Del escribir y leer una columna

Preguntarse por la escritura conlleva, inexorablemente, plantearse a la vez otra interrogante: ¿por qué leemos?

Me atañe, ante todo, una cuestión: ¿por qué escribimos?, ¿qué es realmente lo que nos hace acomodar palabra tras palabra para formar una oración? La respuesta inmediata es, claro, para comunicarnos; pero aún detrás de esta respuesta hay algo más: escribir supone también llevar una forma de bitácora, un perpetuar lo vivido. Pero reformulemos un poco la pregunta: ¿por qué escribimos, especialmente, columnas, cuentos o textos que no tienen (o no intentan tener) una relación con lo anteriormente dicho?

Escribir requiere ocio, tiempo libre para aterrizar las ideas. Vivian Abenshushan hablaba ya del ocioso como alguien para quien «la Tierra no es un lugar muerto, reservado a las penurias del trabajo y el desgaste, sino un planeta vivo, palpitante y lleno de misterio»; Freud, por su parte, en su ensayo El poeta de los sueños diurnos, hablaba del escritor como una persona que «sueña despierto», alguien que se atreve a expresar libremente sus deseos. Poco recuerdo, pero leí alguna vez de un escritor español que comenzó en el oficio simplemente porque leyó un libro que no le gustó y se decidió a escribir algo mejor.

Preguntarse por la escritura conlleva, inexorablemente, plantearse a la vez otra interrogante: ¿por qué leemos? Rosario Castellanos —como sucede siempre en esta vida— lo planteó mejor: «Siempre me he preguntado qué es lo que impulsa a una persona en pleno uso de sus facultades mentales, satisfecha de la vida, feliz y equilibrada, a leer». La respuesta no cae muy lejos de lo anterior formulado: «porque […] la página era una especie de remanso tranquilo en el que se reflejaban las formas y permanecían inmutables, ofrecidas a la contemplación, invitando a su desciframiento». Escribir, digámoslo ya, es descifrar, aprehender. Sobre ésta misma línea recuerdo la primera vez que leí un ensayo de Inés Arredondo, La cocina del escritor, cuyo título no puede ser más bello. Arredondo, quien tras la muerte de su segundo hijo, y para «abstraerse», narra: «de pronto me encontré a mí misma escribiendo». Escribir se había convertido en un refugio, un lugar donde, a través de la contemplación, se diera margen a los acontecimientos de la vida: «[E]n cuanto se me presentaba un problema —dice Arredondo— acudía al papel y al lápiz no para solucionarlo, por supuesto, sino para exponérmelo claramente, desde otro punto de vista, y procurar que otros lo entendieran».

Ocurre entonces que pienso ahora en el texto de Salvador Elizondo, uno que leí hace mucho tiempo gracias a una maestra, y me pregunto ¿no es también esa una forma de desplegarse, de verse, desde otro punto de vista, es decir, desde otra perspectiva? Claro, la ironía, ahonda en el texto de Elizondo pero el punto se mantiene: escribir es externar, soltar. Si la memoria no me falla, Arredondo igual mencionaba en otro ensayo que existían dos tipos de escritores: quienes escribían para llamarse a sí mismos escritores (como si el título trajera consigo aires de grandeza), o bien, aquellos quienes sentían una necesidad de hacerlo: escribir para desahogarse, pero sobre todo para encontrarse —¿podemos decir qué toda escritura es íntima?—.

Hay una cita de Montaigne que he citado hasta el hartazgo a lo largo del año pasado y que me parece propio citar una vez más: «No digo lo que dicen los demás, sino para decirme mejor». Y en esto quisiera yo volver a la cuestión de la lectura que, como lo hemos visto, va muy de la mano. Montaigne explica, en cierta manera, lo que Aristóteles en su Poética cuando ve que la raíz de la escritura, de la música, y de otras cosas es el imitar. En este sentido lo que establece es la relación entre lo leído y lo dicho. Creo esto se puede ilustrar un poco mejor con la figura de un poeta al que admiro mucho, Jaime Gil de Biedma; y es que Biedma en uno de sus ensayos escribía: «leemos porque oscuramente pensamos utilizar nuestra lectura para mejor hacernos cargo de lo que ocurre». Pienso entonces —como Elizondo— en mí, al escribir, justamente ahora, ¿no estoy, como lo dice Montaigne, diciendo lo que otros dicen para decirme mejor?, ¿no es este texto una yuxtaposición de lo que he aprendido para, de forma reducida, presentarlo nuevamente? ¿No me respondo a mí mismo escribiendo?

Escribimos en tanto que leemos, en tanto que nos reconocemos en el texto de la otra persona. Escribir/leer es crear un vínculo con el otro, vernos a nosotros mismos desde afuera, pero aún más, es saber perpetuar lo leído, dialogar. Biedma escribía: «El lector es el otro término fundamental de la relación literaria». Arredondo lo definía de manera más precisa al decir: «porque cuando se lee realmente, lo que se hace es dialogar, estar de acuerdo o discrepar con aquel a quien se está leyendo, y después saber formar los puntos de interés» —¿Cuántas veces no hemos escuchado a la gente quejarse con novela en la mano?

Lo cual me lleva de nuevo a la pregunta: ¿por qué escribimos?, ¿por qué, también, leemos? Y quizá, también, ¿por qué leer entonces esta columna? Porque en ambas tareas somos partícipes unx del otrx. Porque somos en tanto que nos leen y somos leídos, porque aprendemos del texto leído que dará, invariablemente, dará luz a otro texto. En ese sentido, este espacio no es diferente a los demás, precisamente por este diálogo que se entabla aquí entre nosotrxs (ustedes porque me están leyendo, y yo porque escribo); porque escribir, al menos en este momento, es también reconocerme en quienes me leen, aprendiendo y aprehendiendo un poquito más de lo que dejo rastro. Es crecer, ser un poquito menos yo para comprender a los demás; querer ser comprendido.

Digamos entonces que La Serpentina es, ante todo, un espacio que busca el diálogo: ser en tanto que es leída. Un espacio que intenta rescatar —mediante la escritura— la memoria de escritores y escritoras no tan conocidxs. Un espacio de ocio, sí, pero también un olvido de lo cotidiano; del «arte» y de otras cuestiones.

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