o con desdicha según su propio criterio. En ese mundo de origen y fin insospechados, la natalidad era preciosa y justa, nada se masificaba y todo fluía aceitado, incluso la muerte, que no se apresuraba en suceder, que por alguna jugarreta del destino estaba dotada de mayor paciencia, esa muerte de aquel mundo es un contraste eterno con la parca que acecha a mis congéneres, y eso que no sé qué tanto pueda aplicar el término “contraste” a la siempre negra figura de la muerte, que quizás, por haber incurrido en un préstamo con el diablo se ha apresurado a pagar a suerte de almas y almas que son guadañadas día con día como en una viña destinada a satisfacer los deseos de un pueblo alcohólico.  

Dado que esa muerte que apenas he alcanzado a describir ya se ha fijado una ruta para venir a mi encuentro, debo ser preciso en la descripción de este mundo, que hago con la vana esperanza de justificar mi ausencia del mecanismo normal de las cosas tal y como funcionan hoy en día, y que tal vez, ayudado por los astros, pueda servir a otra persona de otro mundo en otro tiempo para entender las existencias precedentes y señalarse una sonrisa o una lágrima en el rostro, si es que han de usarse el rostro, la risa o el llanto todavía. 

Mi mundo no tiene una población que exceda los treinta años, pues cada persona tiene dominio sobre su tiempo, y lo gasta de acuerdo con lo que juzga necesario. Naturalmente, la esperanza de vida de las personas podría extenderse hasta más de un siglo, con los avances en la técnica, el advenimiento del desarrollo y las demás baratijas que nos hemos apresurado en conquistar, pero amén de no confundir, la cosa sería tal que así: si yo debo entregar una tarea para el día siguiente, puedo extender mi reloj personal mientras el reloj de todas las personas sigue sufriendo la misma lenta caída del segundero. Sin embargo, la premisa no es tan sencilla, o tendríamos entonces los científicos, pintoras, poetizas, o médicos más longevos del mundo. No. Cada segundo que empleamos en crecer personalmente, cada lapso de tiempo que usamos a espaldas de la sociedad, viene a ser sustraído de nuestro futuro, y en realidad, no hacemos otra cosa que adelantar nuestra vida. Yo mismo he sido víctima de esta posibilidad que en otros tiempos (según las lecturas sobre ese mundo extraño que comenté anteriormente) hubiera sido juzgada demoníaca. Por meses avancé en estudios y trabajos, por meses inventé fórmulas y me aventuré a nuevas lenguas, incluso leí teorías que demandarían años en lo que para el resto del mundo era apenas el paso de la noche a la mañana.  

Como nuestro juicio no era competente para sobrellevar un poder tan grande, fuimos viendo la inestabilidad de la vida que compartíamos con los demás, la sociedad no era un concepto fijo porque ni siquiera el conjunto de personas necesario para componerla se daba en ocasiones. Al ser cada uno el dueño de su propio tiempo, su vida abandona el primer plano y simplemente termina por eclipsar todo otro plano posible: los cafés, los cines, los salones… Todo se veía atestado de individuos que honraban tan solitario título en cada cabeza gacha, en cada mirada frívola que sólo se lanzaba fuera de la jurisdicción de cada uno cuando las circunstancias lo exigían empedernidamente. Con toda una vida por desarrollar, con todo un abanico de posibilidades, nadie creía en el conjunto, cada uno era dios en su propio paraje, un planeta autónomo con cosas por hacer, con climas por regular y con vidas por crear, lo suficientemente ocupado como para acudir a la noción de sistema, que cada vez se hacía más tácita.  

