Desde algún lugar del mundo que nos olvidó

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Curco hundió su mano en el cabello rosa de Molly, y entre sus dedos se filtraron los cabellos como la luz que penetra el agua y se quiebra, se distorsiona, físicamente se parte en dos. Hizo presión, contrajo apenas con fuerza malsana su rostro hacia el de él para observarle los grandes ojos, para exigirle su mirada, para entrever en aquellas cuevas perdidas en humo de hogueras olvidadas en el tiempo su verdadero rostro. Ella le esquivó hastiada, aburrida del mundo, de sus amigos, de la ciudad ardiendo a sus espaldas y de su amor tan repetitivo. Él le soltó, convencido de su fracaso, y abandonándose de nuevo al espacio vacío de la banca que ambos compartían en el parque. Encendió un cigarrillo y se alejó aún más de ella, sabiendo, desde siempre, que el humo del tabaco la irritaba. Quizá por eso fue que lo encendió justo en aquel momento, para vengar su propio ego maltratado al saber que ella le rechazaba de nuevo. Cómo duele saber que se pierde el control en un juego de dos, cómo cuesta entender que no es uno el que lleva la batuta. Le volteó la mirada cuando ella le recriminaba aquel hecho, lanzándola hacia el suelo, observando los pedazos de maíz que días antes viejitos del barrio habían arrojado a las palomas.

Ya no existían palomas, ni viejitos, ni árboles, sólo una luz de tarde muy enferma, demasiado ligera para mantener vivo el ambiente, plagada de manchas de varios colores; naranja, rojo, violeta, azul. El cielo estaba lleno de agujeros por donde traspasaban aquellos colores que posiblemente provenían del estallido de las nebulosas. Habían pasado dos semanas desde el día en que todos los habitantes de la tierra habían salido del planeta, buscando evitar ser carbonizados por las ondas de choque que llegarían desde la galaxia de Hermes, lugar de encuentro de dos nebulosas que se consumieron entre sí. Las nebulosas, fábricas cosmológicas donde inician su vida las estrellas, tuvieron una cita en aquel lugar remoto de la galaxia, mucho tiempo atrás, dando como resultado un estallido de magnitudes impensables para cualquier persona, estallido que terminaría devorando toda la vida en el planeta tierra, pero que sólo hasta ese día alcanzaba la atmosfera terrestre después de tan largo viaje. El cielo, que desde hacía mucho estaba roto por la destrucción de la capa de Ozono, se encontraba recubierto por unos parches solares parecidos a los de los neumáticos de las bicicletas, para servir de barrera frente a las ondas del sol. Pero desde que la evacuación se había ejecutado todos los parches habían sido desactivados, quedando entonces las grandes fisuras al desnudo, por donde se colaban las visiones más lejanas del universo mismo, además de la corrosiva radiación solar, permitiendo observar a través de los agujeros un espectro de colores apenas comparable al alucinógeno más fuerte.

Molly, arrepentida de su egoísmo, buscó la mano de Curco y él, débil y sin ánimo de seguir peleando, la aceptó arrojando el cigarrillo al piso, acercándose a ella para tomar de nuevo entre sus manos aquel cabello rosa tan brillante. El cielo, enfrente de sus ojos, seguía su propia destrucción. En la ciudad ya no quedaban muchos; las ratas, los criminales y los enfermos, así que el sonido que se había producido hacía mucho tiempo en la galaxia de Hermes, y que doce años después llegaba hasta la tierra, era el único que se oía. ―Una ventana hacia el pasado― le dijo él señalando con sus ojos el panorama inmenso que se imponía frente a ambos. Ella no decía nada, sólo apretaba sus manos al cuerpo de él. «Tengo miedo» dijo ella. —Tranquila, relájate, ya pronto se acabará todo― le respondió él, ahora infectado también de su miedo. Era imposible evitarlo, el temblor en su pierna y la fuerza con que la tomaba a ella lo revelaban. El calor que se colaba por los agujeros de la atmosfera era insoportable, aun siendo de noche, adueñándose de todo lo que tocaba y pulverizándolo al contacto. La ráfaga de luz que venía desde el oriente aun demoraría un poco más en estrellarse con ellos, por lo menos una hora de noche les quedaba. El parque en el que estaban no tenía marcas de niños, ya no abrigaban entre sus juegos a ningún pequeño, únicamente el polvo estelar y la mugre de la misma suciedad de los seres humanos recubría sus lugares.

—¿Recuerdas que tu papá creía que Dios nos iba a salvar? Fue el primero en salir corriendo― le dijo él para romper el silencio. «Era obvio, si salí valiente fue por el lado de mi mamá, hasta el cabello se lo saqué» respondió ella riendo. —Y pensar que después de tanta xenofobia con los marcianos serían ellos los que terminarían recibiéndonos—. «Igual no cambio el estar aquí viendo esto, por toda una vida en una colonia marciana». —Igual, ¿para qué? Terminar siendo como tu papá o el mío no era lo pensado—. «Nacer nunca fue lo pensado, pasó y ya». La noche fue muriendo poco a poco. Los escasos árboles que aún quedaban comenzaron a incendiarse, la carne de ambos empezó a botar ese olorcito a quemado que dejan los asaderos de carne después de un día de trabajo. Ambos habían tomado la droga, el medicamento prohibido que ponía full a la gente por horas, sin dolor, eficaz para un buen suicidio, pero después los chupaba desde adentro, era un sólo viaje; pagaban el tiquete de ida, nunca el de vuelta. Estando plenos, en su propio viaje, no sentían ni un poco el calor que los consumía y que terminaría dejándolos botados en los huesos.

«Con este olor se me antojó un buen pedazo de carne» dijo ella riendo mientras se observaba la mano derretida por el calor. —Yo más bien quisiera un algodón de azúcar. ¿No me regala un poquito?― le dijo Curco lanzándole los dientes al cabello mientras este se consumía por el fuego. Molly rio pensando en las bobadas que siempre decía, y agradeció de forma silenciosa que la muerte llegara de tan buena manera.

Los dos esqueletos quedaron pegados, sentados frente a la hecatombe de asteroides que se degollaban entre sí. El espectro de colores era tal que el personaje que los espiaba desde la sombra de los pocos arboles restantes quedó ciego por un momento antes de ver todo el panorama: ellos, el parque, los árboles y lo demás, convirtiéndose en cenizas. Apretó bien su traje y montó su nave antes de que todo se convirtiera en fuego. Su misión había sido erradicar a todos los seres humanos con la “peste” que hubiesen quedado después de la primera exterminación. La peste fue un invento del Gobierno ―que les hacía creer a los humanos portadores del fenotipo de colores vivos en el cabello― que eran tóxicos y perjudiciales para sus coetáneos y no podían ser evacuados. Una hora antes de que Molly llegara a aquel parque, él y Curco habían tenido una reunión. Curco cambió sus vidas por una caja de cigarrillos. Sin tierra, sin tabaco, sería muy difícil volver a encontrar un producto de esa calidad, así que el hombre que los espiaba aceptó. Ambos habían decidido quedarse porque creían tener la peste, victimas del engaño creado para erradicar la mayor parte de la población y poder comenzar de cero en la colonia marciana. Lástima por ellos, no podía culparse a los marcianos de que fueran cromatofóbicos.

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