El problema de los intelectuales

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Querido lector, a ti, que ya estás leyendo esto, deja que te pregunte una nimiedad, algo que quizá parezca ocioso, un cliché si quieres, pero que no por ello deja de encerrar un trasfondo poco visibilizado; deja que te pregunte: ¿para qué sirve un intelectual en estos días? La primera respuesta que yo daría es la más obvia: para que puedas estar en este momento leyendo este texto, y otros tantos de esta publicación así como de otras tantas publicaciones del mismo corte a las que seas adepto. Pero esa respuesta queda corta, ¿no crees? Y es que en una sociedad como la nuestra, el intelectual se da un valor que no tiene y reniega de la función a la que, creo, debería comprometerse.

Sin embargo, para poder dar respuesta a para qué sirve un intelectual, quizá sería bueno primero desafanarse del mismo y precario concepto de intelectual, puesto que tal nace como un adjetivo al que la cultura lo ha sustantivado, como si cada uno de los que son nombrados, por sí mismos o por otros, fueran la representación metafórica de las cualidades del paradigma que se engloba bajo el adjetivo, convirtiéndose entonces en una marca de segregación, una manera de establecer que ciertos rasgos que todos pueden tener son solamente validos en su conjunto y bajo normas estereotípicas determinadas a partir de los mismos a los que se les nombran como tales. Y, pues, vaya problema, ¿no crees?

Hoy por hoy, vemos a los intelectuales metidos en todo, opinando a diestra y siniestra, generando grupos con otros intelectuales para que sean vistos por más intelectuales, o peor, para llevar el evangelio del intelectual a los que, según ellos, no están dentro de sus mismos círculos. Todo eso me hace recordar una escena de Annie Hall, cuando en la fila del cine un hombre empieza a predicar sus teorías sobre la película a la que entrará y el protagonista, harto de escuchar la retahíla de sinsentidos le hace frente, confrontándolo con el autor, Marshall McLuhan, sobre el que está hablando y con ello mostrando la realidad: el intelectual suele ser sólo un intérprete de las palabras de otro, y como cualquier interprete, puede equivocarse.

Pero lo más grave que encuentro en la figura del intelectual en estos tiempos, no es ni siquiera ese tipo de cosas, puesto que tales han sido una constante desde que el reconocimiento a la labor de dichos grupos empezó a ser parte del panorama social. No, querido lector, lo peor de los intelectuales va más allá del ego y las pretensiones de superioridad que les da el mote que enarbolan, lo peor es que ni siquiera ellos pueden responder para qué sirven. Al menos, hace ya unas cuantas décadas, los intelectuales tenían la función de visibilizar las fallas en los sistemas; su oficio no era el de pensar, sino el de utilizar ese pensamiento para quejarse, para denunciar y provocar en la gente perspectivas que se encaminaran a los cambios. Y ahora los intelectuales están más preocupados por preguntarse si lo que piensan no les entorpecerá en la obtención de una beca o de un puesto en alguna dependencia.

Los intelectuales han vendido sus almas, si es que alguna vez las tuvieron, a los intereses de otros, ya sea el gobierno, a la iniciativa privada o a la fama. Es por ello que en estos tiempos son los más callados. Y es que con todo lo que está pasando, desde un presunto violador como candidato a gobernador, un organizador académico acusado de acoso sistemático, un manejo de recursos a modo desde las grandes compañías para sabotear leyes alimenticias, un presidente que dice falacias como si fueran palabras de verdad inexpugnable, ningún intelectual ha dicho esta boca es mía y tendido argumentos reales, no mediados por los intereses a los que se encuentran atados, o a los que aspiran a atarse.

De ningún modo con esto digo que no haya quienes se expresan, los hay quienes dan su punto de vista en las conversaciones de café y a puerta cerrada, pero cuando se llega a saber algo de lo que dicen en privado, se justifican y excusan de inmediato. Pocos hay que demuestran descontento público, pero evaden la firmeza de su posicionamiento eligiendo las palabras para hacerlo, restando fuerza a su voz, porque ningún intelectual está dispuesto en estos días a meterse en problemas, lo cual constituye una alta traición a aquello de lo que pretenden ser parte.

Estimado lector, eso es lo que hacen los intelectuales en estos tiempos, estar del lado de los espectadores y los predicadores, de los que esperan para ponerse de un lado, y no generan lados, de los que aceptan la segregación reinante para analizarla y retratarla pero no para resolverla, porque hacerlo sería ir en contra de alguien, y no se pueden arriesgar a ello, por eso su compromiso con la sociedad está más que a la deriva, por eso, querido lector, cuando te pregunto para qué sirve un intelectual en estos días, la respuesta más sincera que tú y yo podemos encontrar juntos es la única a la que nos han orillado, porque en estos días un intelectual que no se arriesga no sirve para nada.         

           

           

             

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One thought on “El problema de los intelectuales

  1. Hola José Luis , creo un intelectual mujeres y hombres son los que dicen lo que piensan, argumentan sus tesis, defienden sus ideas, y las comparten, no importa que estén siempre de acuerdo con sus puntos de vista.
    Ser intelectual es ser persona de cuerpo entero sentir, percibir, aprender como ser social. Coincido contigo hay que atreverse y arriesgarse.
    Enhorabuena.

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