Crónica de la tentativa de una ciudad

Son las cuatro de la tarde, hace un calor latinoamericano en las calles “mitad asfaltadas y mitad pedregosas” de la ciudad. Una chica de contextura delgada y cabello rizado cruza la cebra ante la luz roja de un semáforo que detiene los carros, pero que no logra refrenar las bajas pasiones de los conductores que siempre le sueltan algún piropo o suenan los pitos de sus coches con la estúpida pero al parecer invencible convicción de que ella se suba y se entregue en una escena porno que ni a los peores productores se les podría ocurrir. “Cuestión de rutina” piensa la chica, mientras se derrite en pasos por un sendero que atraviesa un parque en el que algunos jóvenes intercambian ritmos o practican en su skate. En medio del parque logra ver a la persona que la había hecho movilizarse en esa tarde entre piropos y calores, su amigo, con quien había compartido parte de la secundaria y con quien había continuado el contacto aún después de la graduación, que más que la culminación de una etapa, fue para ellos un salto a la indeterminación de no saberse, de no poder conducir sus vidas de acuerdo a sus sueños y tampoco de acuerdo a los mínimos legales que exigía la sociedad. El chico ve llegar a su amiga fiel a un árbol que había escogido como refugio en el sentido más amplio de la palabra, se pone de pie y logra ver que sus rizos y su cara expelían un rocío sudoríparo por el que la tarde sabía brotar con un brillo muy femenino.

—¿Cómo estás?- pregunta él.

—Acalorada, ¿y tú?

—Varado.

Tras los actos protocolarios, se dejan caer en el pasto y bajo la sombra para soltar sus miedos con el ánimo de que tal vez alguno de estos se vuelva raíz y los ligue a la madre tierra para no tener que vérselas con el mundo que empieza donde termina el verdor de los céspedes.  

—Va, suéltate tú primero— dice ella.

Él suspira profundo, y deja entrever el nerviosismo y la indefinición en la inquietud de sus manos que muerden el pasto con hambre asesina, y que sin embargo no logran arrancarlo.

-Hoy madrugué otra vez, sabes que no me molestaría si fuera para salir en pos de algo que me apasione, pero esa pasión no aparece ofertada en los clasificados del diario. Esta vez fui a una refaccionaria y a una cadena de supermercados, en ambas exigían experiencia laboral, y sabes que a duras penas tengo esa experiencia de la que se ufanan los viejos. Entonces salí a caminar, tal vez con la leve esperanza de que mis pasos se encontraran con el azar de un futuro aceptable, tal vez… pero no fue así. Otra vez vi la ciudad destapada, vi el miedo que todos ocultan entre corbatas y faldas largas. Fíjate que un hombre en un carro adinerado le dio un par de monedas a un viejo limpiavidrios en un semáforo, ¡un par de monedas! que buscó entre una billetera tan abultada como para explotar. En los ojos del limpiavidrios se vio la humillación, tanto como para que se dispusiera a darle un discurso sobre la generosidad que no había llegado a oír en escuelas o en iglesias.

—¿Qué le dijo?— inquirió la chica de los rizos.

—Bueno… empezó con un juicio que la mayoría de las veces no requiere comprobarse. “Ustedes los ricos no tienen sentido de la decencia ni de la mesura, creen tenerlo por el hecho de ahorrarse los pesos que se guardan al comprar camisetas básicas y negras, pero lo dejan de lado a la hora de interactuar con lo que hay más allá de los harapos, diría que más bien, son faltos de humanidad.” Entonces el tipo del carro comenzó a acelerar y a decirle al viejo que se fuera, cuando la luz cambió, arrancó rápido y casi rozó con su carro a un sujeto que simplemente le había dicho la verdad. “¡Superficiales!” Gritó “Estoy en un océano de superficiales” y se marchó al otro semáforo a seguir buscando la forma de no sucumbir ante el mundo. Superficiales… eso me dejó pensando – dijo el chico haciendo una pausa.

Entonces la chica habló: —Yo también tuve cuentos en un semáforo, justo en el de antes de llegar al parque, pero bueno, es un asunto ya manejable dentro de lo que cabe. Pero siendo sincera, también fue para mí un día de mierda. Los estudios artísticos no tienen cobertura en universidades públicas, y ya ves tú de dónde voy a sacar dinero para pagarme unas bellas artes en una universidad privada con la demanda que tienen luego los artistas en esta ciudad.

—En todas — añadió su amigo.

— Y de camino hacia acá tuve la misma sensación de siempre, la misma que describen los personajes más bizarros de las obras literarias realistas, la misma que han experimentado un montón de retraídos sociales, la misma de la que siempre hablamos cuando nos juntamos.

— No pertenecer al mundo.

— Sí, esa.

— Pero ponte a mirar tú lo que es el mundo — dijo el chico — ponte a escanear este paisaje, ponte a ver a la gente, no es malo no pertenecer, diría yo.

