¿Coronavives?

¿Coronavives?

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Nuestra soledad en el siglo XXI la interpretamos ligada, armonizante con los medios y comodidades actuales. Por lo tanto imagino que la tristeza del pasado era en verdad aguda; a tal grado que el solitario del siglo XIX se sentiría –dentro de la incomunicación-melancolía actual– más acompañado de lo que podría haber estado en su tiempo. Más libre en este enclaustramiento por la pandemia.

Y es que la soledad, ya sea optativa o necesaria, debe canalizarse como suerte de gloria clandestina; independiente de lo que suceda afuera. Por algo los problemas son insufribles cuando no se tiene por quién tolerarlos.

Te han enseñado el caminito limpio y fácil de evitarte a ti mismo.

¿O acaso hoy el silencio –tu silencio– no se expande a partir del paisaje que admiras desde tu ventana, con esa mirada extraviada en nada? Da lo mismo si ves la ciudad desde lo alto o la miseria encapsulada en condominios convertidos en eventuales tumbas donde a ratos se asoman, aburridos, otros muertos-vivos como tú.

Quizás sean los transversos de luz cuando la vida juega a esconderse de ti al recordar los parpadeos de tu jardín; porque los oblicuos de este intento valeroso son el incontenible esfuerzo del ocio creativo llevado al extremo; hasta que al fin uno que otro liberado de tanta mierda logre imaginar el metro –tan molesto todo el año con su peregrinar en ida y vuelta– como acueducto construido en el XIX, que todavía se las da para transportar tus afanes pulverizados en crestas carnavalescas.

Algo digno de verse: tu imaginación hace apenas un mes moribunda y hoy la tienes en opción terapia intensiva. ¿Mañana saldrá en silla de ruedas, a un escenario sin público?

Tú ante la vida, sin apoyos mediáticos.

Eres el mismo; el inconsciente te invita por primera vez a resbalar en la pendiente, porque deseas la claridad, derramarte lejos, donde sea pero en otras circunstancias que recordarías en psicoanálisis.

Pero ten cuidado, porque cuando se perfila la libertad, el consciente suele empuñar el látigo y se marca la espalda con él; mientras el inconsciente toma el mejor vino en la cava del consciente. Nada te separa de ser libre; algo te sigue aislando de la plenitud. En lugar de ver videos estúpidos escarba; por ahí mora todo lo que te sucedió después de que te arrancaran la fantasía y el cordón umbilical.

Esta cuarentena es la única oportunidad que tendrás para ensayar; y es que el personalismo enfermizo se refleja en la sobrevivencia “civilizada” llevada al límite mínimo.

Vaya, sigues indeciso a pesar de tu extraordinaria, eventual liberación ciega; con el cubre-bocas colocado milimétricamente en el centro de tus terrores. Te obstinas en creer que no hay salidas; simples extroversiones estáticas que suelen viajar al permanecer acompañadas en soledad, e introversiones dinámicas que brotaban cuando… ¿perdíamos el tiempo? al observar la cinta de cualquier asfalto huyendo de nosotros hacia otros horizontes.

Sí, es difícil de asimilar e interpretar todo esto; por eso te sientes obligado a voltear hasta absorber, en amarillo pardo, la añeja fetidez de tu propio sudor en cada cuarto de tu casa; penumbra de afiches sin fetichistas; esa mediocridad que te cabalga en la tele y el facebook que Voltaire se sabría de memoria al ir a su cantina; o los jueguitos del celular que dominas tanto a cambio de un crucigrama.

¿Sabes lo que es un crucigrama?; ¿podrías responderlo en relación con ese cuadro amarillento de tus padres recién casados, al lado del comedor? ¿o el de tu hermana a los quince? ¿o ese perro tan querido que no recuerdas cómo se llamaba?

Con este claustro mundial –que tanto hubiera deseado Bukowski cuando trabajaba en la oficina de correos en Los Ángeles– la vida se ríe de ti porque de ciertas comprensiones plurales –el coronavirus– surge a veces una brutal singularidad incomprendida que, repito sin haberlo dicho, muy pocos se atreverán a adoptar y preguntarse: ¿me di por vencido ante el látigo del Poder, o gané sin pelear el meollo de mi? En tu hipócrita actitud de derrotado.

Apúrate a responder, porque antes de la tos o el dolor de garganta, el cansancio se advierte, sobre todo, al inicio y al final de cualquier esclavitud creada por uno mismo.

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