De Luisa y sus libros, de Luisa y sus cuentos

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No sé bien si todos los cuentos de Carnés carezcan de final feliz pero sin duda ilustran cruelmente la realidad.

La Fuga es una librería pequeña y cómoda. Generalmente cuando voy a ella, son contadas las veces, es de noche y la calle se ilumina gracias a las luces que comparten el calor con la banqueta. Tiene, como puertas, dos grandes cristales que dan espacio a una mesa llena de libros; paredes que a duras penas alcanza uno a ver detrás de otra mayor cantidad de libros y un pequeño escritorio en la parte de la izquierda desde donde se vigila, inmóvil, tal escenario.

 La última vez que entré en ella me recibió la misma pregunta que a todos «¿te puedo ayudar en algo?». Confesé que estaba buscando, culpa de una materia de la universidad y una maestra, unos libros sobre la Generación del 27. «En especial —añadí— algo sobre las poetas del 27, las Sinsombrero». Luis, que conoce su librería tan bien como la palma de su mano, se quedó pensativo mientras recorría los libros que ahí habitan. Después de un rato comenzó a buscar en el estante de la derecha: nada. Se rascó un poco la barbilla, sus ojos voltearon a ver la mesa de enfrente y me fue pasando uno que otro libro cuyos títulos ya no recuerdo, pero rechazaba casi inmediatamente. Al cabo de unos segundos me comentó:

—De Carmen Conde no tengo nada, pero tengo algo de Luisa Carnés que no hace mucho se reedito. La verdad es que no es muy conocida, ella, inclusive dentro de la misma generación del 27.

De otro pequeño estante, curiosamente este no era hecho de manera, sacó tres libros: el primero de ellos tenía en la portada la mitad de una bandeja con dulces: Tea Rooms. Mujeres obreras, una de las primeras novelas que escribió; Rosalía, una de las portadas más coloridas que he visto en mucho tiempo y una de sus últimas novelas escritas en el exilio en México; y, por último, un libro un poco más gordo que todos los demás: Trece cuentos.

 

Hablar de la Generación del 27 involucra principalmente a las figuras de Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Luis Cernuda y demás. Pero yo había ido, como lo he dicho antes, gracias a que tiempo atrás me había hecho con unas copias del Libro de María, escrito por Carmen Conde. No sólo ella, sino que me habían introducido una generación que poco a poco ha ido recibiendo el reconocimiento necesario: escritoras como Concha Méndez, María Zambrano, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, entre otras y entre ellas, sin saberlo, a Carnés.

Trece cuentos presenta a su autora a lo largo del tiempo, o no, digámoslo mejor, nos la presenta a través de sus vivencias. El prólogo pinta la figura de sus últimos días en España mientras cruza la frontera francesa por Cataluña para, después, exiliarse en México. Lleva con ella únicamente una cartera de piel adornada con diferentes bordados y colores, en cuyo interior se encuentran sus manuscritos y una que otra carta a nombre de: «Dña. Luisa Caballero». Roberto Bolaño, escritor chileno y exiliado —curiosamente— también en México, escribió alguna vez: «Para el escritor su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria». Y creo que aquí hay un gran ejemplo.

Pero empecemos un poco antes. Luis lo había dicho mejor que yo: a Carnés no se le conoce tanto. Aunque pertenece a la Generación del 27, no fue sino hasta hace poco que empezó a ser reeditada. Nació en Madrid un 3 de enero de 1905, fue hermana mayor de seis. Estudió poco, por no decir bastante, abandonando la escuela a los 11 años de edad. Sin embargo, la experiencia la adquirió trabajando en un taller de sombreros y de mesera en un salón de té, de ahí la inspiración para su novela más conocida Tea Rooms. Mujeres Obreras. Iliana Olmedo, quien se ha dedicado a estudiar la obra de Carnés, lo ilustra mejor:

En el 28 apareció mi primera novela, Natacha, cuya protagonista padece la situación de las obreras fabriles: explotación, abuso, enfermedad. Para el 34 salió mi novela Tea rooms, mujeres obreras, sobre la explotación de las empleadas en los salones de té. En ella quería mostrar la situación de las mujeres de clase baja.

