El caso de Rigoberto

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En el piso más ínfimo del complejo urbanístico, a nivel del suelo, existe un laberinto de callejones estrechos iluminados principalmente por luces de neón, rojas, verdes o amarillas, esto dado la falta de luz natural, que ha sido secuestrada por los pisos de niveles superiores. Es en aquel abismal sitio que han logrado encontrar refugio y hogar las personas más desfavorecidas que ha arrojado este mundo.

Obreros, gente de servicio, desempleados, vagabundos, prófugos, perdedores, todos ellos conviven en aquel pozo de eterna iluminación artificial.

El lugar está repleto de diferentes negocios, la mayoría dominados por los que venden alguna clase de comida y por aquellos que son de carácter más ilícito. Pero sin duda los más populares y concurridos son las tabernas, ahí la gente se reúne a todas horas, usualmente antes y después de las jornadas de trabajo, y en algunos casos durante las mismas.

Y es precisamente en “El Sapo”, una de aquellas tabernas, donde se produce una agitación poco común. Un hombre sentado en la barra mueve su tarro de cerveza al son de la música de organillo que suena detrás suyo, y el resto de los parroquianos siguen su ejemplo y corean al mismo compás: “Yohoho, yohoho”.

El sujeto se llama Rigoberto Piezas, y ha invitado ya tres rondas de cerveza a los clientes del local. La inusual muestra de generosidad se debía al enorme pago que recientemente había recibido. Era tan alta la suma, que ahora abandonaría aquel lugar y se situaría en uno de los pisos intermedios, aún lejos del lujo y la ostentación de los primeros pisos, pero al menos durante una fracción de tiempo, la luz del sol iluminaria su nuevo hogar.

Y se preguntara el lector: ¿cómo es que consiguió un pago tan grande, capaz de sacarlo de su miseria? Sencillo, simplemente hizo una venta única. ¿Qué cual fue esa venta? Pues nada más que la de su propia columna vertebral.

Rigoberto, siendo un hombre de treinta y dos años, con buena salud y en perfecta condición física, fue considerado apto para realizar aquella transacción. Y aquel día por la mañana, después de doce horas de ayuno y una intervención de menos de cuatro horas, salió del hospital, sin su columna, con una prótesis de aluminio y un gran número en su cuenta personal.

Ahora mientras festejaba a lo grande en “El Sapo”, un camión levitador cargado con sus pocas pertenencias, se elevaba piso por piso para dejarlas en su nuevo hogar en el piso 152.

La demanda de partes humanas era muy alta. Con las nuevas tecnologías, se hacían trasplantes prácticamente de cualquier cosa y con el mínimo riesgo. No hace falta decir que los mayores clientes de aquellos servicios eran los habitantes de los pisos más altos, aquellos que gozaban de la luz solar sin limitaciones.

Entre ellos había magnates que gracias a aquello habían logrado vivir varias décadas más allá del límite de su propia naturaleza.

Sin embargo, no todo era tan lindo cómo se ha pintado. Por un lado, la demanda de este producto hizo nacer un mercado negro del que no hace falta decir mucho: secuestran gente, los “desmantelan” y ni las uñas dejan sin vender. Debido a la constante competencia, son grupos muy pequeños y de baja influencia en la sociedad, por lo que sus víctimas son pocas, pero como se ha visto con Rigoberto, que con su sola columna fue capaz de cambiar su vida, así mismo, con una sola víctima, se nutre a la organización por bastante tiempo.

Otro de los problemas de este mercado de consumo de partes es la adicción. La gente que se somete a este procedimiento se vuelve adicta; cada nuevo órgano les brinda una nueva vitalidad, hay gente incluso que se trasplanta más órganos de los necesarios. Así que en los pisos superiores es muy común ver monstruos con cuatro columnas, tres brazos, siete dedos, tres o cuatro ojos; y también aquellos que tienen dos estómagos, seis riñones y cuatro pulmones.

Pero eso no sólo es problema de los trasplantados, los “donantes” también entran en un problema de adicción a la venta de su cuerpo, como es el caso de lo que aconteció con Rigoberto, tiempo después de su primera venta.

Tras seis meses, pensó que era poca la luz que entraba a su hogar, así que decidió mudarse unos cincuenta pisos más arriba, por lo que vendió su caja torácica, los hombros y los omóplatos, que también fueron repuestos por prótesis de aluminio. Después quiso una terraza y un vehículo flotador, así que vendió la cadera y las rodillas. Y para no hacer el cuento muy largo, hay que decir que después de tres años, a Rigoberto sólo le quedaban dos piezas orgánicas en el cuerpo, una el cerebro, que es lo único que no se puede vender como trasplante (pero como carne para alimento sí) y su pene, pues en sus propias palabras, “era su orgullo, un don que Dios le dio”. Curiosamente, su caso es demasiado común en la gente en su situación.

Así que este es el resumen de este mundo, donde en lo alto viven los monstruos repletos de apéndices; en medio los seres de aluminio y plástico con penes y vulvas orgánicas; y en lo profundo de todo, entre luces artificiales y aire rancio, los humanos, los auténticos humanos.

 

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