Crónica de una metafísica familiar

Crónica de una metafísica familiar

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Just looking for a protector
God never reached out in time
There´s love that´s a savior
But that ain´t no love of mine
My love it killing me slowly
Slowly I could die
And when she sleeps
She hears the blues
Sees shades of black and White
Wolf Alice / Silk[1]

De los últimos días de octubre a los primero de noviembre del 2020

Resistimos lo que era pertinente para la relación. Se puede decir que dilatamos hasta lo que se creía posible. Por eso fue milagroso. Terminó conmigo abruptamente. De trastornado mental es como siempre me concibió. Nunca he objetado, si acaso algunas veces sobre lo que ella tenía que deducir o corregir de mí. Pero lo que siempre me pareció atroz es su violencia verbal sobre los demás. Al traer todo el apartado psíquico y pedagógico de las estancias de tóxicos anónimos, con más de diez años incursionados, lo plasma en todo acto. En fin, se llevó sus objetos de la casa. Yo hasta ahorita no he querido mover nada. Su energía aún me repele. A veces me río sólo de recordar todo lo que alimentaba a la familia y la materia. Sobre todo, en estos meses donde el mundo enclaustrado requiere de un apoyo. Nos teníamos los dos. Pero he de aceptar que fui yo quién hecho a perder lo que teníamos. Al partir la mosha (como le digo de cariño) noté que la conducta de mi padre había cambiado, no para conmigo, sino para él mismo. Se observaba débil, cansado, no estresado, pero sí con incomodidad. Poco a poco va teniendo más malestares: dolor de cabeza, estornudo constante, duerme en todo momento, no come. Yo pensaba que por su misma diabetes e hipertensión le era ya habitual su pesadumbre. Un día de los tantos que iba de mi cuarto al baño, vi que estaba completamente dormido en la silla de la sala, pero en una postura de derrumbe. Le pregunto a mi madre cómo se encontraba. Y bueno, lo inclemente: “Tu padre se enfermo desde que ella se fue”. Obviamente, no desmejoró porque se fuera, sino por lo que dijo antes de irse. Se me olvidó por completo que soy la mimesis de mi padre en la Tierra. Lo omití en la última discusión que tuvimos estando los cuatro. Cada palabra le afectó en demasía y como nunca habla, todo se lo guarda, haciéndole correr más riesgos a su salud. Pero también al empeorar no quería ir a ningún lado que no fuera estar en su casa: los números de los enfermos que después de entrar al hospital y no salir, estigmatizaban el no querer enclaustrase en alguno. Eso era su mayor miedo: no salir de ahí. Optamos por mantenerlo en el hogar hasta que le notara mejoría. Los días transcurren y no hay progreso. Completamente desorientado, con las extremidades hinchadas, es cuando decidimos llamar a la ambulancia (sí, es verdad que se puede reprochar que no hayamos actuado antes, pero estaba empecinado en quedarse, aunque para ser sinceros nosotros tampoco queríamos que se fuera. Teníamos pánico por lo que pasaba en el aumento de las defunciones. Pero al verlo desgastado y sin bríos, también estoy seguro que la mosha si hubiera podido advertirlo, en dos, tres patadas lo obligarían que fuésemos, sin chistar). Llegan los paramédicos e inician su revisión: encuentran una encefalopatía urémica, presión baja, falta de aire, y congestión. Lo trasladan a una clínica privada donde sólo se queda una noche.  Al otro día lo llevamos al sanatorio Troncoso que se encuentra a la altura del metro Mixiuhca. Nos es imposible entrar a verlo. Las ordenes son nadie con los pacientes. Ni siquiera mi madre puede estar con él. Es irónico que mi padre sea quién haya sucumbido en vez de la ama (ella adolece de uno de los pulmones por años de trabajo en máquinas de distribución de maíz nixtamalizado. También trabajé algunos años junto a ella y mi hermano mayor. Veía la impresionante actividad que daba mi madre a la labor. Ella hacía lo que un hombre a la par de la manufactura de los productos). Pero el apa, siempre fue muy despistado y nunca tomó muy enserio lo del virus, pero después del trágico día con quién fue su nuera, eso desembocó en una vulnerabilidad que lo puso en peligro.

Los días pasan y mi ama es quién los primeros días va y viene para dejar papeles que le solicitan, pero después es prácticamente aislado para darle mejor atención. Lo cambian de cuarto y de zona. Los días que pasan son de tan sólo llamadas que nos comunican su estado: “muy grave”, “muy delicado”, “en riesgo”, “no come”, “muy débil”. Todos son malos diagnósticos. Lo temible se hace saber: lo dan positivo para Covid.

A mi madre la veo cansada, ojerosa, triste, llora en todo momento, pero no suelta su biblia. La lleva a todos lados. A veces apaga la televisión y se enfoca en sólo sus sagrados textos. Lee y lee para entablar una relación con la materia espiritual que la provea de la bastedad por la que la razón no consigue en esos ámbitos. Su guerra es de rodillas. Un día de los tantos malos mensajes que nos notifican, nos aconsejan que le escribamos unas cartas. No estoy muy seguro ahora de lo que le escribí. En tanto que fue a mano y no saque copia. Y se la redacte de un día para otro. Pero lo que sí tengo en mí memoria es que le pedí que ahora estando solo en su cama, la que no era su aposento habitual, tenía y debía de crear lo que nunca pensó ser capaz de concebir. Intentar lo impensable para salir airoso. Someterse al sentido más inhóspito para colindar con lo extraordinario. Es cierto que hay mucho dolor, pero que de otra forma no podría darse. Es así como requiere el acontecimiento propinarse: de un proceder implacable. Tenia mucho tiempo que no escribía a mano: fue muy tierno y a la vez muy estentóreo. Creo que también aquello que le transcribí me lo decía a mí: como regaño, como advertencia, como para darme cuenta que las singularidades de las áreas no estaban de un lado, sino de ambos. Las distancias les dan extensión a las fuerzas imperceptibles.

Desde el mundo de los posibles, la línea del futuro de su ausencia me atacaba complicando mí mentalidad. Me quebraba. No quería que fuese así. Uno se vuelve tan terco y obstinado que puede volcarse al rencor con la vida. Pidiendo caprichos sólo por egoísmo tenaz.

En estos días, es cuando también comienzo a rezar. Desde los aposentos de mis defectos, mis vicios, mis errores, mis colapsos, no me importó cómo me presentaba ante lo Supremo. Quería que me viera y platicar con él. Pero también debía ser franco, aún más. Hace algunos meses atrás, ya con la pandemia en su cúspide y yo estando bien en mi relación, tuve la noticia de un fallecimiento. Mi profesor de artes marciales, que me enseñó lo que en algún momento me diera de comer, y que me adiestro en el deporte castrense lo que fue mi infancia, parte de mi adolescencia y mi adultez, había fenecido por una neumonía. Con el profesor siempre tuve una afrenta personal. Después de años de no verlo y enterarme que ya no estaba en la Tierra, me hizo sentir alivio y alegría en malicia. Goce y disfrute que haya partido. Por cada uno de los desplantes, de los regaños, de los ataques por los que pase, sentía que era mi recompensa por todos los años de soslayo y desmerecimiento. Le platiqué a la mosha que no dudo que con sus demás alumnos haya obtenido victorias, pero conmigo perdió. Lo detestaba como persona, incluso demeritaba su actuar como profesor ante mí. Sentado en mi escritorio recordé aquello, y fue cuando me desmoroné. No sé si eran casualidades, si era karmico, si la vida, si la muerte o qué sé yo. Pero de que fue letal saberme superado por mi pensamiento y la nueva consumación de su muerte lo fue. Ahora sólo lloraba. No se puede decir nada ante lo indiscutible. Las lagrimas eran mi perdón y mi pena por saberme evidenciado ante el porvenir. Antes quizá los litros y litros de alcohol hubiesen ayudado, pero al ya saber que mi adicción es sólo un evasor, prefiero mejor llorar. También debo valorar que al apreciar ese proceder lo hacía muy seguido la mosha (el llorar). Me di por conservar esa restitución. Es cierto que es un acontecer que en el acto no sabemos lo que provoca. Ignoramos que nos hace un favor: nos subleva.

La casa está absorbida por mucho silencio, me es imposible pensar que en un futuro estará así. Por lo que me he dado a la tarea de que cuando llegue ese día sea de la mejor manera y no con dolor o rencor. Lo primero que quiero hacer es no odiar a la mosha, no darle la culpa por lo que provocó en mi padre, en no achacarle lo que gestionó. Porque muchas veces sentí lo que mi procreador sintió y con la misma persona. La mosha es capaz de construir y destruir con tal furia que por eso la amo. Aún sabiendo los riesgos que eso lleva.

13 de noviembre.

 Después de todo le otorgan una prealta. Respondió muy bien a lo que le proporcionaron. Aunque nunca dejó de quejarse, dice que hay mucha falta de personal. Que se encontraba casi como en prisión. Llegó muy débil después de tanto tiempo de estar acostado, a sus músculos le costaban responder al movimiento. Ya con el paso de las horas se sentía mejor en su andar. Pero su debilidad es aún de consideración por lo que hicimos una alteración de emplazamiento a los muebles del hogar. Una de las camas de su vástago se acomodó en la sala. Quedo perfecta. Con anterioridad ya habíamos hecho algo similar, pues se había accidentado su pierna y su aposento fue ubicado ahí mismo. Ahora la cuestión es mantenerlo aislado y con higiene. El doctor comenta que de eso depende mucho de que avance. La casa ha mutado más policlínica. Verlo en su cama, descansando, comiendo, platicando, después de días de ausencia hace que el mundo tome un sentido distinto. No quiero encajarme en el tormento de reprocharle a ella cuando vuelva a verla. No deseo guardármelo y tener consecuencias. Ahora lo que nos ocupará es el bienestar del jefe de la familia. Seguimos todo con estricta cautela para poderlo asistir. Mientras él ya anda pensado en comprarle una televisión a su nieta.


[1] “Buscando a un protector / Dios nunca llegó a tiempo / Hay un amor que te salva / Pero ese amor no me pertenece / Mi amor me mata lentamente / tan lento que podría morir / Y cuando ella duerme / Ve sombras en blanco y negro”.
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