DEL MITO AL CÓMIC: REPRESENTACIONES DEL UNX

DEL MITO AL CÓMIC: REPRESENTACIONES DEL UNX

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Recientemente en una plática ha surgido un tema con respecto a Las Metamorfosis, del poeta romano Publio Ovidio Nasón (43 a. C. – 17 d. C.), y la forma en la que la mujer se halla retratada en varios de estos mitos. El comentario fue tan breve como un «No me interesa leer eso», el cual me llamó la atención. Pensaba yo que, de alguna manera, por ser una narración ficticia o producto de hace varios años, el trabajo de Ovidio no sería tan relevante para el mundo actual. Sin embargo ¿en qué residía el comentario? No con respecto a la inverosimilitud de los mitos o alguna relación más apegada a la literatura en un sentido académico, sino precisamente en «¿cómo podría interesarle a ella, un texto en donde la mujer siempre se halla violentada, violada, raptada y asesinada».

De vuelta a casa retomé un poco el libro y encontré precisamente eso. No muy avanzada la lectura, después de la creación, Ovidio nos relata el mito de Daphne y Apolo, aquí, al describirse el semblante de Daphne, encontramos que su padre constantemente le reclamaba por un yerno o un hijo:
Muchas veces le dijo su padre: «Un yerno me debes, hija.» Muchas veces le dijo su padre: «Me debes nietos, hija mía.» Ella, que odiaba como un crimen las antorchas nupciales, mostraba su bello rostro teñido de avergonzado rubor y, en los brazos acariciantes decía: «Concédeme, padre mío querido, poder disfrutar de una virginidad perpetua; también a Diana se lo concedió su padre.» Él desde luego atendió a sus ruegos, pero a ti tu mismo atractivo te impide lograr lo que deseas, y tu hermosura se opone a tus anhelos.

Así, ante los ruegos de Daphne por ejercer su autonomía, el destino que le espera es cruel. Apolo se «enamora perdidamente» de ella y la persigue intentando, por todos los medios posibles, que la ninfa le hiciera caso; inclusive llegamos a leer que «con la huida aumentaba su belleza». Sin embargo, aún cuando se «romantice» el relato, hay, sí, una clara distinción entra la visión que tenemos de Apolo y la de Daphne:
El uno parece que va a hacer presa, espera conseguirlo de un momento a otro y con el hocico tendido va rozando las huellas; la otra está en la incertidumbre sobre si estará ya apresada, se arranca de las fauces mismas de su perseguidor y deja atrás el hocico que ya la tocaba; así corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza, ella por el temor.

La historia termina con Daphne pidiendo socorro a los dioses, quienes le cambian de figura pasando a ser un árbol de laurel. Ante ello, la respuesta de Apolo es concreta: el dios le habla así: «Está bien, puesto que ya no puedes ser mi esposa, al menos serás mi árbol».

El segundo ejemplo no se encuentra muy lejos, precisamente al narrar los acontecimientos del padre de Daphne, se habla de Ínaco, quien llorando el desdichado a su hija Io como si la hubiera perdido. Ignora si goza de la vida o si está entre los mares, puesto que por ninguna parte la encuentra, cree que no está en ninguna parte y su corazón angustiado teme siempre algo peor. 

Resulta, pues, que la razón era Júpiter quien tiempo antes la había visto, pretendiéndola. Así, engañándola intentaba que se acercase a ella diciendo: «No huyas de mí». Se nos cuenta entonces que:
Huía ella en efecto; había dejado atrás los prados de Lerna y los campos de Liceo cuajados de árboles, cuando el dios cubrió la tierra en densa y extensa neblina, detuvo la fugitiva y le arrebató la virginidad.

Juno, esposa de Júpiter, se da cuenta de la ausencia de su marido y, conociéndolo va a buscarlo. Entretanto Él había advertido la llegada … de su esposa y había transformado la figura de la Ináquide en una esplendida ternera. El destino de Io está cerrado en este momento, Juno le pide la ternera como regalo y Júpiter se la concede. En algún momento la ninfa logra volver con su padre, pero éste no la reconoce, Io entonces intenta comunicarse con él:
El anciano Ínaco había cogido unas hierbas y se las alargaba; ella lame sus manos, le besa las palmas y no puede contener las lágrimas, e incluso, si las palabras le obedeciesen, le pediría auxilio y le contaría cuál es su nombre y su desgracia. En vez de palabras fueron unas letras que su pata trazó en el polvo las que dieron la triste noticia de su metamorfosis. «¡Ay de mí!», exclamaba su padre Ínaco, y , abrazado a los cuernos y a la cerviz de la blanca novilla que gime, repite: «¡Ay de mí ¿Eres tú, hija, la que yo he buscado por toda la tierra? Menos doloroso era para mí no encontrarte que hallarte así … Y yo, sin saber nada, te preparaba el tálamo y las antorchas de matrimonio, y tuve la esperanza primero de un yerno y después de unos nietos.

En este sentido, ambas mujeres que se nos presentan en el primer libro de Las metamorfosis, incluso Juno quien es engañada por su marido, cumplen con un destino trágico. Aún más, el destino de ellas afecta incluso a sus padres, quienes las buscan, muchas veces, sin encontrarlas. Incluso, en el caso de Io, siempre se tiene la esperanza de que se cumpla el capricho del padre al traer un yerno o nietos a la casa, cosa que habla mucho de la libertad de los personajes femeninos.

Los demás ejemplos siguen la misma línea: Siringe, quien se transforma en una caña para no ser víctima de Pan, Clímene quien, después de confesarle a su hijo Faetón que su padre es el sol, éste lo va a buscar exigiéndole conducir su carro. La hazaña le termina constando la vida pues Júpiter tumba el carro con un rayo y Faetón cae herido. Ovidio entonces nos narra, no tanto la reacción del su padre, sino la de su madre quien:
Después de decir todo lo que había que decir en tan atroz desgracia, abatida, fuera de sí y desgarrándose el pecho recorrió el mundo entero; buscando primero los miembros inertes de su hijo y después sus huesos, encontró al fin los huesos sepultados en la rivera de un río extraño y postrándose en aquel lugar leyó en el mármol el nombre de su hijo que regó de sus lágrimas y calentó con su pecho descubierto. No le lloran menos las Helíades, que ofrecen a la muerte de su hermano el vano obsequio de las lágrimas, y golpeándose los pechos con las manos llaman día y noche a Faetón, que no va a oír sus lastimeras quejas, y que se tienden junto a su sepulcro.

Ahora bien, ¿qué importancia tiene, entonces, el decir esto? Alfonso Reyes definía la mitología como: «el conjunto de leyendas tradicionales en que la imaginación primitiva ha recogido sus nociones, sus sueños y sus experiencias respecto al mundo natural y al mundo sobrenatural». Siendo esto así, podemos decir que de cierta manera la mitología nos ha formado: la antigua Grecia, en especial, es prueba de ello; los héroes no eran más que los retratos a los que el hombre debía de aspirar. Y quizá aquí valga la pena detenernos en esta palabra: hombre, precisamente porque fuera de él, las otras personas no tenían una figura a la cual aspirar, al menos no una que se retratase tanto como la de éste.

Nora McGrevy evidencia una cosa similar en su ensayo (texto en inglés aquí), donde la mayoría de los personajes femeninos eran retratados como monstruos. En este sentido, al igual que Reyes, los comentarios giran en torno al imaginario social que se construye a partir de los mitos, explicando que:
Si bien estas historias pueden parecer fantásticas el día de hoy, para las personas de la antigüedad, reflejaban una realidad «quasi-historica», un pasado olvidado, en donde los humanos vivían al lado de héroes, dioses y lo supernatural.

Lo que se representa a través de esos textos ha sido: el constructo social que ha impuesto a la figura de la mujer, más que la mujer en verdad. Ejemplos hay varios: desde la temida Medusa, quien era «engañosamente» bella, como horrorosa, o bien, personajes como Lamia, las quimeras, las sirenas, las esfinges, así como los monstruos Escila y Caribdis.

Pero volvamos de nuevo a la pregunta: ¿qué importancia tiene esto en la actualidad? En primera instancia para comprender cómo era percibida la realidad en la antigüedad y cómo esa realidad fue moldeando, de alguna manera, ciertos aspectos sociales. No sólo eso, no es difícil de imaginar cómo fueron evolucionando estas figuras o representaciones, hasta llegar a un contexto relativamente actual (cosa que se ha traído en los recientes años a la vista gracias a las diferentes perspectivas con las que se analizan los textos). Lo que quiero decir por esto, recalcar, es que, la relación tan estrecha que existe entre la ficción y la realidad, no es tan estrecha como pensábamos, o mejor aún, que son codependientes: una influye en la otra.

En este sentido también valdría la pena poner más atención a las narrativas de hoy en día y de cómo somos representados. Ello ha dado paso a diferentes espacios, como lo es la Hawkeye Iniciative, que demuestra cómo se verían los superhéroes si se les representase de la misma forma que a los personajes femeninos en los cómics (se puede checar aquí al igual que otro hilo, recopilado en Facebook, que ilustra la misma idea, así como la diferencia entre los personajes femeninos representados por hombres y por mujeres).

La realidad es que muchas veces nos cuestionamos muy poco los espacios en los que habitamos, especialmente cuando somos quienes tiene más privilegios que lxs demás, de ahí que un comentario tan simple como «¿por qué me interesaría leer esto?», lleve a uno a reflexionar muchas cosas, sobre todo cómo algo que retrata un mito tenga una repercusión más amplia de lo que esperamos. La pregunta, incluso, lleva a otra ¿si en la literatura antigua, si en los mitos, no encontráramos simpatía con la figura del héroe, si a éste se despojase de todo su poder y, en vez de ello, nos hallásemos a un ser humano violentado, agredido, asesinado, nos interesaría, a nosotros como hombres, leerlo?

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