El día que los hielos eternos se despidieron de nosotros

Así es como sucede:
La plataforma de hielo más grande de la Antártida se quiebra
por primera vez después de miles de años
y el mundo aprende a romperse en ángulos distintos.
El sol empieza a girar sobre sí mismo
y los pájaros caen muertos por todas partes,
los confundimos con una lluvia de estrellas y
cometemos el error de pedir un deseo.

Los edificios colapsan sobre sí mismos.
Las madres abrazan a sus hijas muertas que se desangran sobre el pavimento
y sus hijos se tapan los oídos con las manos para sofocar los gritos,
las sirenas, las balas, el metal chocando contra el metal,
el llanto de sus madres deslavando las montañas,
y los estruendos de todos los cristales quebrándose
sobre nuestras cabezas. Todos nos preguntamos
dónde están nuestros padres.

Los hielos eternos empezaron a derretirse
y olvidamos el propósito de su nombre.
La bola de fuego se desvanece de la bóveda celeste
como una bengala y cae la noche que nadie espera.
Me preguntas de dónde salió tanta sangre.
“¿Es más raro que los cuerpos celestes no dejen de moverse nunca
o que el universo huela a frambuesas?” respondo yo.
Sabemos que no volverá a ser de día.

La atmósfera está impregnada de un clima raro
sabor a pólvora. La arena se calienta bajo nuestros pies.
Pilares de luz alumbran la línea costera.
Una niña camina hacia nosotros con un ave entre los dientes.
y el ruido de las explosiones se acerca con ella.
Por favor no me sueltes la mano.
El firmamento se convierte en miles de crisantemos que se derriten
en pétalos líquidos de granate y marfil contra un fondo imposiblemente negro.
¿Así se sentirá descubrir un cometa?
Qué extraño. Todo sigue pareciendo una puesta de sol,
aunque hoy desaparezcan los milagros.

El tiempo deja de sanar y empieza a desplegarse en un espiral.
El firmamento se llena de relámpagos
que florecen de la colisión de cenizas volcánicas.
El sonido del mar renace en nuestras bocas.
Tus ojos se abren con la fuerza expansiva del universo.
Si no eres la luz, cariño, debes ser la prueba de que la luz existe.

Me sostienes la cabeza como si yo también fuera a perderla
y me dices que todo va a estar bien,
pero no sabes que puedo ver en tus ojos borrachos,
cada vez más vidriosos,
el reflejo del maremoto aproximándose

y los meteoritos cayendo

tras de mí.

 

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