Demasiados pelos en la lengua

Demasiados pelos en la lengua

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El lenguaje inclusivo es un tema candente los últimos días. Algunas personas critican la atención que se le ha dado, abogando que hay asuntos más urgentes que cambiar una o dos letras a las palabras; otras ven en este cambio una relevancia que no puede pasarse por alto. Entre pros, contras y puntos medios, las opiniones salen disparadas en una batalla a la que no se le ve fin próximo. Pero, ¿cómo es que los apuntes en nuestro cuaderno de Español de la primaria quedan en el medio de una discusión lingüística, histórica y de género? La respuesta está en que dudar de esas notas no es sencillo, pero es más necesario de lo que parece. 

Las diferentes formas de escritura que se identifican dentro del lenguaje inclusivo se han popularizado los últimos años, sobre todo con la creciente actividad de grupos feministas y LGBT+ en redes sociales. El uso de la E para hablar o escribir, el arroba, la equis, la diagonal o la terminación entre paréntesis son las grafías más conocidas, aunque existen muchos más métodos y formas de expresión incluyentes. Esto porque la inclusión a través de la lengua no consiste solo en reemplazar algunas letras de todas las palabras, también conlleva un desafío mayor que implica hasta repensar nuestro propio idioma.

Diferentes posturas en cuanto a lo que debe ser la lengua han habido desde que la lengua existe, precisamente porque al ser producto de la interacción entre personas que comparten un tiempo y espacio, no puede evitar modificarse, aunque haya quien esté en contra de ello. En el caso del español, estamos hablando de que su nacimiento se dio hace más de mil años, en la península de un continente que aún no terminaba de ponerse de acuerdo. Y para colmo, poco después se impuso sin compasión en otros territorios, cuestión que atravesó su gramática con el factor de la geografía. No está en discusión lo mucho que se ha transformado a lo largo de la historia, aunque esas transformaciones se han presentado de forma gradual y a través del uso cotidiano.

Y justo por el matiz milenario que tiene su constitución, es que parece difícil aceptar las nuevas variaciones así como así. Es verdad que el idioma se ha erguido como un personaje en sí mismo, teniendo academias y centros de investigación y facultades enteras dedicadas a su estudio. Pero al entender que representa un reflejo del pueblo que lo habla, ¿qué quiere decir que en español predominen las conjugaciones masculinas?

Si bien esto no sucede en otros idiomas como el inglés o el japonés, no es exclusivo del castellano; el francés o el italiano son algunos ejemplos. Estos tres últimos, al compartir el mismo origen romance, también comparten hasta cierto grado el mismo pasado, afirmación que nos lleva a pensar en que, si es verdad que la historia la escriben los ganadores, entonces la han escrito por mucho tiempo los hombres.

Por muchos siglos se relegó a las mujeres a una injusta posición por debajo de los hombres. Eran limitadas, cosificadas y ni siquiera se las tomaba en cuenta para discutir asuntos que les concernían. Si la situación ha cambiado y sigue cambiando día con día, es por aquellas que se dieron cuenta que vivir unas por debajo de otros no contaba del todo como vivir y tomaron cartas en el asunto. Pero ese mismo sistema anticuado de superioridad masculina aún predomina en el habla. Al respecto, Simone de Beauvoir, importante filósofa y escritora feminista del siglo XX, decía: “Sé que el lenguaje corriente está lleno de trampas. Pretende ser universal, pero lleva, de hecho, la marca de los machos que la han elaborado. Refleja sus valores, sus pretensiones, sus prejuicios”.

