Cavilaciones en el fin del mundo

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El virus nos enfrentó con nuestros demonios interiores. El caos del mundo externo era aún más evidente. Las cifras reflejaban una realidad lastimosa que parecía extenderse como una sombra. Más de cincuenta y cinco millones de contagios a nivel mundial. Las consecuencias ya se asomaban; algunos hacían cálculos, mediciones y pronósticos; muchos más, esperaban la vacuna; otros se aferraban a su fe. La gran mayoría esperaba a que todo pasara para “volver a la normalidad”. Los menos, alcanzamos a ver que eso no sería posible. El mundo conocido se tambaleaba. Sus pilares estaban dañados, hubiera sido quizás la oportunidad de oro para construir un nuevo mundo, más justo y bondadoso, pero dejamos que el miedo tomara el control.

Los gobernantes hicieron lo que pudieron o lo que creyeron era la mejor decisión. Al principio ordenaron un confinamiento de la población, para detener los contagios; después midieron sus consecuencias y se encontraron con una grave crisis económica. Por si esto fuera poco la depresión, la ansiedad y los suicidios aumentaron. Así como las cifras de violencia doméstica. Se evidenciaron las fallas sanitarias y educativas en muchos países, principalmente en los más pobres. Cuando ordenaron más confinamientos, la población ya no quiso obedecer. En algunos lugares comenzaron las protestas. Manifestantes se enfrentaron con la policía. Al mismo tiempo, los médicos y enfermeras hicieron esfuerzos sobrehumanos para atender a todos los enfermos. Los hospitales se vieron rebasados. Los insumos escasearon. Llegó el momento en que el personal médico estaba agotado. Muchos también murieron contagiados. Los científicos se esforzaron por encontrar una vacuna efectiva y asequible que detuviera la propagación de un virus que nos obligaba a segregarnos. Las fiestas, los conciertos, los partidos deportivos y todo evento que representara una multitud, desaparecieron. Reunirse se convirtió en sinónimo de contagio. Y el prójimo se volvió una amenaza silenciosa; un extraño todavía más ajeno. El mundo ahora reducido nos llevó inevitablemente a mirar dentro de nosotros mismos. Las distracciones del afuera, ya no estaban. El mundo interno se develaba. La cercanía de la muerte, alborota los demonios. Yo decidí aprovechar el tiempo que me quedaba para luchar con ellos y los vencí. No fue fácil, muchas veces en el oscuro laberinto de mis tribulaciones, ellos parecieron ganar las batallas. Sus rostros eran grotescos y sus risas, macabras. El Abandono, la Culpa y el Juicio fueron los más feroces, al menos para mí.  Cada quien nombra a los propios. En mi caso, eran viejos conocidos, aunque me las había ingeniado para acallar sus voces. En el aislamiento me emboscaron. No tuve escapatoria. Los miré de frente, me di cuenta de que eran de humo. No tenían sustancia. Al observarlos con la luz de la conciencia, desaparecieron. Tuve suerte. A muchas personas las aniquiló el Miedo.

Todo ha empeorado últimamente. Hay más caos. Dejé de leer las noticias. Eran versiones distintas de lo mismo cada día. La interminable dinámica del ataque y la defensa. Los egos ofendidos, buscando culpables. Las eternas luchas, los ismos, los soñadores queriendo cambiar al mundo. Yo mismo me convertí en un activista durante algún tiempo.

¿Acaso no había sido la intención de Dios crear un jardín del Edén para la humanidad? En definitiva, algo había salido muy mal con ese plan. ¿Dios se había equivocado? A estas alturas lo pongo todo en duda. Hacía mucho tiempo que ya no creía en un dios padre castigador y patriarcal. “Dios”, debía ser algo más Grande. ¿Qué tal una Mente infinita donde somos sólo sus pensamientos?  O ¿una unidad llamada Amor donde somos su extensión?  Ya no me va a alcanzar el tiempo para descifrarlo, de lo que sí estoy seguro es que Dios no es un Señor, ni tiene nuestros atributos. Esa manía de antropomorfizarlo para que quepa en nuestra pequeña percepción.  ¿Qué tal si este mundo es sólo una ilusión?  El gran truco de un mago llamado Ego. Sí, eso debe ser. Algo falso que se hace pasar por real…

El planeta Tierra de por sí era un lugar caótico, sin embargo, el día en que el microscópico virus se entronizó, todo se precipitó.  Nos arrebató la cotidianidad y la certidumbre. Nos enfrentamos a lo nunca antes visto, al menos en las últimas tres generaciones. Poco a poco vislumbramos la magnitud de la pandemia. Qué los demonios escaparan sólo era cuestión de tiempo. El mundo parece ahora un manicomio. Algunos toman decisiones; muchos esperan a que otros decidan.

Yo escapé a las montañas. Aquí espero el fin del mundo. Un arroyo de agua cristalina corre cerca. Estoy rodeado de grandes y frondosos árboles. Elegí este lugar porque alguna vez, sentí una conexión con lo Sagrado. Muchas veces escuché decir que tarde o temprano uno vuelve al Hogar. Hoy lo pondré en otras palabras: Es el recuerdo el que llega a la Memoria y ése es el final del viaje. La vida es la búsqueda del recuerdo perdido del Amor.

Mi lucha acabó cuando me di cuenta de que lo único que tenía que cambiar era mi narrativa. Mi paz empezaba y terminaba en mi mente.

No, no fue en el cambio de milenio, tampoco fue en el 2012.

El año apocalíptico fue el 2020.

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