De un mundo de historias perdidas por cortesía

Despreocupándose de seguir algún canon, quien escribe dejándose engolosinar por el diablo de la desmitificación, deja la ocurrencia y acaricia la genialidad, como se distingue en Ibargüengoitia

Me impregno de Ibargüengoitia y escribo: su mano sigue dibujada en la mesa, su escuálido corazón y sus nalgas inclinándose. Ahí, la mancha de tinta negra continúa de monumento a las cartas con plumilla para ella. Ésa, es la silla que no deja de estar baldada por hacer el amor sobre sus cuatro patas. ¿Qué de esto es verdad?, ¿qué mentira? ¿Qué elementos son resultado de la mímesis personal?

Ruaba otro bien monstruo, muy tapado.

–Este –dijo Andrenio–parece monstruo vergonzante.

–Antes –respondió el Sátiro–es el de la desvergüenza (Gracián, El Criticón, 2ª P., C. IX).

Hay virtudes que pocos que juegan a escribir enarbolan. Jorge Ibargüengoitia se deja en evidencia constante, tuvo una propensión a mezclar lo biográfico con lo ficcioso-artificial. Para el caso de un autor de teatro, crítica, crónica, cuento, novela, y lo que se anexe sobre Jorge Ibargüengoitia, fue capital dejar parte de sus vivencias (y lecturas, nos señalaría Ricardo Garibay), en los interiores de los párrafos, en las entretelas de las frases, en las nervaduras de los diálogos que escribió. Las piezas del cuevanense ilustre son más literarias entre más pistas siembra en nosotros al leerlo, para que las descubramos si nos da la gana y el tiempo, al atender a su biografía, a sus otras obras y a los personajes que no dejan de hablar de él. Muchos de ellos sin haberlo tratado más que a través de la relectura de su legado; Pivol, Villorrio, H. Fernández, River Calderas, y casi todos ellos sin la gracia del maestro, para mi gusto. Guiño, guiño.

Los personajes y los contextos con Ibargüengoitia son traslúcidos en su retrato, cuando la pasión domina, al mostrar una tara social que advierte. Quien escapó de ser ingeniero por obra y gracia de Salvador Novo, tuvo a bien meterse desde la creación dramática a la gran comedia humana que aparecía ante sus ojos. Es una delicia que haga del chisme y de la habladuría el pasaporte a lo íntimo e impreciso de las memorias. En cada pueblo y en cada tiempo habrá un bardo de lo mundano, Jorge fue el suyo. Él mismo se convirtió en su autor favorito, dijo él y repiten sus estudiosos.

[…] a la desvergüenza llamaba galantería, a la deshonestidad buen gusto, la mentira decía que era ingenio […] (Ibid).

Por respeto (hipócrita en su mayoría) a los muertos y a los vivos, la pluma queda seca. La autocensura acude cuando los secretos de familia se nos abren por boca de algún miembro que, ya nada tiene que perder; los acontecimientos que nos exponen como seres sensibles, se esconden tras de la esquiladora y el borrador, si uno lo permite, recurriendo al cambio de nombres, a la descolocación de sitios, a la transferencia a épocas desconocidas. Si la desvergüenza no acude a tiempo, quedan rastros recontraevidentes de identificación de los sucesos. Si la decantación actúa siniestra, se diluye la anécdota, se deslavan los involucrados y pierde proporción y valor lo que se nos entregó, para posiblemente narrarlo con triunfo seguro entre hipotéticos lectores. En otras palabras, por cobardía le damos en el arcano XVI a una historia que valía la pena.

Despreocupándose de seguir algún canon, quien escribe dejándose engolosinar por el diablo de la desmitificación, deja la ocurrencia y acaricia la genialidad, como se distingue en Ibargüengoitia. Rásquele a sus vestigios publicados y hallará a la mujer que le inspiró tantas frustraciones ardientes, a los precursores que lo empujaron a despepitar en contra de su marmórea condición, y por supuesto encontrará los caminos de la tierra y la gente que forjó su carácter pintador de cremas (huevos, para los entendidos). ¿El anterior ejercicio se puede emular encontrando valor en el atrevimiento? Es probable.

Maese Ibargüengoitia hizo de sus propias historias y de la Historia Nacional (la Clío de a huarache), su fuente de inspiración. Agarrar de Mil y una noches a Guanajuato, a la Ciudad de México, a la conjura para la Independencia, a las mismísimas Poquianchis; su trato y su maltrato con Usigli, sus absurdos devaneos con Luisa Josefina Hernández… no cualquiera y con la resultante gracia que da el convertirlo en sátira. Que no comedia, decían que aquél hombrón detestaba el epíteto de humorista que se le colgó y el cual pende aún de su tierno y adusto talante de contraportada con el que ilustran sus libros. No hay maldad en sus retratados ojos, si observa usted adecuadamente, hay malicia. Su travesura era y será la del boy scout que esconde sus intenciones de trickster portándose como la organización manda.

–Maldito seas tú y qué poca vergüenza que tienes.

–Y aun por eso –replicó él–: que quien no tiene vergüenza, todo el mundo es suyo (Ibid).

Método ibargüengoitiano: donde hay buenas maneras, descubra lo anómalo, donde las buenas costumbres encumbran héroes, ponga chile piquín. Ojo, Ibargüengoitia llevó a cabo sus atrevimientos en unos años donde costaba la reputación, el trabajo y en el peor de los casos, el retiro del saludo en los círculos de respeto.

Déjese ser un desvergonzado, abrace su Tezcatlipoca negro, me digo diciéndole desenterrando el espejo humeante de las verdades a medias, como la de que sólo los escritores guapos pueden tener éxito. Guiño, guiño. ¿Cuánto no disfrutaríamos los morbosos si nos aventáramos a relatar lo que saca ámpulas y ampollas a propios y a extraños?

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4 comentarios sobre “De un mundo de historias perdidas por cortesía

  1. Un gran lector y buen escritor, a quien le tengo gran respeto y cariño, tuvo la generosidad de recomendarme a Ibargüengoitia. Y lo cierto es que no termino de agradecerle: es una delicia leer a este gran escritor. ¡Gracias, Rodrigo Araña Sandoval por tu columna!

  2. Sí, la autocensura es un mal bicho difícil de erradicar. Buena columna y recomendación literaria, mucho que aprender de Ibargüengoitia.

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