 Lectora de los novelistas rusos —Tolstói y Dostoievski en particular— desarrolló un estilo que ha sido llamado por la crítica «realismo social»; sacando inspiración para sus cuentos de la vida cotidiana, poniendo particular énfasis en las injusticias sociales. Precisamente Elvira Lindo, en un artículo de «El País», escribía sobre sus textos: «Están impregnadas estas narraciones de su compromiso con la República e imbuidas de un notable componente pedagógico, ya que se escriben con el propósito de animar a quienes han de luchar».

Carnés llegó a México, en el año de 1939, tenía 34 años. Similar fue la situación de varios refugiados españoles que encontraron asilo en estas tierras bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Por la misma época se fundó la llamada «Casa España», donde Alfonso Reyes fungió como director, invitando a varios exiliados, me pregunto si acaso llegó a conocer a Carnés. Adaptada a la ciudad, se dedicó a «sobrevivir» haciendo lo que mejor solía hacer: escribiendo. Según Olmedo, Carnés publicó en Letras de México y La Prensa, siendo esta última su principal fuente de ingreso; fue también colaboradora en La Esfera, Crónica, El imparcial, El Sol, Frente rojo, La Raza, La Voz y Mundo obrero, en España y de Crónica, Estampa, El Nacional, Novedades y Romance en México. Firmaba bajo el seudónimo de «Clarita Montes», llegó a ser bastante conocida.

 Luis mencionó su novela Rosalía, escrita y publicada aquí en México, aunque aparentemente también llegó a publicar otra, una «sobre la guerrilla antifranquista, Juan Caballero, en la editorial Atlante», en el año de 1956.

Ojeo el libro, siempre me he preguntado si leer el prólogo ayuda en algo. Recuerdo que en la universidad había quienes me decían que siempre era mejor enfrentarse a la lectura cara a cara, sin necesidad de haber leído algo que te preparase para ella: «leerlo crudo», por así decirlo. Después, comparar tus opiniones con las de ese prólogo, ver qué tan lejos estabas de lo que dicen las otras personas. Pero había quienes, por el contrario, alentaban a la lectura del prólogo, precisamente porque leerlo da una mejor idea del contenido del libro: la vida del autor, sus influencias, sus trabajos anteriores, o quizá, algunas interpretaciones preferidas. Pero en este caso da igual, el prólogo no es mucho, no es crítico, y apenas nos ayuda a conocer algunas cosas de Carnés.

Conforme avanzo las hojas encuentro el primer título, El Tranvía: Sin dudad Carnés sabe manejar bien el humor, esa cierta ironía que hace a una monja perder poco a poco los estribos mientras ve a una joven pareja besarse. Un ir y venir, un cambio de escenas tan sutiles: las manos que recorren el cuerpo de la mujer; la monja que, con sus dedos, comienza a pasar las cuentas de su rosario; los labios que buscan otros labios; los labios que —mudos— comienzan a rezar y la inevitable partida de los amantes que dejan a la monja tan perdida en sí: «turbada hasta el temblor; saca un breviario del bolsillo y comienza a mover muy deprisa los labios, fijos los ojos bobos en las páginas invertidas».

Lo curioso que pasa, no sé si en general con la literatura española, pero al menos sí en esta época, es la fuerte presencia de la naturaleza que hay en ella. Carnés no es la excepción. Pero la forma en que se nos presenta, no es monótona ni complementaria, sino es una naturaleza viva, que actúa. La primera vez que leí, por ejemplo, Los Olivos pensé acaso si su prosa no sería una prosa poética:

Olivos…

Desde el tren, a la luz de la luna de noviembre, son negros, informes. Desde la ventanilla, a la que de vez en cuando salpica la menuda arenilla del camino, espumarajo de la tierra, se los ve ondular. Desde el sucio vidrio del vagón, ojo que mira el campo, ondulan las masas negras de los olivos, sus despeinadas copas cargadas de fruto, que se inclinan pesadamente hacia el suelo helado […] Se adivina, pero no se ve. Bajo la luna y desde el tren que rueda, el olivar ondula con sus copas henchidas, en un abanicar incesante, hacia la máquina que avanza y huye, un abanico negro, interminable, sin principio ni fin.

Poco a poco se nos va poblando el cuento, pero lo importante para Carnés es sentar las bases de este lugar: los olivos terminarán siendo aquel lugar de trabajo, poca paga, jornadas largas que devendrán en una huelga. «Hicimos números, y ni con la mejor voluntad se puede pagar lo que pedís»; la desgana… En cierta forma, ya lo sabemos, ilustra lo cruel del modelo capitalista y, ante la sentencia de «No es lo que queréis pero peor es que la aceituna se pudra en la rama, o se queme en el suelo, sin que nadie la recoja», sólo se lee: «Los hombres callaban».

