Columna sobre un día cualquiera | Plegaria por un final más humano

Los viejos se abalanzan contra los jóvenes y los jóvenes se deslizan sexymente entre los juicios mordaces de los viejos.

Los estudiantes se rehúsan al aprendizaje y los profesores a la enseñanza.

El mundo se calienta mientras las personas se enfrían, los volcanes se encienden mientras los pensamientos se apagan.

Un niño ya no sabe de inocencia y un adulto ya no sabe de decencia.

Las drogas son un consuelo válido ante la perfidia del afuera y el afuera es un constante foco de alucinaciones que ni a Dante se le hubieren ocurrido.

Una señora cruza con un coche y un idiota en un carro se retuerce por la espera.

Otro imbécil sigue a una chica esperando que de la nada se desvista y se entregue en un acto apoteósico de obscenidad del que no espera tener que responsabilizarse ante la sociedad.

Un celular da respuestas más contundentes que un libro ante preguntas que más nos envían a Marte que a nuestros adentros.

Los pinceles vuelven a ser sustituidos por las armas y las botas se vuelven a posar sobre las alas.

Los políticos se parecen a los sacerdotes en una prédica y los sacerdotes ya no predican ninguna política de bien común.

Las pantallas derriten nuestros ojos y nuestros cerebros se derriten con las nubes de polvo, de ruido y de monotonía.

Alguien decide suicidarse para marcharse a alguna otra parte del universo y oscilar quizás más amenamente con el todo, otro le llama cobarde y le condena a un olvido que tiene más nombres que todos los que se puedan guardar en todas las memorias del mundo.

Un animal muere por negligencia mientras otro humano nace por inconsciencia.

El planeta escasea mientras los estúpidos abundamos.

El reloj cuenta en reversa mientras nosotros tendemos hacia infinito.

Un verdugo pone un hacha sobre el cuello de todas las personas, las personas no se dan cuenta por estarse viendo a sí mismas en un espejo en el que nadie más cabe.

Un consciente quiere ahorrar agua, un vecino suyo quiere quitar la hierba que se adhiere al andén de enfrente de su casa con una manguera a presión.

Todos llegan a sus moradas para ser nada, y nada sale de la casa a ser “un todo” por lo menos durante la jornada laboral.

La mayoría trabaja para alguien en lugar de hacerlo para sí, y trabaja aún más en juzgar a quien ha decidido dedicarse al cambio.

Ahora más que nunca el cambio es debido, pero ahora más que nunca el cambio es temido.

Las lumbreras de un posible pensamiento son apagadas por los vahos de una inactividad perpetua.

Cualquier intento por salir es una revolución ante los ojos de los cómodos.

Tal vez había un poco de esperanza en algún árbol de la vida pero la empaquetaron en un velo de plástico que más se asemeja a un traje mortuorio.

Todos lucen sus mejores prendas sin saber que su mejor traje será de humo, plástico y vanidades.

La música es ruido y el ruido natural ya no es música, es el sonido de unas monedas de oro arrojadas desde el infierno.

Dios salió de vacaciones con Buda y Visnú, todos cometieron un error: dejaron a cargo una criatura sin convicción en sí misma que a sus inseguridades contrapone una incorregible conducta autodestructiva.

 

Y es este el panorama de un mundo que gira descontroladamente hacia su propio fin, un mundo en el que reside una masa sin forma ni espíritu que se halla más muerta que viva, más intoxicada que enérgica, abandonada a una suerte que controla cualquier imaginario pero ningún real, cualquier papel pero ninguna acción. ¿La salvación es merecida? No para quienes han rebajado aquel título precioso y casi divino que significaba el ser humano a esta actual condición de destrucción, muerte, miedo y miseria; no para la mayoría de las personas que hoy respiran por reflejo y expiran un vaho de toxicidad que pudre todo hálito vital.

La humanidad quizás se ha visto en crisis peores a lo largo de su historia, pero precisamente en algún resquicio de los corazones aún permanecía ese término silencioso que significaba resiliencia e inconformidad. En los desiertos brotaba la fe que sacaba agua de las piedras; en las catástrofes del azar nacía la esperanza de un mejor mañana y el instinto de ayudar al semejante; en los genocidios surgía la memoria y la implacable dureza de las convicciones; en las heladas destructivas crecía el calor humano y el amor incontenible; en las dictaduras se erigieron revoluciones que se tornaron en himnos; ante la muerte surgió la tranquilidad de un descanso y la seguridad de haber cumplido una labor. Y hoy nos vemos desprovistos de todo ese sentido intangible que revestía nuestras acciones más inocentes y más impensadas, nuestras emociones más primitivas. Hoy nos hemos desligado de todo aquello que en el pasado consideramos digno de conservar en nuestra memoria, y por ende, nos vemos sometidos a un castigo que ni las peores imaginaciones pudieron concebir. Nuestra banalidad ha consumido nuestras bellas profundidades y nuestras arrogancias han consumido el noble acto de postrarse, de darse, de inmolarse para un propósito superior, de ser más al anonadarnos para así homenajear las cualidades que como especie tenemos. Hoy nuestras esperanzas son pasivas, nuestros esfuerzos no tienen corazón y nuestros pensamientos no tienen racionalidad porque hemos dejado de usarlos como corresponde: hemos dejado de ver en las ideas un móvil de nuestra intelectualidad para encontrar en ellas un cepo que cautiva toda la mutabilidad y el cambio gracias al cual hemos evolucionado y avanzado en todo momento. Hemos abrazado los viejos dogmas que la razón arrancó con un sacrificio de sangre y vidas, hemos vuelto a la postración en nuestros vicios que borró a las viejas aldeas convirtiéndolas en sal, y que ni siquiera se invocan en procura del placer sino por simple acto repetitivo. Hemos erigido sobre nuestras propias cabeza vacías una torre de Babel que ningún dios deberá tumbar, que sola se derrumbará por el excesivo peso de sus balcones y sus cristales y por la debilidad suma de sus bases y sus cimientos.