— Sólo que me da lástima por el mundo,— repusó ella — tal vez no tenga sentido ese dolor porque del otro lado puede no haber nociones de vaciedad, puede haber incluso una sensación triunfal de plenitud, pero tú como yo, como muchos otros, sabemos que vamos hacia una catástrofe.

— Creo que será necesaria, — dijo él — de hecho, que ya está implantada en nuestro genoma social, ya carcome nuestras carnes como un cáncer silencioso, más aún, ya hizo metástasis a nuestra alma.

Al terminar de decirse esto, hubo un silencio consensuado, ese tipo de silencio que las parejas suelen tener cuando en medio de la pelea las verdades fueron dichas,  cuando se dibuja entre los gritos un camino ya trazado que no vale la pena negar y que sólo queda aceptar en silencio, regañados por una verdad inclemente que ellos mismos invocaron en sus necedades. Ese tipo de silencio nació entre los dos amigos, un silencio que tenía al mundo como público en un auditorio urbano. Sí, había humo y risas extrapoladas, había carros y coches, y aviones y silbidos y graznidos de palomas y campanas de iglesia. Pero ambos sabían que esas cosas eran fiel muestra de un alma muda, de un aturdido silencio de lo humano.

El silencio se vio quebrado por una voz femenina.

—¿Habrá salvación?

Su amigo respondió: —Creo que repitiendo la parte de “Ponte a mirar el mundo” ya estamos respondiendo. Mira los ojos de las personas, mira el alma de la urbe, no hay nada, hay vacíos, hay ruido, hoy por hoy las escuelas reproducen más conceptos de los que inculcan, hay más estridencias que música y más actividades que energía, yo creo que podríamos ser el cuerpo de un cocainómano que recibe una línea de coca que pronto le causará un paro cardíaco, creo que ya le metimos la velocidad de crucero al motor que nos lleva directo contra el muro.

— Pero fíjate, — rebatió ella —que siempre ha sido de las catástrofes de donde ha surgido lo mejor de la humanidad, en esos casos es en los que el espíritu se ha reforzado para emerger del desahucio.

— No lo sé. — dudó el chico, mientras daba un vistazo panorámico al paisaje urbano para luego terminar posando una mirada gacha contra el pasto- creo que nunca el humano había tenido tantas voluntades y tantos medios conspirando al tiempo para su propia autodestrucción.

—Encima, es un final muy poco épico — sentenció la chica de los rizos.

— Hubieran podido orquestarse una hecatombe más creativa, una muerte más artística—  secundó él.

— Yo no sé —dijo la chica tras un largo suspiro —creo que vale la pena tener esperanza, es una cuestión de rebeldía.

Justo en ese momento algo se tribuló en el ambiente. Una gran mancha negra emergió del centro del parque absorbiendo a todos y todo lo que había alrededor: ancianas, tipos en traje, ejecutivas, policías, sacerdotes, autos, edificios, buses, humo, fábricas, grasa y gritos. La chica de los rizos y su amigo “el varado” eran testigos de un apocalipsis que comenzó, cómo no, en donde empiezan las apocalipsis: en la ciudad, en su ciudad. La situación era tan bizarra que no era susceptible de ser asimilada, sólo cabía, como es natural ante los espectáculos que nos superan, observar. No hubo incluso lugar a que los dos amigos se cruzaran en una mirada para corroborar que ambos se habían vuelto locos, pues ver una mancha negra comerse al mundo no era cosa de todos los días, no había tiempo ni ánimos de reaccionar, sólo podían ser, sólo podían estar. Al final, de lo último en ingresar a ese vórtice destructivo fue un árbol, el árbol que los cubría del sol, el árbol que es madera, que es lápiz y que es guitarra. Entonces ambos se vieron cubiertos por una oscuridad total, se vieron quietos en una eterna indeterminación que sólo expelía un silencio teñido de lamentación infinita.

Un suspiro y un grito fueron lo que trajo a la chica de los rizos negros de vuelta a la realidad. Estaba en su cuarto, acostada entre un gran mapa de sudor y unas cobijas deshechas y arrugadas. Sólo había sido un sueño, pero afuera la esperaba una realidad mucho más aterradora, una ciudad reacia a ser recopilada en una imaginación o en una crónica, una ciudad que se reía a carcajadas de cualquier tentativa que sus residentes intentaran elucubrar con el impulso de sus mentes.

Sólo un pensamiento se pasó por la mente de la chica: La esperanza de que posterior a la destrucción de todas las cosas pudiera surgir un nuevo ser despojado de todo lo inútil y revestido de todo lo digno de rescatarse que alguna vez se había llamado “humano”. Fue ese pequeño pensamiento el que hizo a la chica salir a la ciudad a esperar un final mucho más artístico, un final al que ella podía contribuir desde la rebeldía que la hacía confiar en la posibilidad de un mejor mañana. Y es que basta un pensamiento para cambiar el mundo o para, al menos, retocar un poco el final al que todos estamos destinados, pues morir a nuestra manera es una forma de ser libres, rehusarnos al silencio es una reafirmación de la esperanza.


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