El primogénito

No sé por qué seguimos armando este árbol. Es desarmable, con ramas de plástico a las que hay que estar pegando las hojas, y un tronco delgado y marrón oscuro cuya corteza es como un chocolate duro que se deshace en migas no bien lo apretamos entre los dedos. Si seguimos así, algún día sólo quedará visible la base de metal y las ramas desnudas como de otoño. Pero, como todos los últimos años, agarramos la cinta adhesiva y paramos el árbol y luego continuamos como si nada agregando las luces, las guirnaldas y los adornos. Sobre la repisa de la chimenea, que no utilizamos ni siquiera en invierno, ubicamos una corona de plástico, un trineo y un belén de cerámica con las puntas rotas, y un muñeco de Papá Noel que tenemos que dejar medio apoyado contra la pared para que no se note que está decapitado. Terminamos, ahora podemos olvidarnos del asunto hasta el veinticuatro. Observo el resultado conforme. Cada centímetro del árbol está cubierto de adornos rojos y dorados y la cinta adhesiva transparente es invisible para cualquier extraño.

Siguiendo la tradición me pongo a pensar en la edad del árbol. Yo nací un veinte de diciembre y el árbol había sido comprado dos días antes, cuando mis padres se dieron cuenta de que ahora que iban a tener niños era necesario un árbol donde poner los regalos y hacer todo el juego de Papá Noel, hasta que cumpliera los siete años y los compañeros de escuela me revelaran que en realidad todo era invento de los adultos. Obviamente no me acuerdo de nada, pero supongo que ese árbol fue el primero en recibirme en cuanto mis padres me trajeron del sanatorio. Así como lo primero que se hace es mostrar el hermanito menor al hermano mayor, ellos se habrían acercado al árbol sonriendo y el árbol los habría mirado altivo y celoso del nuevo integrante. Creía que yo era el único, habría pensado el árbol. Luego llegarían mis hermanos, pero al árbol no le importaría. Solamente estaría enojado conmigo, con el mayor, por haber venido primero, por haber comenzado toda esta invasión. Así que este árbol viejo sería como una suerte de hermano mayor que nunca tuve, y su vida y la mía estarían entrelazadas de la misma manera que las copas de cristal sin usar, guardadas en un armario, ligadas al matrimonio de
mis padres.

No sé por qué seguimos festejando la Navidad. El veinticuatro haremos lo mismo que siempre hacemos. No somos religiosos, no vamos a misa, aunque, para ser preciso, el árbol tampoco es católico, supuestamente, según una versión de tantas, viene de los nórdicos, del sagrado árbol Yggdrasil, que, como un hereje infiltrado, se fue colando durante la evangelización tomando distintas formas, como cuando los viejos dioses se fueron convirtiendo en santos para escapar de la censura cristiana. Así que en realidad podemos decir que este árbol de plástico está tan fuera de lugar como nosotros.

Los días previos a Nochebuena nos mataremos cocinando aunque nadie más venga, aunque sólo seamos nosotros, los mismos de siempre, jugando a encontrar la cinta adhesiva que sostiene el árbol. Mientras comemos, como no tenemos nada para hablar, miraremos los programas navideños que pasan canciones viejas o rememoran antiguos episodios de la televisión con un par de locutores que grabaron el programa mucho antes de que la gente empezara siquiera a pensar en armar su árbol. Mi madre se irá un rato al cuarto, enojada, luego de quejarse de que somos unos aburridos, de que mi padre no hace más que dormirse y que sólo miramos el celular.

Volverá cuando estemos por salir en el auto, lo único que nos levanta el ánimo. Cruzaremos las calles de luces cálidas observando el interior de las casas de esas familias grandes que festejan como se tiene que festejar con árboles gigantes y nuevos, con guirnaldas brillantes en todos los rincones, con gorros de Papá Noel, con charlas y risas. De sólo verlos, nos sentiremos felices, como si aquella alegría fuera suficiente para reponer la nuestra. Por fin, llegaremos a la costa, caminaremos hasta la arena para observar el cielo salpicado de los primeros fuegos artificiales. Regresaremos después de las doce para repartir los regalos: perfumes, chancletas, protector solar, una toalla y, si estamos de suerte, una agenda. Comeremos el helado aunque ya no tengamos hambre y guardaremos el resto de la montaña de comida para seguir consumiéndola el resto de la semana. Nos iremos a dormir temprano porque ya no habrá nada más que hacer. Contentos porque al día siguiente no habrá que cocinar y sólo nos levantaremos para ir a la playa, aunque todavía quede pendiente la cena de Año Nuevo y, luego, ahí sí, libres por fin de esas costumbres festivas e ineludibles, sólo con el sol y el mar por delante.

Días después, sin esperar siquiera al día de Reyes, una fecha que simplemente ignoramos, volveré a guardar el árbol y, como todos los eneros, a medida que lo voy desarmando le sacaré algún pedazo más. Antes lo hacía pensando que cuanto más roto apareciera más se convencerían mis padres de que había que comprar un árbol nuevo. Pero ahora pienso que el día que finalmente este árbol se vaya, también me tendré que ir yo.

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