Mis amigos perdieron tal calidad y estoy seguro de que también yo dejé de ser un amigo para ellos. Cada uno se dedicaba a su propio crecimiento, que sin embargo, cada vez se hacía más antidemocrático. Ya nadie desempeñaba labores altruistas como escribir un poema o componer una canción: nos desproveímos de la música y del arte, de todo aquello que a pesar de ser producido por un individuo se insertaba en la eternidad como la prueba de una existencia colectiva, como un legado general que la persona o el genio apenas podían exhibir a través de su obra. Y sin el arte el amor comenzó a peligrar. Comenzó a peligrar porque no había señales metafísicas de que una otredad habitase más allá de lo que podían cubrir los sentidos. Todos veíamos entidades sin esencia deambulando por construcciones que comenzaban a derruirse, pero que se renovaban por el anhelo de gloria de algún arquitecto o de algún ingeniero loco. Los cementos se regeneraban o se reemplazaban, pero los cimientos que no podíamos ver eran los que se colapsaban, porque en medio de todo, nos dábamos cuenta de que nuestra realización personal siempre requería algo más, nunca se finiquitaba por más cosas inverosímiles que agregáramos. Tan sólo nos faltaba alguien más, alguien a quien mostrar que en efecto habíamos existido, que nos habíamos abandonado a nuestro propio tiempo para moldearnos un legado con la arcilla que teníamos a disposición, que habíamos descreído de la vejez y del futuro, y que el todo había estado tan a la mano, que tomarlo tan sólo había demandado la vida entera. Pero en cuanto nos dábamos cuenta de esto, la muerte ya estaba rondando la puerta del edificio increíble o del laboratorio donde se habían marcado las pautas más importantes del progreso. En este mundo de individualidad, la única democracia existente era la democracia de la muerte. (y creo que ni siquiera debería conjugarlo en pasado, pues nunca avizoré un presente tan estable como este eterno presente que amenaza con silenciarme). 

Y sin embargo pude revelarme, pude revelarme por un extraño acontecimiento que escapó al normal funcionamiento de las cosas, al deber ser, a la causalidad. Sin aviso previo y sin posibilidad de hacer preguntas tuve un sueño en el que moría, y más desgarrador que la muerte fue la sensación que precedió al momento en que toda luz se extingue a los ojos del doliente: no sentí más que vacío, pude sentirme muerto y no había nada que expresar. Por algún defecto de la normalidad soñé mi muerte en lugar de morir, y pude revelarme en busca de un legado por el cual sentir algo al momento de morir en serio.  

Todas las personas que conocí creyeron haber “vivido” con su progreso, con su violación al tiempo de tan lenta marcha, pero en realidad nunca hicieron nada de lo que se hacía en ese mundo peculiar del libro con el que di apenas unos días después de haber tenido esa revelación: ninguna de las personas que conocí se enamoró o viajó, ninguna tuvo hijos o acudió a un recital, ninguna contempló la muerte del sol en la inmensidad del cielo, pues todas estaban encerradas en su propia existencia (y aun nosotros tenemos sol, y aún tenemos labios esperando que acortemos la distancia por la avenida o por la acera, y aun nosotros, en este tiempo, contamos con la posibilidad de recorrer grandes distancias en pocos segundos, pero nada ocurre, nunca nada ocurre). Lo que me desanima es que al expirar todos comprendieron y comprenderán (pues dudo que con mi muerte pueda cambiar algo) que su paisaje interior es insulso y vacío, y que siempre lo será si no se le regala un atardecer propio a la otra persona, y que siempre moriremos con la misma sensación insípida si es que no atinamos ver el paisaje que otra persona quiso regalarnos, pues con los demás nos basta para dar cuando menos una sensación a esa muerte que siempre es tan negra. Mi generación no pudo vivir aun cuando cada uno de sus miembros “vivió” el triple de lo que perduró su existencia, y sin embargo dejó la lección de que en otras existencias el tiempo ha sido colocado en manos ajenas por una buena razón. Yo me apego a este pedazo de papel y a estas letras para compartir esta lección, y quizás dar un poco de nuestra existencia a los demás entes que puedan venir en algún momento. Dejo mi propia existencia en esta carta, como si mandara una señal de radio a la nada, que ojalá pueda sintonizar cuando muera y no encuentre nada de lo que aferrarme para sentir algo, para justificar este viaje que muy pocos pueden llamar vida.

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