Completo Camagüey

Completo Camagüey

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Todas las tardes, el viejo miraba hacia el balcón tratando de recordar aquellas imágenes que parecían sombras. Se veía a sí mismo, de niño, observando una lagartija que caía del muro y se estrellaba contra una piedra, desmembrándose por completo. Acto seguido, un gato se comía a la lagartija, dejando un cuero escamoso lleno de sangre tirado sobre la grava. También recordaba a su esposa, amamantando a su hijo, sentada en una banca de la plazuela, con el pecho libre, mientras la gente pasaba y le sonreía. Y recordaba cuando de tajo se cortó el meñique con un cuchillo, y la fila de enfermos de dengue atiborraba las entradas de la clínica, pasando varias horas antes de que el doctor pudiera auxiliarlo para amputarle el resto de dedo que le quedaba. Los recuerdos iban y venían. Y a veces no era la lagartija la que caía del muro, sino un niño de rizos dorados, y el gato no era un gato, sino un perro negro que se llevaba al crío al obscuro bosque de palmeras. Y su esposa no era su esposa, era una tiniebla que sollozaba mientras sostenía una majada de cabellos. Y el dedo no era su dedo, sino un brazo entero. Y quizás ni siquiera eso, porque a él no le faltaba ni el dedo, ni el brazo, ni nada.

El viejo masticaba una y otra vez aquellas imágenes mientras veía las gotas de lluvia morir contra la orilla del junquillo. Era triste ese solaz, era aburrido. El viejo suspiraba. Se sabía olvidado, viviendo una rutina acartonada, pensando si alguna vez llegó a correr sobre las piedras empalmadas del malecón donde los pequeños niños jugaban a la pelota o si conocía a alguna de esas señoras que caminaban entre los turistas, con camisones arrugados, mientras pelaban naranjas. Y entre las divagaciones, le venían con claridad a la mente esos recuerdos desorganizados, alumbrados tenuemente por las bombillas que parpadeaban en su derruido departamento. Todos los días el viejo pensaba en la lagartija, preguntándose si realmente había caído del muro o no.

Un día despertó y al pie de su cama vio a una mujer. Su piel era granulosa como las escapolitas. Sus cabellos alborotados parecían vapor de nube. Sus pupilas tenían el color de la brea que suspira la tierra y le miraban fijamente. Sorprendido ante su propia reacción, pues no había espantó en él ante aquel espectro, comenzó a sentir, muy a su pesar, que su cuerpo se entumecía y una infausta consciencia lo atormentaba. ¿Así terminaré mis días? Se preguntó a sí mismo, mientras poco a poco le regresaba la pausada respiración. Aquella aparición lo miraba con curiosidad, y fue entonces cuando ella le preguntó: «José, ¿y quién era el gato aquel?» El viejo quedó enmudecido.

¿Quién era el gato? ¿Cómo sabe del gato? ¿Quién era? Por más que trataba de recordar, no podía. Su memoria lo llevaba al tiempo en que era joven y sentía el andar en sus piernas, corriendo por el malecón, saltando entre los botes de los pescadores. Se veía a sí mismo cruzando la bahía, oliendo el perfume de las palmeras, besando los labios de una joven morena, aspirando el olor a daiquirí, comiendo ropa vieja con tostones, bailando changüí toda la noche, durmiendo en una hamaca escuchando el silbido del jején. Pero ya era un anciano y su cuerpo olía a orines, su piel se resquebrajaba ante el menor roce, sus ojos no enfocaban ni con las micas que le había prescrito el oculista.

La mujer lo miraba con curiosidad, esperando la respuesta. Tenía tiempo. El tiempo era ella. Pero el viejo no dijo nada, cerró los ojos, despacio, y pensó en el olor del café con piloncillo. De pronto, una violenta sacudida estremeció la tierra, la visitante se alzó en medio de la habitación, abriendo la boca y gritando como huracanes enfurecidos que golpean al mar. Aterrado, el viejo se refugió debajo de las cobijas, abrazando el colchón de la cama. Suplicante, le pidió a la mujer que parara aquel terrible seísmo y le diera un momento para pensar. Mas el viejo no se acordaba quién era el gato, y en cambio, volvía a verse a sí mismo, hurgando en la playa, buscando corales, corriendo detrás de un caniche, persiguiendo la sombra de los pelícanos. Pero no, eso ya no existía, ahora era el presente, entubado en un disco de acreción y perífrasis, que parecía querer devorar todo, esperando una respuesta.

Pasaron varios días. La mujer lo seguía por todo el departamento. El viejo trató de adaptarse a la nueva rutina, preparando desayuno para dos, pero la mujer no comía, no bebía, ni tampoco parecía interesada en asomarse al balcón. Tan sólo flotaba sobre las paredes de la estancia o se sentaba al pie de la cama, y le preguntaba: -José, ¿quién era el gato?- Pero, ¿qué gato? ¿El gato ese? El gato no era nadie. No era nada. Ni siquiera sabía si el recuerdo era real. Pero la mujer insistía, y entre más le cuestionaba, el viejo se perdía en infinitas divagaciones. El gato era enorme, pesado. Tenía un ojo azul, el otro verde. Su pelaje dorado recordaba a la luz que se filtraba por las tardes, bruñida de sol. Era buen cazador, por eso habría desbaratado con suma facilidad aquella lagartija. ¿O no lo había hecho? Quizás la lagartija se había desmembrado con el golpe, y el gato se limitó a recoger los restos. Tal vez el gato había cazado a un niño, un niño que era ratón. Y el niño no era un niño, sino más bien un ratón lagartija, que el gato, lamía plácidamente, echado sobre la arena.

El viejo no podía recordar, o más bien, no quería recordar. Deseaba que la mujer cediera, que se olvidara de la pregunta. ¿A él qué le importaba un animal? Él estaba ahí, siendo un eclipse que rezumbaba cada día, andando a pasos lentos para ralentizar el aullido sordo del tiempo. Cada demora alargaba su vida. Cada dolor en su mancillado cuerpo le daba sentido a su apesadumbrado ser. Pero la mujer alteraba su realidad, trastornando cada segundo con aquella pregunta que enmarañaba sus pensamientos, y hacía que la respiración se le dificultara y los oídos le sangraran. Tenía que terminar todo esto. No podía seguir así. El gato. ¿Cuál gato? ¿Ese gato?

Pasaron puestas de sol y noches de bochornos. Mañana me acompaña, le dijo un día el viejo a la mujer. Ella asintió, mostrando apenas los blancuzcos colmillos que sobresalían entre sus labios. Mañana nos vamos, si le parece bien. La negra sonrisa de la visitante brilló con intensidad. Sus salvajes ojos se dulcificaron, para quedarse mirando hacía el balcón en un trance suave y somnoliento. Esa noche el viejo pudo dormir tranquilamente. En sus sueños se veía al pie de una palmera canaria cuya sombra se extendía por todo el malecón. Entre sus manos sostenía algo viscoso que no alcanzaba a distinguir claramente, pero era cálido, palpitante, como un soplido que daba rítmicos golpecitos. El océano era impenetrable. Los astros se habían ocultado y miles de luciérnagas volaban sobre el lomo de una enorme tortuga blanca. No había abajo ni arriba. Tan sólo él, mirando fijamente algún lugar en la lejanía, escuchando el rasgueo de los cangrejos y el ulular de los cormoranes. En su mano seguía sosteniendo aquel tambor viscoso. Y de pronto, ahí estaba el gato, mirándole de frente. Al principio parecía un felino cualquiera, con el suave pelaje resplandeciendo bajo la luz de luna. Pero de pronto, sus ojos eran los de un niño, y su hocico decía algunas palabras que el viejo no entendía. El gato saltaba y ondeaba entre la marea. Sus patas se trasformaban en olas, y las olas en unas manitas regordetas que lo abrazaban por las piernas. El viejo observaba todo y no necesitaba entender lo que ahí pasaba porque ya lo sabía. Lo había vivido hace años. El gato aquí, el gato allá. El niño ríe, el niño llora. La luna sube, la luna cae. Sin más, todo se tiñó de un púrpura brillante y se fue desvaneciendo poco a poco hasta que tan sólo quedó un olor salado y el silencio.

A la mañana siguiente, la mujer estaba sentada en el comedor, devorando alegremente una especie de jamoncillo verde que el viejo nunca antes había visto. Al centro de la mesa había un festín barroco de lagartijas y más sauros enfrascados en salmuera. El viejo se sentía engañado, no por el singular desayuno, sino por la visión de ver a la mujer comiendo, como un animal salvaje, disfrutando de cada bocado. Apenado, se dispuso a acompañarla. Metió su mano en uno de los frascos y sacó un reptil pequeño que inmediatamente se zampó de un bocado. La consistencia del bicho era dura, como un cuero mal curtido. El viejo intentaba masticar aquel bolo de pellejos, no obstante, el asco le provocaba arcadas. A la mujer no parecía molestarle, pero al viejo no sólo le enfurecía, le entristecía. ¿Qué había sido de él? ¿Qué pecados pagaba? Ahí estaba, decrépito, ante la mujer más hermosa que jamás había visto, despidiendo un olor a herrumbre, moviéndose como un cigoñal roto. Con que no salga con lo del gato, pensaba. Con que no salga con aquello porque no respondo. Soy repugnante y puedo ser grosero. Que no lo mencione porque escupo en la mesa y me retiro. ¡Lo juro! Sin embargo, los primeros rayos de sol comenzaron a relucir en el amanecer.

La ventana que daba al balcón arrastraba el parloteo de los canarios que se escuchaban a lo lejos. Un papagayo voló alto y el lloriqueo de un crío ensordeció toda la calle. La mujer observaba, maravillada. El viejo sintió lástima por su acompañante. Demasiado taciturna, desértica. ¿Cómo habría sido su vida? ¿Quién la habría amado? ¿Cómo peinaba esos cabellos tan largos y ensortijados? La mujer siguió mirando al horizonte, y por un momento, el viejo pensó que ella había cedido. No había obtenido respuesta, así que no seguiría preguntando. Ahí, sentados sobre dos sillas desvencijadas, enclaustrados en un anticuado departamento, eran cómplices de un juego que sólo ellos dos conocían. Y ese juego había acabado. El secreto sería ruido. La rutina volvería.

De pronto, la mujer se levantó y sus cabellos apresaron al viejo en una especie de burbuja ribereña. Era como estar en un útero, seguro, alejado de todo. Era perfecto, tibio. La resonancia del agua era arrulladora. El viejo volvería a ser una célula primaria. Nacería de nuevo. El tiempo se desdoblaría. Su cuerpo avejentado resurgiría frondoso y suave. Ya faltaba poco. Ahí culminaba toda una vida de incertidumbres y tanteos. Había pasado todo. El ciclo se repetiría, como el agua que regresa al mar y desborda su cauce, se convierte en alga, se convierte en pez. Todo era aliento de vida. Ya el viejo se veía flotando en el vientre eterno, descansando en paz. Sin embargo, una carcajada melodiosa interrumpió el trance. Una voz, suave, como si miles de campanas titilaran, preguntó: «Pero, José, ¿quién era el gato?»

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4 thoughts on “Completo Camagüey

  1. Excelente historia, me gusto, me atrapó, sus graves poéticas son agradables. Creo que la intriga de que fue del gato es sencillamente la parte que todo cuento guarda para el autor.

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