Columnas Contrapuntos entre Alfonso Reyes y Chabelo 

De Chabelos y Chabelas

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¿Quién diría que, en la cosmovisión popular del mexicano, Chabelo sería la vara con la que medimos el tiempo? En la línea del tiempo imaginaria, antes de Chabelo sólo están los personajes que aparecen en los viacrucis de Semana Santa. Y eso a pesar de los esfuerzos del discurso oficial. Desde 2018 se intentó difundir por todos los medios posibles la teleología de los cuatro momentos clave en la historia del país: Independencia, Reforma, Revolución y 4T. Independientemente del partido político al que le vayas (si es que le vas a alguno), el cuento de las transformaciones tiene el mismo encanto de la clase de Historia que en la secundaria hacía dormir a todos. Es decir, nadie lo pela mucho. Pero Chabelo se ha vuelto el punto de comparación para concebir un antes y un después. Aunque su memetización no posee la dureza del dato histórico (porque no es necesario), su imagen de eternidad es, paradójicamente, el recordatorio del paso del tiempo.

Chabelo le ganó a Isabel II.

Primero. Los memes vs las condolencias. Todos fueron testigos de la polémica: por un lado, veíamos periodistas y usuarios que expresaban con respeto su dolor ante la pérdida de la monarca, por el otro, burlas donde se revelaba la incoherencia de que un habitante de Latinoamérica se viera afectado emocionalmente por una figura pública que realmente no se vincula de ningún modo con nuestra identidad sociopolítica ¿Por qué existió tal polarización? ¿Qué factores de la industria mediática mueven a algunos consumidores a sentirse afectados emocionalmente por el deceso de una reina que no se vincula con su experiencia directa de la realidad?

La respuesta, claro, se encuentra en el aparato de mercancías culturales con las que el mundo anglosajón bombardea diariamente al globo. Para el latinoamericano (y para muchos otros), la Reina era un personaje entrañable de las series televisivas. A veces héroe, a veces villano, por momentos la admiramos, en otros sentimos reserva. A diferencia de relatos de antaño, las nuevas narrativas nos mostraban a la nobleza más humana. Disfrazaban su carácter propagandístico con la fachada de denuncia. No era, como en el siglo XIX, una Reina Victoria inalcanzable, mucho menos una virgen sentada apenas un escalón debajo de Dios como Isabel I.

La Isabel reloaded tuvo su propia telenovela cuando la controversia de Diana, sentía cosas como nosotros. Aunque no trabajaba con las manos, la mantenían los impuestos y uno de sus tenedores tenía más el valor que todas nuestras posesiones juntas, sí sufría como tú o como yo, era esclava de su circunstancia. Y eso nos conmueve. Para el no-inglés, es la protagonista de una ficción donde se desmienten las fantasías de princesas –curiosamente promovidas por la misma industria– bajo un pretendido realismo.

Ignoro si los británicos sintieron consuelo por las entregadísimas lágrimas de los latinoamericanos, si les ofendió como cuando a los escoceses les irrita que los extranjeros se pongan un kilt, o si les fue completamente indiferente. Me inclino más por la última opción, como ese meme que ilustra con brillante eficacia el problema de identidad:

Lo que sí me queda claro es que nuestra vivencia ante los hechos noticiosos es siempre un contrapunto. Éste es el segundo punto.

Segundo. Nuestra cultura de masas siempre es la de un ellos vs nosotros. Al menos en México (probablemente en toda Latinoamérica), nuestra vida es construida como una copia de la vida del anglosajón. Por suerte, esto no sucede en todas las esferas de la cultura, pero sí en las del día a día. Es decir, la vida del mexicano como aparece en los medios de comunicación masiva va siempre un paso atrás de la pauta que marcan los medios anglosajones: si Johnny Depp busca revindicar su masculinidad reconociéndose frágil, entonces Alfredo Adame se vuelve consciente de su toxicidad. Si allá hay una Chabela inmortal, acá hay uno más inmortal. Si allá apoyan a Ucrania porque Putin es enemigo Number 1, acá vamos a apoyar a Ucrania porque pobrecitos ucranianos, etc.

Lejos de la apología del nacionalismo y de querer recuperar algún orgullo perdido, lo que me interesa destacar es que, en el paso del allá hacia el acá, los mexicanos agregamos un humor que se funda en identificarnos como inferiores. No se me malinterprete, por favor, tampoco quiero afirmar ese complejo de inferioridad al estilo Laberinto de la soledad. Sólo es interesante observar el fenómeno: allá, los líderes del mundo se muestran ante las cámaras internacionales con la solemnidad más profunda, pues sienten su pérdida como algo real, su luto no les permite pensar en los otros, cuando el tema no es la muerte de la monarca, tampoco importa el otro a no ser que el extranjero sea partícipe de su propia narrativa, como villano o adyuvante. Acá siempre se construye la vida siguiendo el ejemplo anglosajón o intentando alejarse de él: las series mexicanas se empezaron a llamar series porque así lo dicta la industria de allá (aunque todas sigan pareciendo telenovelas), los demás géneros de entretenimiento y de la información también (los realities son excelente ejemplo). Es decir, aquí el punto de referencia no es, como para ellos, uno mismo.

El día que muera Chabelo, el desconcierto será tal que expresaremos el luto con una lluvia de memes. No porque festejemos la muerte con muchos colores, como dicen en Coco y en los panfletos sobre nuestro Día de Muertos. La muerte de Chabelo no será motivo para buscarle algo a nuestras raíces y costumbres y poner altares (eso con Juan Gabriel, no con Chabelo). Con el Señor de la Catafixia la fiesta vendrá del placer que obtenemos al cosificarnos a nosotros mismos.

La imagen con la que ellos medían la historia contemporánea era Isabel II. Nuestra imagen del tiempo es Chabelo I. Eso no es bueno, ni malo; sí divertido, pero sobre todo es un indicador de cómo percibimos nuestra participación en la realidad: en el mapa del tiempo, ellos se conciben sentados en la cúspide de la política internacional, dialogando y compitiendo con las cabezas de la historia, y esa es la idea de sí mismos que promueven a través de su industria del entretenimiento. Dentro del mismo mapa, nosotros nos concebimos por ahí, viendo las cosas. En los memes donde Chabelo aparece junto a figuras históricas no hace nada, es una mera presencia. A veces intercambia algún chiste. Esa es la mirada del mexicano sobre sí mismo: el testigo distraído, el que mira mientras los demás actúan.

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