No sé bien si todos los cuentos de Carnés carezcan de final feliz pero sin duda ilustran cruelmente la realidad. Recuerdo muy bien otro cuento titulado En Casa, donde la premisa es simple: una mujer sale de la cárcel por fin de varios años, a la salida se le ha dado una cartilla que revela su procedencia. Sabe, sin embargo, que esa misma cartilla le ha de cerrar las puertas para el trabajo, para el hogar, para la sociedad. Y una vez fuera del edificio conocemos realmente lo que pasa por su cabeza:

Me había preguntado qué olor tendría el aire recibido de frente, desprendido de los árboles en primavera; qué acento las palabras de los niños, sin que las moldeasen las tapias de un precinto. Muchas cosas imaginé alrededor de mi salida del penal; pero la realidad fue muy distinta: No respiré hondamente al salir de la calle, ni miré a las ramas de los árboles, ni pensé «¡Soy libre!». Me acometió la idea aquella que había sido mi obsesión durante las últimas semanas, la única que habría deseado olvidar: «¿Dónde iré?»

Sin Brújula es otro de los textos que pertenece a esta etapa de Carnés, la de guerra y posguerra. Poco puedo decir de su inspiración salvo que me recuerda a aquello que María José Ferrada, exiliada también, escribió y que encontré exhibido recientemente en La Residencia de Estudiantes de Madrid:

Por las noches cierro los ojos
y siento cómo las olas golpean.
Creo que algo le dicen al barco
Mexique, así se llama.
¿Sabrán eso las olas?
¿Guardará el mar el nombre de
todos los barcos?

Precisamente porque el cuento de Carnés se ambienta en el exilio y en la mar, en un barco que se aleja cada vez más de «casa».

Son fuertes, sin duda, los escenarios de Carnés, pero retratados de una manera hermosa. Aunque la situación que retraten sea, en su mayoría, una metrópolis o un lugar de trabajo, encontramos en ellos naturaleza: ya sean los árboles, los pájaros, el cielo, casi como para no olvidarnos también de que ello existe.

Conforme paso las páginas encuentro los cuentos de temática mexicana: las palabras son las primeras que cambian: zarapes, guayaberas, chuchos, etc. Pero poco cambian los temas: la explotación, la necesidad de aparentar un estilo de vida al que no se es parte; el desamor, pero quizá, siempre sea la necesidad de encontrar un lugar propio, un lugar seguro.

Los últimos cuentos tienden, en especial a este tipo de cuestiones, los de temática internacional. En ellos Carnés habla con voz fuerte, expresando lo que muchxs quisieron en un tiempo, lo que muchxs quieren todavía:

¿Qué importa que aquí, en este momento, los coches se deslicen sobre una calle tranquila y los jóvenes enlacen sus brazos con amor? En algunos lugares los hombres hacen la guerra, y en otros ponen cautivos a quienes quieren impedirla. Impedir que se extienda el incendio que en la tierra no ha dejado de arder, desde que lo encendió la primera mano homicida […]

Y toca a las madres escribir la historia. Esos brazos largos, largos de las madres, que no se cansan de abrazar. No importa que pasen los años. Siempre habrá un niño en los brazos de la madre […] Pero no olvidemos que las madres también hacen la historia.

Cierro el libro. Pienso en aquella tarde saliendo de La Fuga, ¿qué hubiese pasado de haber encontrado el libro que quería? Luis me dijo que la reimpresión era casi nueva, del 2017, son casi cuatro años. ¿En boca de quién viven lxs autores? Recuerdo una vez que Ulalume González de León solía decir que hay autores injustamente relegados a la «categoría de consumo local». Y por más que he tratado de encontrar otro libro de Carnés la búsqueda no ha resultado tanto exitosa. Me preguntó qué tanto pensaba Carnés en su tierra o qué tanto encontró en México algo de ella ¿se pueden comparar tales cosas? Un 8 de marzo, a causa de un accidente automovilístico en la carretera México-Toluca, perdió la vida. Nada de ella sobrevive casi, nada que exista en el acervo del FCE o en las demás librerías mexicanas, casi una ironía.

Escribimos, decía en una columna pasada, para preservar la memoria pero ¿qué tanto se preserva?, ¿qué tanto, también, desaparece?

 

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