Quien se escude argumentando que en la generalización masculina —referirse a un grupo conformado no solo por hombres como “ellos”, “todos”, “amigos”, etc., siempre en en masculino— se incluye a todo mundo, es porque no ha reflexionado a fondo lo que esto significa. Cuando hay un hombre en un grupo, aunque sea sólo uno, nuestra gramática exige que usemos la letra O en la terminación. Si por el contrario en un grupo de hombres hay una persona que no lo es, también se nos obliga a usar la O. Hablar de doctores, maestros, ciudadanos… en todas esas categorías la mujer puede o no existir, y si para quien habla tiene la suficiente relevancia, entonces se la referirá de manera específica. Por tanto, las mujeres en el lenguaje existen solo a veces. Y teniendo en cuenta que lo que no se nombra no existe, ¿qué sucede con aquellas personas que no se identifican con ningún género o con ambos?

Al llamado de esta emergencia acude lo que se ha dado a conocer como lenguaje inclusivo, incluyente o de género neutro. No tiene una sola definición como tampoco una sola propuesta de elaboración, pero en general consiste en expresarse de forma que se incluyan a todas las personas independiente de su identidad sexual. Se ha hecho más presente conforme pasan los años y todavía sigue generando polémicas, mas no es una discusión tan nueva como parece; desde inicios del siglo pasado, algunas profesionistas ya expresaban su disconformidad al no sentirse integradas en la generalización masculina de la lengua. Después de la tercera ola feminista, los debates sobre representación y visibilización de un lenguaje hecho por y para hombres tomaron fuerza, y poco a poco se fue dando toda la gama de opciones textuales para la inclusión que circulan al día de hoy.

Es importante tener en cuenta que no hay ni puede haber una sola manera de hacerlo. Habrá quien ya se ha entrenado para usar la E al hablar y/o la equis al escribir, habrá quien se incline por la diagonal o por el paréntesis u opte por indagar en el mar de posibilidades lingüísticas que ofrece la lengua española, con todas sus metáforas, sinónimos y más recursos sin género. Habrá quien prefiera quedarse al margen de su utilización y también es válido. La dificultad de establecer solo una forma de generar lenguaje inclusivo radica en que eso contradeciría su propia naturaleza elástica, que no busca imponerse a nadie.

Sin embargo, muchas de estas estrategias no son aceptadas por instituciones formales como la Real Academia Española. La historia que ha dictado nuestro idioma también le ha dado reglas gramaticales y ortográficas, vocabulario, fonética y demás cosas que forman un conjunto único en cada tierra que lo habla. Modificar estos componentes puede ser complicado y aunque deseemos incluir a todo el mundo en nuestras frases, de repente se generan más dudas que respuestas.

Lo que es definitivo es que la lengua es un sistema abierto y no estático. No está en discusión lo mucho que ha cambiado y tampoco debería estarlo el hecho de que más cambios están por venir, si bien para todo se necesita tiempo, constancia y mucho trabajo de habituación. Las opiniones más comunes oscilan entre considerar el lenguaje incluyente como una destrucción o una renovación, pero es de poca utilidad inclinarse hasta los extremos. Más bien hay que considerarlo como el derecho que siempre hemos tenido todas las personas de ser representadas en el idioma que utilizamos, porque también el idioma es parte de la identidad.

Hay sin fin maneras de escribir, hablar y generar inclusión, y estamos en el umbral de la aparición de muchas más; esto implica una reestructuración no solo lingüística, sino también de pensamiento para quien se atreva a entrar en el reto. Sin duda el español es una lengua muy hermosa, pero atesorarla como a un cachorrito que deseamos nunca crezca no evitará que lo haga. Ya lo hace y muy rápido, y si la dejamos hacerlo, entonces todas, todos y todes creceremos con ella.

 

 

 

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One thought on “Demasiados pelos en la lengua

  1. Hol, es claro que el lenguaje es una construcción social, cada palabra tiene un por qué, un sentido que cada hablante aprende de acuerdo a su lengua. Es entonces que omitir a las otras y otros seres humanos que viven, crean y luchan es una total violencia y discriminación.Corresponde hacer a los y las hablantes hacer valer su derecho linguistico. Y sin pelos en la lengua hay que hacerlo. Enhorabuena Priscila Rosas.

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