Demasiado ruido

—Demasiado ruido —dijo ella, sobresaltada por otra detonación— Despertarán al niño.
—Volvamos al camino —propuso él.
—No todavía —objetó ella—. Recuerda que esperamos visitas. Vieron resplandecer el cielo de oriente. A contraluz se recortaron tres siluetas. Las vieron acercarse, detenerse, atar sus camellos, entrar al pesebre. Traían ofrendas, las depositaron en la cuna. La música estridente que llegaba desde todas partes y las salvas de petardos no los dejaban escucharse.
—Mierda —masculló el más viejo de los tres.
—Vengan con nosotros, la estrella nos guiará —propuso, alzando la voz, el segundo.
—Conocemos un sitio apacible —dijo el tercero—. Será bueno para el niño.

Y allá fueron, seguidos por el pastor y sus cabras. Sonó la primera de doce campanadas. Los grandes de la casa llenaron las copas. Las elevaron en brindis, oyeron gritos, corrieron. Los chicos de la casa contemplaban desolados el pesebre. Llevó un buen rato consolarlos, con explicaciones inventadas y promesas.

Pero las coloridas figuras de plástico “Made in china“, que tanto los hicieran soñar, nunca regresaron.

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