El sombrero de Itagaki

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Último Sol acabó desbaratado luego de su lucha contra Itagaki. La gente del staff tuvo que sacarlo del cuadrilátero y traérmelo al taller rodante en dos camillas. Una para la cabeza enmascarada y el torso; la otra para el resto de sus partes.

—No mames, Último, ese pinche japonés se pasó de verga —dije mientras sostenía su mano izquierda que se agitaba como un gigantesco insecto plateado.

—Yo le pedí que lo hiciera —respondió impávido —Hoy era una ocasión especial para mí.

Comprendí a qué se refería. Ese combate de apertura en la función de Ecatepec significaba su gran regreso a los encordados después de permanecer medio año inhabilitado por un virus informático. Para un luchador ciborg no existía mejor celebración que protagonizar una contienda asombrosa y acabar reducido a una pila de chatarra que chorreaba lubricante.

Una vez acomodado sobre la mesa de reparación, le quité la mascara de color verde jade que mostraba la amenazadora efigie de un dios prehispánico. Desprovisto de ella, toda su rudeza se desvaneció. Tenía el rostro bonachón de un animador de fiestas infantiles. Fácilmente podía imaginármelo cantando “Queremos pastel” o “La víbora de la mar” rodeado por una turba de niños.  

Destapé una bebida energética con sabor a piña colada y le dí un largo trago.

—Bueno —chasqueé la lengua, empalagado —vamos dándole a esto porque no va a ser rápido.

Último Sol no dijo nada. Su mirada se clavaba en un descolorido póster de Ángela Aguilar que llevaba pegado en la pared desde que mi abuelo me enseñó cómo atornillar una prótesis. No conseguí adivinar si fantaseaba con ella o si su imaginación se desplegaba más lejos. Puedes rearmar a un sujeto de pies a cabeza, pero nunca estarás seguro de lo que ocupa sus pensamientos.   

Me coloqué una gafas protectoras, abrí mi caja de herramientas y comencé a trabajar bajo la luz vacilante de las lámparas fluorescentes.

>Reparar implantes >Soldar empalmes >Reconectar articulaciones >Instalar servomotores  >Configurar neurosensores >Probar controladores kineticos  >Sustituir cubiertas y carátulas >Rellenar cartuchos hidráulicos.   

Itagaki apareció en el taller cuando ya casi terminaba la compostura de Último Sol. Él venía de estar festejando con sus fanáticos. Traía consigo una botella de tequila medio vacía. Usaba un sombrero texano con bordes afelpados que le daba un aspecto gracioso a su semblante enrojecido por el alcohol. Al igual que Último Sol, Itagaki era un cíborg de la vieja escuela, nada de bioarmaduras ni modificaciones nanotecnológicas; solo puro artificio electromecánico. La lucha también había dejado huellas en él. Un brazo le colgaba con el armazón deshecho y una bola de cables chispeantes sobresalía de una rajadura en su costado.

—Te arreglaré enseguida —le propuse.

—Tal vez más tarde, muchacho —hablaba español perfectamente tras una década de luchar en México —Oye, Último, qué increíble combate me diste. Quizás haya sido el mejor de mi carrera.

—Muchas gracias, pero todo el mérito es tuyo.

Itagaki se sentó en el filo de la mesa junto a Último Sol. Compartieron el resto de la botella y charlaron amistosamente por un rato.

—¿Te gusta mi sombrero? —preguntó de pronto Itagaki.

Noté que Último Sol se desconcertaba por un instante antes de contestar:  

—Sí, es muy bonito.

—Mi nieta me lo trajo de sus vacaciones.

Itagaki se quitó el sombrero y se lo ofreció a Último Sol.

—Toma, quiero regalártelo.

—No, no puedo aceptarlo.

—¿Por qué no? ¿Crees que es barato? Jamás te regalaría un sombrero barato. ¿Quieres que saber cuánto costó?

—No creo que sea barato.

—¿Piensas que es feo?

—Ya te dije que está bonito.

—Agárralo entonces.    

—No voy a quitarte el sombrero que te dio tu nieta.

—¡Coge el sombrero! —Itagaki se puso de pie y desplegó el armamento que tenía repartido por todo el cuerpo.

—¡Que no! —Último Sol también mostró sus sierras circulares, sus látigos electrificados y sus microlanzallamas.   

Lo absurdo de la situación me azotó con más fuerza que un suplex desde la tercera cuerda. Aquellos dos luchadores que habían cooperado de buena gana para destrozarse en el ring por puro espectáculo, ahora estaban a punto de iniciar una pelea verdadera debido a un tonto sombrero. Eran mitad máquinas, pero totalmente humanos. Me hubiera partido a carcajadas de no haber corrido el riesgo de que uno de sus ataques realmente me partiera a la mitad.

—Tranquilos, caballeros —dije juntando la valentía suficiente para intervenir —Si el problema es el sombrero, yo me lo quedaré.

—¿Y por qué imaginas que te lo regalaría a ti, pendejo? —los ojos de Itagaki zumbaron, poniéndome en la mira.

Estaba seguro de que me haría atravesar el póster de Ángela Aguilar y el muro con un puñetazo.

—Son chingaderas —gruñó Último Sol —Esta bien, trae acá.  

Le arrebató el sombrero a Itagaki y se lo encasquetó disgustado.  

—No se me ve bien —dijo estudiando su reflejo en una plancha de aluminio.

—Tienes razón—aceptó Itagaki —definitivamente no va con tu estilo, ¿verdad, muchacho?

—Cierto —concordé —Le queda horrible.

—Devuélvemelo —pidió Itagaki a Último Sol.   

Éste le entregó el sombrero. Los dos se miraron y no pudieron contener la risa. 

En ese momento llegaron de nuevo los del staff empujando las camillas. La lucha estelar también había sido una masacre.

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