No tenemos salvación porque hemos dejado de ver en las plantas una prolongación de la energía vital para ahora, hallar en su verde una similitud con la riqueza, hemos dejado de acudir humildemente por su savia medicinal para volverlas un sujeto de experimentación despojado de toda dignidad. Hemos arrojado a los ríos toda nuestra porquería sin siquiera lanzarles una mirada compasiva, en lugar de acudir respetuosamente a su encuentro para lavar nuestras culpas. Hemos dejado de ver en el cielo un incomprensible e infinito misterio para enviar nuestra cepa en busca de víctimas intergalácticas. Hemos dejado de postrarnos ante el suelo fecundo y de tirarnos a sus mesetas del sueño para arrancar de raíz todo el aceite de sus adentros y toda semilla de la abundancia. Despertamos la ira de un entorno que sólo supo atendernos como a su mejor huésped y que nosotros ofendimos inclemente y sistemáticamente.

La triste realidad es que nos hemos creído nuestra propia grandeza, nuestra fábula de invencibilidad y superioridad, nuestra ingenua conjetura de dominio y poder. Hemos apadrinado una verdad que pretende responder a todas las preguntas sin siquiera haber salido de ninguna, y lo que ahora viene es una cátedra magistral de humildad que nos mostrará que detrás de cada verdor hay una divinidad, y de cada transparencia una consciencia que ha sufrido nuestra maldad. Pronto veremos en las cosas más grandes cuán pequeños somos, en las cosas dormidas todo aquello que nos hace falta para despertar y en las cosas incontenibles cuán débiles podemos llegar a ser.

Al día de hoy, nuestras bibliotecas ya tienen suficientes árboles muertos que hablan de nosotros mismos en alabanzas y odas; nuestra ciencia es avanzada pero arrogante; y somos tantas y tantas bocas que seguir hablando sería simplemente mortal. Es el momento de dejar de hablar, y empezar a hacer, de ser. Es momento de olvidar nuestros títulos de poder, nuestras figuras de tenencia y nuestras ambiciones de control para demostrar el respeto que es debido. Debemos dejar de ser la especie dominante para abrirnos a un mundo que tiene mucho que enseñar si se le pregunta respetuosa y humildemente, y que da generosamente el alimento a las fauces que saben pedir el favor y dar las gracias. Es hora de demostrar respeto, bien sea ante la irrisoria posibilidad de un acto de clemencia que ni los dioses más piadosos concederían, o sea ante un castigo que tenemos más que merecido. Si con la cabeza en alto nos hicimos soberbios dueños de lo que sólo estaba allí para satisfacernos, con la cabeza gacha deberemos responder silenciosamente a sus lecciones, pues en nuestro poco tiempo inflamos demasiado el pecho e inclinamos muy poco nuestra faz.

Ante este mundo que se deshace en cada verano y se endurece en cada invierno; que se adormece en cada tibia e insípida caricia y se despierta ante cada desecho de nuestro ser, huir por supuesto es una posibilidad que empieza a volverse prioritaria. Pero ese mero acto revela la decadencia que se mueve entre el laberinto mortífero de nuestras respiraciones. Huir es sólo la muestra de la cobardía que ha invadido nuestras almas. Si ahora no merecemos ser llamados por nuestro título, huyendo mostraremos lo que con los siglos hemos llegado a ser: bestias temerosas que han dejado su esencia en la casa común y en una historia de vanas glorias de papel que se quema junto con todo lo que conocieron, junto con lo que alguna vez los revistió de divinidad, que se consume a la par de lo que alguna vez los hizo ser dignos, los hizo ser humanos.

Luchar, por el contrario, sería quizás un esfuerzo tardío por volver al origen, una súplica a destiempo que puede no dar resultado, pero que como al samurái que se da muerte, concede honor. El problema es luchar contra nosotros mismos, contra la baba que de nuestra boca ha salido y que hoy impide que se muevan nuestras manos, que se libere nuestro espíritu. La lucha debe entablarse desde lo más profundo que en esta era de la banalidad podemos tener, desde lo más diverso que podamos hallar en este escenario de la monotonía. Luchar desde cualquier frente, con cualquier recurso, con los aliados que se tenga, pero sobre todo, con la mayor fortaleza que haya en nuestros adentros, es lo que se debe hacer desde el espacio siguiente a este punto aparte.

Demostraremos qué tan humanos podemos ser al luchar con nosotros mismos, al arrancarnos nuestro título corrompido para forjar con ímpetu uno mejor, uno más digno, uno que nos convierta en nuevos seres que se hospedan ya no en un valle de lágrimas, sino en un mundo de secretos que se descubren, en un mundo que se reconstruye en cada error inocente y prepara en sus penumbras la luz del próximo día, que aunque pueda ser el último, será siempre más satisfactorio y más tentador de ser vivido.


 

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