El último (gran) acontecer de Gilles Deleuze: un cuerpo sin órganos suicida

Hay suicidios que son obras maestras

ROBERTO BOLAÑO

“El suicidio, lejos de negar la voluntad, la afirma enérgicamente. Pues la negación no consiste en aborrecer el dolor, sino los goces de la vida. El suicida ama la vida; lo único que pasa es que no acepta las condiciones en que se le ofrece”.
Arthur Schopenhauer

“Ese pensamiento en lugar de ser desvitalizador, deprimente, es un pensamiento exaltante. En el fondo nos vemos arrojados a este universo sin saber por qué. No hay razón alguna para que estemos aquí. Pero la idea de que podemos triunfar sobre la vida, de que la tenemos en nuestras manos, de que podemos abandonar el espectáculo cuando queramos, es una idea exaltante”.
E.M. Cioran

Nos trazaremos en el postrero suceder del filósofo nacido en París, Francia en 1925. Casado con Dennis Paul, padre de un niño (Julien) y una niña (Émilie). Fue profesor de las universidades de Lyon y Luis-le-Grand. Incursionó en el materialismo y el llamado posestructuralismo, en la filosofía occidental y en la oriental —aunque nunca aceptó que se le otorgaran etiquetas—. Entusiasta adepto del pensamiento de Spinoza, Nietzsche, Bergson, Hume, Leibniz, etc. Siendo incluso instrumentista (tocaba la sierra musical) y asiduo de la literatura norteamericana. El pensamiento de Gilles Deleuze estuvo siempre provisto de transversalidad: desde la zona de la filosofía engendró verdaderos monstruos conceptuales, no por lo grotesco, sino por el aparato que se diseña para visibilizar una anatomía totalmente reversible del cuerpo. El maestro Gilles Deleuze padecía ya en sus últimos años de una afección pulmonar, por lo que eran constantes sus sofocamientos. Es en uno de los episodios más fuertes de disnea, cuando se lanza del séptimo piso de su departamento, el 4 de noviembre de 1995, en París. Se encuentra enterrado en Saint-Leónard-de-Noblat.

Al inmiscuirse en las páginas del pensamiento de Gilles Deleuze, puede olfatearse una vitalidad atípica respecto a aquella de la que el mundo nos provee. Vuelca todo discernir y da a conocer líneas de vida que jamás creíamos existentes o que se pudieran edificar. Un pensador de alto calado no es ni coherente, ni entretiene, ni espera renombre. Así era —o mejor dicho sigue siendo— Deleuze. Y cuando me refiero a la asonancia, no lo hago pensando exclusivamente en su persona, sino en lo que su singularidad como ente puede maniobrar en el espacio-tiempo.

Ahora, ¿por qué el filósofo con ideas vitalistas, vigorosas, de generación de magnitudes, fue capaz de cercenar su existencia de tajo? ¿No implica esto es un disparate y una completa contradicción con el contenido de sus escritos? ¿Pudo ser tal último acto una evidencia implícita de la decepción, frustración y depresión en la que todo suicida está inmerso? ¿Tendría que ser simplemente etiquetado con todas las determinaciones, consecuencias habituales, lugares comunes, y pronósticos habidos y por haber? Deleuze dice en su libro, El Anti Edipo: “El cuerpo lleno sin órganos pertenece a la antiproducción; no obstante, una característica de la síntesis conectiva o productiva consiste también en acoplar la producción a la antiproducción, a un elemento de antiproducción” (Deleuze & Guattari, 1985, p. 17). El cuerpo sin órganos es un mutante que permite el flujo de las magnitudes desconocidas o aún no engendradas. No es una idea utópica o idealizada, son prácticas que interrumpen el tiempo presente para tornarlo polivalente. La generación de máquinas para dar origen a ensambles nunca antes percibidos en la tierra y el tiempo. Será cuestión de una voluntad insospechada que no tiene porque saberse poseída, sino revelarse por el mismo andar de las superficies inhóspitas y virulentas con las que antes, quizá, ni si quiera teníamos en mente generar entrelazamientos.

