De cómo reconocer a un cacique de la cultura

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Si bien, como dice Francisco Bacon: “Los hombres que ocupan cargos elevados son siempre esclavos”, en el caso de los que atienden asuntos que tienen que ver hoy con la promoción, divulgación y apoyo a la cultura, son éstos los más pagados de sí mismos. Personalidades a las cuales se les debe tener recelo porque al mismo tiempo que son aborrecibles, son inevitables por dos aspectos en particular, el primero es porque al tener un puesto de poder, es probable que nos toque tratar con ellos o al menos saber de ellos a distancia y segundo, porque somos testigos de cómo alguien puede disfrutar el lado más oscuro de la burocracia después de ser un creador o aplaudido o mediocre por sus intereses mezquinos.

Haré enseguida un listado de aspectos a tomar en cuenta para reconocer a un cacique de la cultura, en especial de aquellos emanados de la expresión literaria para que usted, amable lector, los tenga presentes y no puedan ejercer su funesta influencia con su actuar enmascarado.

  • Tienden a llamar “camarada”, “compañero” o “colega” por igual y con menosprecio a quienes los rodean, atienden, escuchan. Se dan un baño de pueblo pretendiendo ser conscientes de su estatus en la sociedad y en el engranaje de la posible transformación de la misma. Pero miran desde arriba, verticalmente, disfrutando que aquellos que se creen iguales al cacique, se conducen dócilmente ante sus mandatos y manipulaciones.
  • Dicen con benevolencia “te voy a jalar las orejas” a quienes consideran posibles eclipsadores de su majestad todopoderosa. Lo hacen de manera notoria para que quede claro quién es quién delante de los demás. Este escarmiento jocoso (según ellos) es casi siempre una crítica al trabajo del amigo, del alumno o del par. Si encuentran algo digno de señalamiento en la pieza o en la obra del otro, aprovecharán la ocasión para quedar ellos como magníficos profesores de vida. Siempre necesitarán de ningunear a propios y a extraños con sus falsos enciclopedismos, con sus demenciales erudiciones.
  • Proclamarán abiertamente que son defensores del humanismo, a pesar de que cargan con palabras misóginas, actitudes pedantes y menospreciando al que comienza en el arte que ellos creen dominar sin tacha.
  • Si alguien se atreve a olvidar su nombre o no lo sabe, corre el riesgo de ofender al cacique. La plebe y “los que saben” deben tenerlos presentes, con la pluma y un ejemplar entre sus cosas para que cuando se topen, cacique y sujeto, este último le ruegue: maestro (nombre con el que es conocido como autor), fírmeme, por favor.
  • Sueñan con su nombre en letras de oro, se empeñan porque esto suceda en vida. Peligran quienes se interponen en esta meta. Aman hablar de modestia y que los artistas deben ser prudentes en este tema. Les repatea sentirse perseguidos por sus dichos cuando tropiezan con sus propios malos ejemplos.
  • Critican a otros que han sido caciques de la cultura y se desmarcan de ellos. ¡Impensable que ellos puedan ser uno más! Subrayan los vicios y perjuicios cometidos por sus antecesores. Ellos presumen de escapar del canto de las sirenas, aunque huelan a pescado y aunque loen a los que están escalones arriba de ellos.
  • No soportan que alguien les muestre un error cometido, ya sea al ser oradores en un discurso o dentro de un libro con erratas. Atención, si comete el pecado de intentar socializar con él a través de esta forma, corre el riesgo de ser ignorado, y en el peor de los casos, perseguido por él para cerrarle, si está en sus manos, las puertas de los apoyos, becas, “dádivas” que tenga a su encargo. No quiera hacerse el chistoso diciéndole al cacique que le halló un error.
  • Los caciques culturales ponen el pie, enciman la bota, tratan de desaparecer a los cercanos talentosos. Tontos no son, aguantan vara mordiéndose los labios para no vociferar improperios a quienes sienten envidia. Pero cuando ven la oportunidad, clavan el colmillo, muerden duro y no sueltan la presa hasta que la vida se les acaba. Son pitbull´s con feroces mandíbulas. Cuidado también si cae en sus audacias discursivas, hay quienes han quedado caricaturizados para la eternidad por un soneto o por ser convertidos en personajes ridículos en sus obras completas o incompletas.
  • No toleran que alguien se les plante derecho, que hable con carácter y los confronte por su actitud de divas. Con ellos se desencajan, subiéndole los colores al rostro y temblando chocan las rodillas. Optan por hacerse los ofendidos y escapan del lugar arguyendo que, son seres civilizados y racionales que no pueden con la violencia de los infrahumanos soeces.
  • No demuestran con obra su valía, aunque la tengan, aunque la hayan perdido, actúan severos en las sombras, lanzando los dardos de sus esbirros, para que sus enemigos sean fulminados sin que ellos manchen sus manecillas. Crean revistas o instituciones desde las que en vida de ellos y a su muerte, se sigan produciendo líneas filosas como su lengua. Los imitadores del “maestro” recogen las migajas de su instrucción sicaria.
  • Prefieren morir si caen del pedestal en vida, por algún efecto de sus decisiones o si dejaron de ser los consentidos del poderoso en turno al cual besaron como Judas. Procuran dejar vestigios de su odio al poder, aunque crecen a su amparo, reproduciéndose en intrascendente papel de ediciones con cargo al erario público.
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One thought on “De cómo reconocer a un cacique de la cultura

  1. Nada difícil reconocerles, muy difícil mirar los rasgos que interiorizamos y las expresiones que usamos, en ocasiones por inercia.

    ¿Que daño causan a la comprensión, expresión y la cretatividad literarias? ¿Y a las relaciones personales? La pregunta es retórica no espero respuesta, ni sería la mejor continuidad de lo aportdo en la nota Rodrigo (habrá que añadir procesos de socialización).

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