Centauro tímido

A Javier Lizárraga

Que el reloj y su pulcritud
contemplen las virtudes
que curvan el destino
cuando apareces.

Fantasía germinante
enredándose en mi
psique.

Inquietud constante
que mana
cuando hablo de ti,
de tu nombre,
de tu frente,
de la única vez
que me recosté
en tu vientre.

Y de ese cariño
extraño
que ofreces
cuando abrazas
y sueltas.

Abrazas               

y sueltas,

y quieres                  

y callas.

Elipsis               

decisorio,

centauro            

tímido.

Tu cuerpo nadando en mi laguna mental;
una conquista marina,
como un ajolote
que disfruta su viaje.

Una risa de niño
por la mañana,
de ojos canela
y mirada entusiasta.

Así te he visto yo
cuando te ausentas;
desde mi cuarto
y más allá,
en las estrellas
que no encuentro,
y en el vacío
que se aproxima.

Te veo con la luna a medias;
medio escondida,
medio expuesta.

Te ensueño
como las nubes
que se nutren
de lágrimas
victoriosas,
de una tierra guerrera,
de un maizal dorado.

Una galería
de poses angelicales
que jamás verás,
aunque sólo seas tú.

Ardor incandescente.

Fogata en el pecho,
al son de la mano que escribe
y de la otra que aguarda.

Y aguarda.

Y baja.

Y acaricia.

Esculpido,
ilustrado,
compuesto,
escrito.

Fotografiado.

Inmortalizado.

Persistes en mi memoria
como si fuesen siglos
y no horas.

Y así,
con ambas manos
cansadas,
honramos tu imagen.

Fantasía cíclica
de montes diversos.

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