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Los artistas han hallado en el arte una forma de oponerse a la opresión y un potenciador de sus duelos internos (que sumados simplemente suelen tender a infinito).

Más allá de todo reduccionismo, el arte es libertad… es la más humana de las libertades de las que afortunadamente se puede tener registro. El acontecimiento metafísico que supone el proceso de creación artística es simplemente un concepto que escapa a toda definición oficial y que sólo puede experimentarse con la percepción subjetiva con la que cuenta cada ser humano, y que termina haciéndolo mucho más humano. Como forma de expresión, el arte es simplemente libertad pura, superando incluso los pesados criterios de estética y belleza que dejan de ser importantes cuando se cubren los ojos pero se abre la mente y el espíritu para experimentar una bella bocanada de indeterminaciones. Así pues, el arte es un agujero de salida para toda sensación, percepción o disgusto que se pueda tener con el mundo, es la forma de prevalecer en el espacio- tiempo aunque se esté a años luz de distancia o a varios metros bajo tierra.

Bien se ha dicho que el arte salva vidas, pues el pensar humano recurre a veces a la uniformidad como forma de control y como sinónimo de facilidad para apaciguar lo indómito que posee nuestra especie. Siendo todos similares, es más fácil estar de acuerdo, y creando estándares nos podemos agrupar más fácilmente en pos de un propósito común que pocas veces puede entreverse por los resquicios de la fantasía. Pero la uniformidad no es más que un sinónimo de esclavitud, y los seres cuya sensibilidad no pudo ser erradicada del todo, terminan por sentirse en contravía con los valores y principios que representa y prolifera el conglomerado de su tiempo: He ahí los artistas. Pues una pisca de sensibilidad y un mundo estandarizado es todo lo que hace falta para que se erija un artista y escape a la realidad desde las siete salidas que el arte brinda, o desde la creación de una nueva movida que probablemente sea odiada pero que termine valorándose mucho tiempo después de su muerte. Si tales requisitos son necesarios para que un artista emerja, podría decirse entonces que el arte será eterno, pues aún si llegara el momento en que todos pensásemos diferente, se podría decir que no estaríamos inmersos en una sociedad, sino en el arte mismo. Esas diversas manifestaciones de rebeldía y esas elevadas formas de pensar han prevalecido durante siglos para impregnar a la humanidad de un legado cultural imposible de aprender, pero accesible de admirar.

Los artistas han hallado en el arte una forma de oponerse a la opresión y un potenciador de sus duelos internos (que sumados simplemente suelen tender a infinito). Al estar aprisionados en una cotidianidad que por sí misma es pesada de llevar, el decir lo que se piensa es un verdadero descanso que muchos han adoptado como forma de vida. Pero a pesar de ser descanso, nunca el arte está circunscrita a ningún facilismo, es un descanso por el hecho de refrescar el alma, pero es un descanso activo, una forma de vida que más se asemeja a un campo de batalla donde vuelan fragmentos de nuestra propia identidad entre piedras arrojadas por los tradicionalistas y cráteres pasados de los que nos hemos arrastrado entre penas, glorias y reinvenciones. Es por eso que a veces el arte se vuelve pesado, porque implica una lucha interna por descubrirse y desenvolverse que pocos pueden asimilar en unas dinámicas sociales que han sido pensadas para no pensarnos, donde todos los días la gente suele perderse en lo que el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, diría es “La baba de la vida”. Recuperarse del fango, es pues, una labor costosa, que implica sacrificios e improperios, que implica resistencia, temple y carácter, elementos que en los grandes artistas siempre se han encontrado en un constante punto de ebullición.

 En contra de los adjetivos calificativos, de las miradas despectivas y de las críticas lanzadas desde las alturas y los estatus… en contra de este némesis es que el arte ha forjado a su ejército de artistas como libertadores del mundo, gente que habiendo concretado su libertad interna, se embarca en la altruista tarea de mostrar el camino a quienes ni siquiera buscan caminar, una tarea sumamente compleja que, al igual que una revolución, cuesta sangre sudor y lágrimas. No en vano han muerto muchos artistas que en su genialidad cargaban con el estandarte de una libertad total pero también con los grilletes de estar adelantados a su tiempo. Los artistas y sus obras han sido fiel muestra de un tributo honorífico hacia nuestra condición humana manifestado en una labor de creación en la que todas nuestras facultades entran en juego, en la que de verdad nos transformamos en esa criatura hecha a imagen y semejanza de los dioses, en la que sí parecemos haber recibido el fuego de Prometeo. Así pues el arte se cunde en una disputa contra las represiones y contra las tiranías, por su mismo significado que nunca puede categorizarse, el arte termina siendo amiga de otra fuerza que representa tantas cosas a veces y a veces no, que no puede resumirse o conceptualizarse: el arte siempre ha sido amiga de los pueblos.

Por su misma magia desconocida, por su misma estrechez con la vida del ser humano, por el hecho de ser la movilizadora de las masas más constante de la historia y de recoger en un poso hirviente las emociones más poderosas del hombre, es que el arte se ha visto amenazada por constantes intentos de conquista, que a pesar de contar con grandes dosis de creatividad, o de malicia, terminan fracasando estrepitosamente por intentar usar lo más liberador del mundo como forma de dominación y lo más indefinible como sello de establecimiento.

Ni los retratos heroicos de los aristócratas, ni los tronos de oro y los palacios de mármol, ni la re-escritura de la biblia, ni la prensa politizada, ni la quema de libros, ni la propaganda o el marketing, ni el cine nazi, ni la canción oficialista de las dictaduras latinoamericanas han sido un esfuerzo victorioso por acabar o aprovecharse del arte para construir una sociedad uniforme y ordenada. Pues como ya se ha dicho, el arte es una amiga constante del pueblo, su rebeldía sólo encuentra un refugio en las desubicadas mentes de los iluminados o en los candentes corazones del gran cuerpo popular que en escasos pero hermosos momentos en que se conjugan los astros, parece tener una razón para existir, y parece tener el suficiente corazón para pasar a la historia como defensor de un propósito verdaderamente humano. Intentar valerse del arte como instrumento de opresión y como sello de oficialismo es por sí mismo una estupidez que contraría toda lógica de la humanidad, porque es al final el canto popular, es al final el panfleto subversivo, es al final la caricatura satírica o la pintura que capta el despertar del pueblo la que termina estacando en el corazón toda forma de represión, de orden y de uniformidad.

Como alguna vez dijo el célebre compositor chileno Víctor Jara: “Ya basta de música que no nos ayuda a vivir, que no dice nada”. Y ese objetivo es la búsqueda que el arte en todas sus manifestaciones se ha fijado para la humanidad, pero que la humanidad no ha terminado por fijarse para sí misma. El arte es la búsqueda por una libertad en la que el hecho de ser humanos signifique un aliciente para emprender este camino por la vida, el arte busca nada más que la verdadera realización humana desde la negación de los estándares y las simplificaciones que nosotros mismos nos hemos impuesto para llevar una vida tranquila. Al final, el arte, montada en algún caballo blanco y llevando en su puño algún reloj que se derrite, busca decirnos que el transcurrir tranquilo de nuestros días no significa vida, que la vida es creación y que debemos buscar la vida. Al final, el arte es vida.