Con la frente en alto

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No sabía qué era ser feminista, pero recordaba todo aquello a lo que los demás llamaban feminista y yo no quería ser eso.

Un día, mi muro de Facebook se pintó de morado. De la nada, empezaron a aparecer más y más publicaciones que presumían los mismos colores y compartían las mismas frases acomodadas diferente. No importaba cuánto deslizara hacia abajo, el mensaje era parecido entre fotografía y fotografía: un movimiento comenzaba a filtrarse desde las calles hasta las redes sociales y las tomaba como su nuevo escenario de acción.

Sucedió a principios del año pasado, cuando el COVID-19 solo era ese virus chino del que apenas pasaban noticias en televisión. Para entonces, la década comenzaba como una llegada al futuro, un veinte veinte que prometía ser para todos todo menos una pandemia. Para el feminismo ocurría lo mismo; no era un movimiento nuevo, mucho menos incipiente, pero comenzó a tener una afluencia en medios de la que no había sido testigo hasta el momento. La ola arremetía con fuerza y a mi ciudad alcanzaron las voces de miles de mujeres combativas.

No sabía qué era ser feminista, pero recordaba todo aquello a lo que los demás llamaban feminista y yo no quería ser eso. Aunque me agradaban las causas, no quería que mis compañeros de escuela pensaran en mí como la que rayaba paredes, quebraba ventanas y marchaba con el torso desnudo ondeando banderas. No quería ser “feminazi”, como tantas veces me habían calificado en la preparatoria por no rasurarme las piernas. No quería ser “radical”, porque todo en exceso estaba mal.

Pero a Mexicali llegaron los cantos, las marchas, los brazos alzados con la mano empuñada en un gesto que unía miles de protestas. De repente, el pleito del que sólo escuchábamos desde el centro del país empezó a chismearse por los pasillos de la universidad, volviéndose asunto nuestro cada vez más. España, Chile, Argentina, Ciudad de México, de todos lados llegaban noticias de una marea morada y verde que prometía hacer de marzo un mes que lo cambiaría todo, y sin darnos cuenta, también la noticia empezó a surgir de nosotras.

 Aún entonces fue difícil asentir ante el dilema de ser o no feminista. ¿Qué implicaba serlo? ¿A qué me comprometía si decía que sí? ¿Existía algún ritual de iniciación? ¿Dónde se entregaba la solicitud? No consideraba haber sufrido discriminación por ser mujer alguna vez y mis padres tampoco me exigían lavarle la ropa a mis hermanos por ser la niña, como sabía que le pasaba a algunas amigas. Las mujeres votan, estudian, trabajan igual que un hombre hoy, ¿no? ¿Qué estaban pidiendo las feministas entonces?

Así que lo intenté: marché, canté y alcé el puño junto a cientos de otras mujeres que caminaron por las calles en un 8M, deteniendo el tráfico, deteniendo la cotidianidad, deteniendo el mundo.

No tuve una epifanía o algo por el estilo, no fue cosa de un segundo que lo cambió todo. Ni siquiera fue ese día que me di cuenta de lo que estaba siendo parte. De hecho, me tomó mucho tiempo aprender a pensar sin prejuicios, aprender a ver y a escuchar las similitudes de una realidad que se vive en muchas partes del país y del planeta. Una semana después del ocho de marzo, la vida como la conocíamos terminó: el mito dejó de ser ficción y de un momento a otro, todos estábamos encerrados en la casa. El movimiento cesó, la protesta se calmó, las marchas se borraron; marzo sí fue un mes que lo cambió todo, pero no de la forma que esperábamos.

Por suerte —buena o mala—, ya nos estábamos acostumbrando a vivir alejados desde antes, por lo que la mudanza a la web no resultó tan problemática. El activismo siguió y sigue sucediendo desde ahí, desde el alter-mundo que es Internet y todas sus redes. Es la casa tomada, el nuevo proscenio de lo que sucede, sucedió y está por suceder.

Apenas de esa forma me decidí a leer por mi cuenta para que nadie me lo contara. Vi documentales, escuché testimonios, revisé noticias, miré fotografías, compartí publicaciones de Facebook, me reí y también me puse a pensar con muchos memes, canté y dejé de cantar canciones, tuve charlas con amigas, compañeras, profesoras y también con amigos, compañeros y profesores. Reconocer el feminismo fue un proceso del que requerí cada uno de los pasos, hasta quedarme casa en confinamiento, para darme cuenta de que no se trataba de mí.

Después de esta pandemia, para todos habrá un antes y un después. Algunas cosas se fueron, otras llegaron y muchas se transformaron. Ciertas de ellas hasta las tres cuestiones a la vez. Yo aprendí, como espero que también hayan hecho muchas mujeres, hombres y otras personas por igual, a volverme feminista. A mirar más allá de los límites de mis propias experiencias para entender que un movimiento no se conforma solo por aquellos y aquellas que han sufrido, sino también en gran medida por las y los que deseamos empatizar, simpatizar y entender. A fin de cuentas, es el mismo espacio el que compartimos todos, sea chico o grande, físico o virtual.

Y si alguna vez mis compañeros de la preparatoria llegan a verme rompiendo ventanas, grafiteando monumentos u ondeando banderas frente a sus caras, que sepan que seré radical cuando tenga que serlo, que levantaré mi puño cuando las demás lo hagan y cuando nadie lo haga también, y que si todo eso me hace “feminazi”, entonces portaré el título con la frente en alto.


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One thought on “Con la frente en alto

  1. Hola estimada Priscila, es valiosa tu toma de conciencia, romper con los prejuicios que denostan a las feministas, las critican por ignorancia más que por una posición ideológica. Que no te importe lo que digan es decidido asumirte libremente como una mujer valiente porque lo privadao también es público y la violencia hacia las mujeres es un asunto de todas y todos. ¡Enhorabuena!

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