Columnas Criticalizando la cultura 

Cuestionarse de la mano de Leonora Carrington

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Adentrarse a un libro puede dejarnos sensaciones, ideas, sentimientos y preguntas. Adentrarse a un libro es descubrir los pensamientos de quien escribe, planteamientos que posiblemente no hemos cuestionado porque los pasamos desapercibidos o tal vez, quizás, nos resulta irrelevante en nuestra cotidianidad. Sin embargo, el ejercicio de la lectura nos sorprende cada que abrimos un libro nuevo, independientemente del género y gustos individuales. Hay libros que nos hacen llorar y otros que nos generan una extraña sensación de alegría; mientras que otros despiertan en nosotros el sentido de justicia o incluso impotencia.

No obstante, la magia siempre está presente en cualquiera de sus formas. Los recovecos de la realidad se pueden alterar a gusto de quien escribe a tal punto de crear un apocalipsis en el que sobreviva un grupo de ancianas adoradoras de la Abeja reina. En una historia que no puede simplificarse en unas cuantas palabras, Leonora Carrington nos abre sus pensamientos en la La trompetilla acústica (2017), un interesante homenaje al surrealismo literario.

Lo primero que plantea Carrington es el lugar en el mundo de las personas ancianas, es decir, el espacio que les pertenece y cómo la adultez puede dar vía libre a apropiarse de ese espacio. Como bien lo menciona su personaje principal: “Para mí, cincuenta años no significan más que un espacio de tiempo pegada en un lugar donde no quiero estar en lo absoluto” (p. 8). La autora comienza por posicionar a su personaje desde una rebeldía que solo da el deseo de moverse, sin importar algo tan relativo como la edad. Sin embargo, refuerza la idea de la edad mencionando que “la gente mayor de siete años o menor de setenta no es de confiar, a menos que sean gatos” (p. 12). Carrington propone un rango de edad en que la persona pierde el sentido de honestidad y de la confianza; de alguna manera, pierden y recuperan. No obstante, logra captar cómo se deshumaniza a la vejez: “la gente a esa edad son como vegetales, ni siquiera son animales” (p. 16).

En ese sentido, teniendo en mente la deshumanización expuesta anteriormente, la autora también asemeja a los adultos con las instituciones, es decir, crea una analogía en la que a los adultos no les gusta la vejez y a las instituciones no les gustan los animales: “A las instituciones no les gustan los animales, creen que los animales son un mal inevitable para propósitos alimenticios. Las instituciones no se permiten de hecho gustar de nada, no tienen tiempo” (p. 18). La misma idea que expone que la vejez es similar a un vegetal, se refuerza en esta última cita.

Ahora bien, Carrington no solo se limita a abordar un solo tema o una sola situación, pues, también cuestiona al lector sobre las razones de su creencia y el por qué adorar a un ser como tal. Carrington procura iniciar el cuestionamiento a partir de la ambivalencia de la “acción mala”: «siempre me ha intrigado que su furibundo y malintencionado Dios se haya vuelto tan popular. El ser humano es muy raro y no pretendo comprender mayor cosa; sin embargo, me pregunto: ¿por qué venerar algo que sólo te envía plagas y matanzas? Y ¿por qué se le echa la culpa a Eva?” (p. 26).

¿Acaso no era malo el asesinato? La escritora manifiesta el descontento ante las irregularidades y la ambivalencia en la creencia de un dios que se popularizó a tal punto de no auto-cuestionarnos por qué existe la hipocresía entre lo que indican los mandamientos y las acciones del antiguo testamento. Además, hace la pregunta eterna de por qué un libro beneficia a un solo órgano y culpa a otro órgano de la salida del paraíso.

Por otro lado, caminando hacia algo más tangible, Carrington expresa el anhelo de acompañarse de manera real, incondicional, entre las personas. Es decir, habla sobre la soledad aún cuando hay personas alrededor, pero ninguna completamente interesada en lo que la otra tiene que decir: “Cuán delicioso sería encontrar unas pocas personas, o siquiera una sola, incondicionalmente emocionada por lo que uno le dice” (p. 48). Es tan valiosa la escucha activa que se vuelve un anhelo luego de haber vivido y hablado al vacío.

Aunque el anhelo no llega a la realidad, la escritora sigue manifestando diferentes sentires a través de su anciana personaje. En ese sentido, hay un punto en el que la decepción se vuelve cotidiana y la convivencia dentro de una sociedad que ha perdido la esencia de la existencia parece no ofrecer más explicación para la vida. Carrington continúa manifestando tantas dudas que es difícil terminar de digerir la anterior cuando ya se entra a la siguiente: “Gente, en efecto, desilusionada de la existencia al punto en que los lazos emocionales se debilitan con el tiempo” (p. 52). Llega un punto en que cualquier relación ya no se sostiene más allá del recuerdo alterado por el sentimentalismo de la ausencia de alguien que sí está.

Algo sí es cierto y es que el tiempo, en cualquier medida que lo percibamos, no se detiene. El crecimiento y el avance pueden ser tan subjetivos como el tiempo, por tanto, la edad no puede ser referente más que de experiencias que cada quien se permitió vivir. Pero hay imágenes igual de horribles, independientemente de la etapa por la que atraviese cada quien. ¿Carrington habla del suicidio?, ¿acaso solo es el suicidio físico la única definición que podemos concebir? Su personaje principal se ve a sí misma muerta: “Me la paso pensando que estoy muerta y que tengo que enterrar mi propio cadáver, lo cual resulta ser de lo más desagradable porque el cuerpo comienza a descomponerse y no sé dónde tengo que llevarlo” (p. 62). Enterramos versiones de nosotros todo el tiempo: unas mueren, otras las asesinan y otras las matamos. Carrington bien puede hablar de cada etapa por la que pasamos en nuestra vida y cómo, a lo largo de ella, las necesidades van cambiando. Mutamos de la necesidad de la compañía física a necesitar la escucha activa, de cuestionar lo aprendido, como la “fe”, a preguntarnos si es correcto todo. Carrington nos toma de la mano a través de un personaje que, independientemente de las limitaciones que le impone la sociedad por su edad, no deja de vivir.


Referencia:

Carrington, L. (2017). La trompetilla mágica. México: Fondo de Cultura Económica.

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