El cuerpo suicida embragado con el cuerpo sin órganos se levanta de sus infinitos cimientes para lograr que produzcamos lo inconcebible del acontecer. Las ideas, las frases trilladas, los conceptos burdos, la sicología barata es lo que abunda.

Aquí el cuerpo sin órganos requiere una furia generada contra sí mismo para tornarse después temerario e incluso estúpido —no siendo una estulticia de badulaque, sino una insistencia entrenada—.

El absurdo no es el sin-sentido del evento, sino el área justa de expansión. Una maquina alegórica inaudita. El maestro de París dimensiona lo incoherente como desplazamiento del pensamiento y las magnitudes a fluctuar. El desplazamiento del cuerpo sin órganos en lo in-útil e inagotable, constituye los continentes que sirven para el movimiento a-rítmico del deseo sempiterno. Lo inadmisible como maniobra a efectuar, salida de los parámetros de la historia, de lo vigente, y del provenir: “Sólo que la producción no se registra del mismo modo en que se produce. O más bien no se reproduce en el movimiento objetivo aparente del mismo, como se producía en el proceso de constitución. Lo que ocurre es que insensiblemente hemos pasado a un dominio de la producción de registro, cuya ley no es la misma que la de la producción de producción. La ley de esta última es la síntesis conectiva o de acoplamiento. Pero cuando las conexiones productivas pasan de las máquinas a los cuerpos sin órganos (…) parece que pasan a depender de otra ley que expresa una distribución con respecto al elemento no productivo en tanto que presupuesto natural o divino” (Deleuze & Guattari, 1985, p. 20).

La inquisición desconocida sobre aquel cuerpo que desafía las normatividades del sistema y de su encauce supuesto. Se genera una combustión fuera de la episteme y cinestésica en toda pieza anatómica. Deflagración sicalíptica que provoca el tráfico de lo desconcertante por potencia. La creación de novedosas soberanías. Una multiplicidad cosmogónica en cada sección, en cada pieza de carne in-operante. “Existe un consumo actual en la nueva máquina, un lugar que podemos calificar de auto-erótico o más bien de automático en el que se contraen las nupcias de una nueva alianza, nuevo nacimiento, éxtasis deslumbrante como si el erotismo liberase otros poderes ilimitados” (Deleuze & Guattari, 1985, pág. 26).

No descartamos todo lo que conlleva el cuerpo-suicida en tanto abatimiento. Es un dispositivo reactivo para la conservación que el cuerpo-organizado mismo se aplica. Pero a lo que apelamos en concomitancia con Deleuze, es a la ejecución de incursiones e invasiones que afecten la normatividad de lo preceptuado. Para el maestro de Lyon no es la vida la que fallece, sino los organismos. Desde esa línea es como se instaura un mapeo jamás circunscrito, sino dilatado y pletórico. El cuerpo-suicida formula nuevas adquisiciones al pensamiento sin percatarse de su confección, y no tendría por qué advertirlas en tanto inconmensurables. Su corpus nos permite alcanzar a mostrar, tan sólo en aquella pequeña fracción de su ejecución, la audacia y/o insolencia de la materia humana por fundir reinos que la cronología impide y que, por ello, adquiere un nuevo imperio exento de toda deducción.


Bibliografía:
Deleuze, G., & Guattari, F. (1985). El Anti Edipo. España: Paidós.

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Un pensamiento en “El último (gran) acontecer de Gilles Deleuze: un cuerpo sin órganos suicida

  1. Considero que el suicidio es una acción que se medita y analiza. Requiere valor y arrojo. Cómo lo hizo es tarde Deleuze al romper su frágil cuerpo lleno de vacíos organismos el sinsentido de su parecer. De percatarse que el cuerpo como máquina es limitado, se strifuavy molesta e impide seguir elucubrando. Tal vez el ideal sea traskadar parte de nuestro cuerpo a una máquina y seguir funcionando. Vale, interesante columna.

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