De Paquita al Blue Demon: nuestros candidatos

Los asuntos del Estado, y más en nuestras sociedades recientes, son de altísima complejidad, es verdad. Gobernar, a diferencia de hacer política, requiere episteme, requiere mujeres y hombres doctos en múltiples materias para tomar decisiones: no al calor de las pasiones.

Con las elecciones por delante será la cámara baja el termómetro político de la contienda: para la oposición, la última ofensiva previa al final del sexenio; para el presidente, la reafirmación del poderío y la comodidad de un congreso sometido. Ante la desesperación y las circunstancias de un sistema de partidos casi desmantelado, aunado a su crisis de identidad, existe la urgencia de nuestra clase política en el corto plazo para posicionar candidatos competitivos –mediáticos-, en cuya lógica se inserta la necesidad de alejarse del estigma de la “mafia del poder”.

Ante esta tónica, es común que la opinión pública se haga presente mofándose de la realidad de nuestra vida política plagada de los “incompetentes”, “inútiles”, e “ignorantes” que nos gobiernan. Sin embargo, ante un tema como este hay que hilar fino, pues la cuestión no es sencilla, y mucho menos es discusión superada. En el centro de la polémica de nuestros candidatos estará siempre la democracia representativa y las preguntas vinculantes: ¿Quién es digno de representarnos? ¿los mejores? ¿los más inteligentes? ¿los más preparados? ¿cualquiera con voluntad necesaria? ¿Quién represente mejor mis intereses? ¿hay quienes deben excluirse del poder? ¿Quiénes no deberían representarnos?

Los asuntos del Estado, y más en nuestras sociedades recientes, son de altísima complejidad, es verdad. Gobernar, a diferencia de hacer política, requiere episteme, requiere mujeres y hombres doctos en múltiples materias para tomar decisiones: no al calor de las pasiones. Pasa que la democracia no solo exige título en Harvard, sino legitimidad y concordia, garantía de que existe representación de los intereses de los gobernados. De ahí que la visión aristocrática y elitista de la política, que viene desde Platón con el rey filósofo, encuentre su alud cuando hablamos de la representación de una sociedad plural, a la luz de la igualdad, uno de los dos valores fundamentales de la modernidad junto con la libertad. Si restringimos el derecho a ser votado, ¿con qué criterio empezaremos? Si se hacen leyes, ¿únicamente aquellos con estudios en derecho? ¿esa es garantía de eficacia?

Hay que aterrizarlo a la realidad. Cuando pensamos en un poder del Estado, como el legislativo, que sirve de contrapeso fundamental frente a la concentración de poder. Es cierto que la composición de una cámara de advenedizos podría debilitar a un parlamento, incentivar a la fragmentación de intereses y la inoperancia; pero me niego a pensar que únicamente un conjunto de “ilustres” producto de las condiciones de desigualdad estructural de la sociedad ocupen un curul en el congreso. De lo que se trata, pues, es de la especialización del oficio legislativo y político, de que el sistema sea capaz de formar políticos profesionales con identidad. De ser así, ¿qué más da si fue futbolista o es abogado, si tiene más de 20 años siendo legislador?

Volviendo a nuestra realidad, no hay que perder de vista la astucia de nuestros políticos tradicionales, pues se aseguraron un resguardo garantizado en la cámara baja a través de las listas de Representación Proporcional, dejando las arenas de batalla electoral a los candidatos mediáticos y posiblemente competitivos. A fin de cuentas, para los preocupados, hay que tener la certeza de que los asuntos del Estado no están -ni estarán- en las manos de estos candidatos impresentables. La decisión la tienen y la tendrán las élites de siempre, los “doctos” que tanto admiramos, simplemente les dejaron el trabajo sucio a Paquita y a Blue Demon Jr.


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