El metro a todas horas

3 0
Read Time:4 Minute, 3 Second

El cielo sobre el metro tenía el color de una pantalla de computadora a la que se le hubiera regado la tinta después de un golpe. Midery llevaba una mochila en su regazo, como si fuera un oso de peluche, y escuchaba la lista de los éxitos más recientes en sus minipods. Había juntado las rodillas para que nadie intentara pasear los ojos más allá de los pliegues de su falda. Se había separado de la gente, hacia el fondo, para no sentirse incómoda con el contacto ajeno. Frente a ella, en el mismo vagón, un sujeto scrolleaba frenéticamente sobre una pantalla 3D y una mujer trataba de calmar a su hijo, ofreciéndole un pecho desnudo.

A pesar de la ansiedad que le provocaba el contacto físico (y cualquier otro), le gustaban las personas. En su dormitorio tenía una colección de recortes de revistas, compuesta en su mayor parte por imágenes de gente en situaciones cotidianas del pasado. No guardaban un orden ni un método específico. Se las apropiaba de acuerdo a su estado de ánimo. Disfrutaba, sobre todo, de revolver dentro de las tiendas de antigüedades, en busca de algún ferrocarrilero en huelga o una ama de casa que sostuviera una escoba ante su patio recién barrido. Hechos de un tiempo que no regresaría.

A veces, cuando alguien le interesaba, también gustaba de tomar fotos sin que se dieran cuenta. Poseía una carpeta con miles de retratos. Era lo único que le permitía dormir por las noches: repasarlas hasta el agotamiento, mirarlas sin ningún propósito. Hacía mucho que las drogas prescritas por los médicos no le causaban efecto alguno y debía recurrir a otros métodos para descansar.

El transporte comenzó a disminuir su marcha progresiva. Se encontraban en una de las estaciones elevadas de Tlalpan. Desde su asiento, la chica miraba la ciudad a través de los largos ventanales. Las luces parecían un cielo invertido repleto de estrellas, o un trozo de hulla que de pronto hubiera ardido desde su interior. Luego de una ligera sacudida, el transporte se detuvo por completo y comenzaron a abrirse las puertas.

Midery apagó la música, se puso de pie y se unió al flujo de gente que salía. Afuera, el pasillo, las filas para entrar o salir, los vendedores ambulantes de aplicaciones tecnológicas y dispositivos piratas, los indigentes que se arrastraban sobre mantas sucias o trozos de plástico, las pintas en las paredes, las pláticas sostenidas a través de nanófonos, las escaleras de salida repletas de anuncios brillantes, el oscuro y sucio exterior.

Las estaciones del metro le gustaban casi tanto como coleccionar imágenes de personas, porque estaba segura de que en su interior se concentraban muestras del verdadero rostro de la ciudad.

Sintió alivio de saber que su destino estaba cerca de la estación, le desagradaba caminar sola a lugares alejados, en especial porque a veces necesitaba defenderse y dañar a otros.

Una de las pocas habilidades que nunca le enseñaron: disfrutar el triunfo, el placer en el sufrimiento ajeno. Reconocía esta omisión, gracias a ella podía llevar una vida acaso normal y dedicarse a coleccionar fotos, a conocer las calles, a fingir que no debía hacer entregas.

La dirección de la pantalla retinal nunca se había equivocado y por ello no lo pensó dos veces al llamar en el portón rojo. Esperó un momento y, al poco rato, abrió un hombre anodino. Pareció sorprendido de verla ahí, en la calle solitaria. Midery se limitó a sacar de su mochila el paquete cubierto de papel estraza y entregárselo. Le gustaba el desconcierto que causaba en los clientes, esa extraña desazón, ese oculto miedo ante lo desconocido, y en secreto fotografió al hombre con ayuda de sus minipods. Recibió el pago acordado. Y a continuación, sin despedirse, porque no había motivos para hacerlo, retomó su camino, de vuelta a la estación.

Estaba hecho, el jefe le daría su parte de ganancia, ella volvería a su habitación y el tipo del paquete conseguiría un buen viaje. Todos tendrían lo suyo. Los rieles seguirían transportando vagones de metro y las luces LED, brillando en las farolas. Abrió la foto que acababa de tomar, gracias a sus lentes retinales la imagen apareció solamente en uno de sus ojos. Observó las profundas ojeras del hombre, la mancha de salsa en la camisa, el corte de cabello militar y, entonces, descubrió un detalle medio oculto que no había visto antes, un detalle que la alertó de inmediato y la hizo enviar un mensaje pidiendo ayuda a su jefe. Se trataba de un tatuaje diminuto en el cuello, escondido por la camisa, tan minúsculo que lo hubiera ignorado de no ser porque era el mismo que usaban los policías para identificarse. Poco antes de echarse a correr, en un intento desesperado por huir, entendió que, salvo por una intervención milagrosa, no podría escapar esta vez.

 

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *