De cuando obligué a Alfonso Reyes a ver un maratón de Harry Potter

De cuando obligué a Alfonso Reyes a ver un maratón de Harry Potter

Read Time:5 Minute, 34 Second

En las semanas pasadas recién me puse al corriente con mi maratón anual de Harry Potter [pospuesto desde noviembre de 2020 porque #MillenialsVSlavidaadulta]. Soy de esa generación que creció leyendo la saga; como muchos (hay que confesarlo), una de mis razones secretas para estudiar literatura fue probar alguna valía en obras como la de J. K. Rowling. En una época de mi vida la defendí a capa y varita, ahora… entiendo sus múltiples inconsistencias y ridiculeces. Pero nadie negará que visualmente (y musicalmente) la saga libro-fílmica posee el encanto de una buena lectura de juventud. 

Viendo El príncipe mestizo [la más chida] me preguntaba qué diría Alfonso Reyes si hubiera presenciado la fiebre anglomágica de principios del siglo XXI. Afortunadamente, el ateneísta escribió una respuesta para todo. Aunque le faltaron cincuenta años de vida para verla, podemos especular echando mano de extensas ideas que dejó por aquí y por allá. Hay algunas líneas que dedicó a Peter Pan de J. M. Barry, útiles también para hablar de Harry Potter: mundos mágicos que apelan a la nostalgia del adolescente (y algún adulto) donde se quita el velo a la vida industrial para revelar un espacio que aún guarda los encantos de un pasado ligado a la naturaleza, todo en tonalidad de lullaby y con revestimiento british de reminiscencias victorianas porque, para el cine de masas, todos tenemos nuestras raíces identitarias clavadas en Londres y las montañas de Escocia (aunque en la pirámide victoriana a un mexicano lo habrían sacado a patadas del pub por sentarse junto a Draco Malfoy).

Mucho hay que decir sobre Harry, por ahora sólo tres comentarios (un defecto, dos cualidades) que proyecto en mi Reyes imaginario si pudiera invocarlo y arrastrarlo a 19 horas de monitos voladores: 1) si ahorráramos el sentimentalismo adolescente, podría reducirse a una trilogía y resolver las inconsistencias por las que fuerza a las pequeñas aventuras a adaptarse innecesariamente al programa escolar inglés. 2) Coincido con Umberto Eco en que “Harry Potter ha logrado el éxito porque su autora ha sabido volver a poner en escena una serie de situaciones narrativas realmente arquetípicas” (Eco, 340) y, en ese sentido, cumple la función de iniciar a los jóvenes en esquemas narrativos clásicos. Frente a la necesidad de literatura y cine educativos, es útil recurrir a cuentos como Peter Pan, que “pueblan nuestra fantasía infantil con imágenes elegantes de hadas y silfos” (Reyes 1995, 214) [habría que discutir si las hadas y silfos de Harry Potter cumplen con la “elegancia” que el regiomontano apreciaba en Peter Pan]. En la época del horror al best seller bastantes defendieron su utilidad: las Rowlings y los Dan Browns fueron un excelente motor de lectura cuando se temía por la extinción del libro. Aunado a lo anterior, 3) el mundo maravilloso que rodea a Harry y, en particular, el concepto de magia presentado es un muy buen material didáctico para introducir preocupaciones lingüísticas en los lectores. Comentario sorpresa número 4: ¿por qué si tienes la habilidad de invocarme, has decidido utilizarla para hacer un maratón de Harry Potter, cuando en realidad pudimos aprovechar estas 19 horas para hablar de otras cosas?

Extiendo el número 3. Los juegos lingüísticos en la saga de Harry parten de lo chistosito doméstico-escolar y alcanzan el cratilismo. Reyes loaba la “pluma avezada” de J. M. Barrie porque sus trucos verbales cargan un “sentido picaresco”, un rasgo típico de la literatura de amplia divulgación entre los ingleses que encontramos en las hiperbólicas historias de Roald Dahl y el entrañable Paddington de Michael Bond [el mundo será mejor un día, si todos amamos a Paddington agarrados de la mano]. Reyes rastrea este espíritu juguetón en la tradición anglosajona hasta “la misma fábrica de nombres de Shakespeare” (1995, 115) y en Harry es el primer gancho que mantiene nuestra atención: motos voladoras, chocolates animados, trastos que se lavan solos. [¿Hay, por cierto, alguna raíz en la literatura clásica hispanoamericana que anuncie la catafixia de Chabelo?]

De un momento a otro entendemos que aquí la magia no es cosa oculta, mucho menos satánica (como muchos llegaron a afirmar), sino que simplemente reemplaza el papel de la tecnología doméstica en un mundo que se brincó la industrialización masiva porque ya poseía de antemano las herramientas para hacer cómoda la vida de la clase media. De ahí la justificación para hacer de Hogwarts un reflejo de la educación pública, también de ahí el atractivo para las masas y el potencial para volverse la semilla de un fandom, como sucedió.

Pero más allá del enganche inicial, los aprendizajes del puberto hechicero eventualmente recuperan el verdadero sentido de toda ficción que tematiza a la magia. Sea por verdadera erudición de Rowling o (con mayor probabilidad) por pura inercia de la tradición −por el bombardeo textual al que se expone todo inglés desde su infancia− el problema de la palabra y la magia supone una visión del lenguaje por la cual el vocablo está íntimamente ligado a la naturaleza. Decir el verdadero nombre de un objeto permite al mago manipularlo. 

En su resumen sobre la gramática de los clásicos, Alfonso Reyes explica que una de las tres doctrinas lingüísticas de los griegos es aquella vinculada con la naturaleza, donde “Sólo el que descubre el nombre verdadero del objeto ejecuta el acto de nombrar. El que no lo encuentra, emite un vano ruido. En el nombre adecuado se revela la verdadera esencia de la cosa, como en un extracto de sus propiedades” (Reyes, 1997, 68-69). Los latinismos rimbombantes que se inventó Rowling −decía una profesora, “con ayuda de algún manual de etimologías para principiantes”− constituyen las “denominaciones que las cosas traen consigo” (Ibidem). De ahí la insistencia de Hermione en corregir la enunciación para obtener un resultado óptimo en el encantamiento. Conforme los alumnos se especializan en el dominio de la naturaleza, la técnica rebasa la simple emisión fonética y requiere de ellos cierta performatividad que exige habilidades actorales: gesticulación e, incluso, evocación mental de estados anímicos para la correcta ejecución del hechizo (véanse las clases sobre el conjuro de un patronus en El prisionero de Azkaban y La Orden del Fénix).

Aunque tal uso del latín provocó en Reyes un fuerte dolor de cabeza, encontró consuelo en pensarlos como formulaciones infantiles cercanas a la jitanjáfora, y los guiños a la vida académica le dieron cierta esperanza en las nuevas juventudes (ya no tan jóvenes). No quise mostrarle el epílogo para no decepcionarlo.

 

Fuente citada

Eco, Umberto. De la estupidez a la locura. Barcelona: Lumen, 2016.

Reyes, Alfonso. Simpatías y Diferencias. Obras completas. Tomo IV. México: FCE, 1995.

Reyes, Alfonso. La crítica en la Edad Ateniense. Obras completas. Tomo XIII. México: FCE, 1997.

Happy
Happy
67 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
33 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *