El virus que llegó de China

Pudimos ser la banda más grande del mundo. No exagero si digo que éramos capaces de construir una sucursal del infierno en cada escenario que pisamos.

Recuerdo a Rolly, el que fue nuestro manager y uno de los primeras personas que supe que se habían contagiado del virus que vino de China. No se me olvida cómo aplastó su cigarro contra el extintor de incendios de aquel bar en el que tocamos la última vez. Éramos los teloneros de Asfixia Sexual. Para nadie era un secreto que aquel trío de decrépitos punks de los ochenta había pasado de moda. La gente quería vernos a nosotros. Las páginas web musicales no paraban de hablar de nuestra banda. Simbolizábamos la esperanza de que el rock no había muerto por más que el reggaetón ganara terreno en el gusto de los más jóvenes.

Nos dijeron que teníamos 20 minutos para hacer caber las canciones que pudiéramos. Pero cuando tocamos la séptima —porque nuestras composiciones se distinguían por su brevedad— y nos despedimos, la multitud que atestaba aquel club olvidado por Dios no cesaba de exigir nuestro regreso.

Nadie gritaba el nombre de Asfixia Sexual. Mientras el staff recogía nuestros instrumentos, los integrantes del grupo estelar no se despegaban de sus tanques de oxígeno, de sus muletas y de golpearse el pecho para que no se les detuvieran los marcapasos. Parecían impresionados del incendio que habíamos iniciado y no parecía que fuera apagarse.

—Si quieres me llevo a mis muchachos —le dijo Rolly al dueño del pub, mientras apagaba el cigarro en el extintor de incendios junto a la señal de “No Fumar“— pero esta gente te va a destruir el garito.

Tocamos otros 45 minutos. Tito se abrió el pecho con un pedazo de botella rota. Intentó escribirse “Satán” en la piel y el muy imbécil lo hizo con zeta y sin tilde. Cantaba como los ángeles, pero era un imbécil. Santiago se llevó la guitarra a la boca para tocarla con los dientes, igual que Hendrix. El resultado: estropeó el tratamiento de endodoncia que aún no acaba de pagar. Mirella ejecutó sus partes perfectamente. Hay que reconocer que si el caos que generábamos podía llamarse música, era gracias a ella. Se movía muy poco sobre el escenario, pero como buena bajista sabía de qué manera contenernos a los demás. Cuando se colgaba su instrumento, parecía que Mirella se iba a vivir a otra galaxia. Nunca la vi abrir los ojos durante un concierto.

De mí sólo puedo decir que estaba más preocupado porque no se me fuera a romper el parche del bombo que por no perder el ritmo, pero aún así encontraba espacio para pasármela bien.

Lo dicho: pudimos ser la banda más grande del mundo. Pero entonces el virus se escapó de China y todo se fue a la mierda.

Fue idea de Tito lo que pasaría aquella tarde 20 años después. Me llamó un miércoles por la mañana para preguntarme qué estaba haciendo. Nunca perdimos el contacto, pero tampoco sabía demasiado de su vida. Desde que nos desintegramos, había preferido mantener distancia física de mis amigos. Por eso y porque por decreto teníamos prohibido salir de la casa.

—¿Qué voy a estar haciendo? Pinchándome un arponazo de heroína con el Animals de Pink Floyd a todo volumen como fondo.

La verdad era que desde las seis de la mañana me había entregado a las obligaciones de mi jardín. La mala hierba no se iba a retirar sola y además, había encargado por Amazon una nueva planta de lavanda que tenía que acomodar en una maceta.

—¿Y tú, qué haces? —le reviré.

Tito me dijo que aquella mañana, mientras armaba encima de la mesa de su desayunador un rompecabezas de un millar de piezas, con la imagen de Mickey Mouse, tuvo una visión.

Así fue siempre. La razón por la que elegimos el nombre de la banda fue otra sus epifanías. Lo mismo que el diseño de la portada de nuestro único disco. Recuerdo que un día después de nuestro último concierto en el bar de mala muerte me mandó un mensaje al celular pata decirme: “anoche tuve un sueño. Vamos a dejar de hacer música. Así que tenemos que darlo todo en este concierto”.

Pero esta vez, su visión tenía que ver con que nos volviéramos a encontrar. En vivo, como solían ser los conciertos antes de la llegada del virus que llegó de China. De carne y hueso, y no a través de una pantalla. Porque una semana después de aquel concierto en el que tres cuartas parte del bar se vaciaron cuando terminamos y casi nadie se quedó a ver a los ancianos de Asfixia Sexual, los cuatro únicamente nos habíamos visto a través de videollamadas. Lo que decía Tito era que había que atrevernos a salir. Oler una vez la peste a sobaco de Santiago, que mantenía una declaración de guerra contra la regadera. Volver a emborracharnos con los calimochos que Mirella preparaba y de los que nunca quiso confesarnos su ingrediente secreto.

¿Valdría la pena jugarnos la vida?

—José —me rogó Tito, con ese mismo carisma que lo convertía en un imán para las muchachas que hacían fila afuera del camerino para que él les firmara un pecho— han transcurrido 30 años. Esto no se va acabar nunca. El virus llegó de China para quedarse. Podemos reunirnos en casa de tu mamá, que es bastante amplia. Te prometo que estaremos en el jardín, donde el aire circula mejor.

Le dije que sí. Con la condición de que fuéramos solo los cuatro. Ni esposas, ni novios o hijos debían acompañarnos. Además, cada uno debía llegar con su mascarilla aunque después se la retirara para poder comer algo. Porque obviamente prepararía una carne asada y destaparíamos unas cervezas. Igual que en los viejos tiempos.

Se trataba de reunir a la banda que estuvo a punto de tener al mundo a sus pies, antes de que un virus que viajó desde China nos obligara a encerrarnos a piedra y lodo en nuestras casas y que desaparecieran los conciertos de la faz de la tierra. Un virus que nos condenó a la angustiante espera de que algún científico descubriera una vacuna y que tres décadas después, no había sucedido.

El mismo virus que llegó de China, a mí me convirtió en un jardinero que se dedicó a cuidar orquídeas cuando se aburrió de golpear los tambores de una batería de la que mis vecinos no paraban de quejarse por el ruido que producía. Un día, uno de mis hijos colgó una toalla húmeda en uno de mis atriles para que se secara y no le dije nada. Después, mi esposa utilizó el banquillo para alcanzar el nivel más alto de los armarios. Poco a poco, la convivencia familiar fue absorbiendo las piezas de mi instrumento. Igual que en las películas de ciencia ficción donde las ciudades abandonadas son cubiertas lentamente por la montones de hierba.

Tito me contó que algo así le había sucedido. Cuando el virus que llegó de China obligó al gobierno a decretar una cuarentena indefinida, tan infinita que hasta la fecha continuaba, dejó de cantar. Me dijo que al principio lo hacía en la ducha, mientras el agua le caía encima de la cicatriz que le quedó cuando se dibujó la palabra “Zatán” con faltas de ortografía, pero después guardó un sempiterno silencio. Le parecía un síntoma de esquizofrenia gritar para un público que no existía. Desde entonces se aficionó a grabar videos con su teléfono en los que hacía karaoke. El que pudo haber sido la voz más destacada del rock, se transformó en una estrella de TikTok que a los jóvenes les parecía un viejito “con ondita”.

Reunirnos cuando las cifras de contagiados del virus que llegó de China y los muertos que había dejado a su paso eran tan altas, representaba un intento de suicidio. Los cuatro pasábamos de los 50. Santiago era diabético, además y Mirella había sobrevivido a un cáncer de mama.  ¡Pero qué rayos!

Seríamos la banda más grande del mundo. ¿Por qué no firmar un pacto suicida como colofón de nuestra leyenda?

Llamamos a los demás y sorprendentemente estuvieron de acuerdo. Fijamos la cita para el sábado dentro de 15 días. Si alguno tenía un asunto pendiente, bastaba para que lo diera por terminado porque no existía la seguridad de que volviera con salud.

Nos acomodamos al principio alrededor de la mesa de afuera. Dejamos una distancia prudente entre nosotros y nos dejamos puestas las caretas de plástico. Todo iba bien. Incluso lavamos las latas de cerveza antes de destapar la primera y Mirella se dejó puesto el barbijo porque después de sobrevivir al cáncer había dejado de beber y de comer carne. Si acaso acompañaría el asado con un poco de agua y brócoli a la parrilla.

El tiempo no había pasado. Nuestra amistad continuaba incólume. El virus que llegó de China se había quedado afuera de esa burbuja en la que sólo cabían los recuerdos.

—¿Saben qué es lo que más extraño? —les comenté cuando el alcohol ya circulaba libremente por mi torrente sanguíneo.

Les dije que no eran las borracheras, ni las drogas. Tampoco aquella sensación como de besar al diablo que venía después de que nos enchufábamos a la corriente. Ni siquiera a los fans, que al principio ni existían y que después, cuando empezaron a convertirse en legión, se tuvieron que encerrar también en sus casas.

—El abrazo, man. Yo también… —pronunció Santiago, que entonces sólo se había bebido una lata, por consideración a sus riñones.

Lo último que hacíamos antes de subir a tocar era abrazarnos los cuatro. Mezclar nuestros sudores. Pegarnos el uno al otro como lapas a la corteza del otro hasta que no éramos una banda, sino un solo cuerpo que saldría de camarín a escupir música encima de la humanidad.

Era nuestro ritual. Si no nos abrazábamos, sencillamente no estábamos completos.

Si alguna vez nos convertíamos en la banda más grande del mundo, y seguramente hubiera sucedido si el virus no hubiera llegado de China, nos habríamos dado ese abrazo antes de saltar al escenario empotrado en medio de un estadio de futbol. Era como ponernos un condón de energía antes de follarnos al universo.

Tito se puso de pie. Se quitó la careta y después, se arrancó la camiseta como si se sintiera Hulk. Le costó trabajo, pero lo logró.

—¿Saben que es esto? —nos dijo exhibiendo la leyenda de “Zatan” que se le había cicatrizado en el pecho. Ya no estaba plano, la piel le colgaba en pliegues. Tenía tetas como las de un gorila.

Tito se paseó delante de cada uno de nosotros. Divertidos, lo mirábamos hacer.

—¡Este es el único tatuaje que tengo! —gritó— porque después de hacérmelo, no iba a permitir que nadie más me rompiera la piel. ¡Los quiero, cabrones!

Se hincó en el suelo.

—¡Y me caga no poder tocarlos!

Mirella se puso se pie y le puso una mano en el hombro.

—Ya me la peló el cáncer, ¿qué me puede hacer un bicho que vino del oriente? ¡Dame un abrazo, loco —y se quitó la careta antes de fundirse con el vocalista de nuestra banda.

Pero el monstruo estaba incompleto.

Santiago y yo nos miramos. No íbamos a dejar que nuestros compañeros saltaran por la borda del barco y quedarnos observándolos desde cubierta. Nos hincamos junto a ellos. Me sequé las lágrimas con el dorso del brazo. Si el virus no hubiera llegado de China, estoy seguro que nosotros hubiéramos llegado allá e infectado a los chinos con nuestra música. A estas alturas estarían cantando nuestras canciones.

Treinta años después, nos volvimos a abrazar. Hincados en el jardín de la casa de mi madre.

Pienso en todo esto justo esta mañana. He visto por las noticias que los científicos rusos han encontrado la vacuna contra el virus que llegó de China. Pienso en el cigarro que el Rolly apagó aquella noche junto al letrero de No Fumar del pub. Quizá aún arda la colilla en el infierno.

Me pongo de pie y me dirijo hacia mi batería. Le voy a quitar de encima las toallas húmedas. Pero antes, tal vez sea buena idea dormir una siesta o ponerle fertilizante a mis flores.

          

Fotografía cortesía de Jocelyn Navarro 

 

Please follow and like us:

2 comentarios sobre “El virus que llegó de China

  1. Se nota la experiencia en la escritura. El desarrollo de la historia engancha, en especial si se es fan del rock. Sentí muy vivas y fieles todas las referencias. Y creo que algo de lo peor del virus fue la invasión a los espacios más íntimos, como los sueños de ser estrellas mundiales de rock… Aunque igual esos anhelos persisten.
    ¡Un saludo inmenso!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *