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La luna insolente, y el sol incandescente
se apagan a cuenta gotas
¡Ay de los que nacen limpios
en esta tierra colmada de enfermedad!
Apenas estábamos floreciendo,
ya pronto nos hemos de secar
Tortuoso tránsito, muy breve;
de la sublime chispa
hasta el postrero rastro de vapor

Sientan, entonces, vergüenza
aquellos que entregan, como legado,
una existencia hecha de granito suelto
¡Ay de los que vienen y sus hijos!
pues el cielo, vuelto remolinos,
hace del arrebol cenizas
Yo, que también les tengo pena,
dejo a su nombre: ramillete de desencantos

¡Ay de ustedes, hijos del polvo!
y la desdicha que les encomendamos
de ver el cielo partirse
y los mares-por su parte- vaciarse
Cuando el reloj de arena,
en este y todos los desiertos,

se haya volcado por completo
el viento volverase nada

Desharémonos, a su momento,
uno solo en tan robusta historia
Ya ni cronistas ni escribanos,
somos todavía un pedazo del universo;
uno agonizante, inquieto

¡Ay de los que se quedan, los que vienen!
Porque yo muero hoy;
antes que el halito de esperanza se funda

en negruzca iridiscencia,
ahí, fin de la esencia
Con el caos del tumulto,
entre los hilos e hilos de almas;
las afanosas y limpias;
las secas y sombrías
Ahí-fuego fatuo- se cerrará a mis ojos
todo rastro del mundo.