Elegir lo menos malo: Una realidad de nuestras democracias

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América Latina en lo general y Colombia en lo particular distan todavía de lograr el desarrollo, o cuando menos, el bienestar social, la salud, educación, cultura y consciencia ambiental que son realmente evidentes en otras latitudes. Que estamos mal no es un secreto: nuestras economías son frágiles y dependientes en exceso de agentes externos, nuestras situaciones sociales a veces ni siquiera contemplan un mínimo aceptable en el que las personas puedan satisfacer sus necesidades alimentarias, y lo más desesperanzador es que la panacea para todo esto no se avizora en un futuro cercano (es más, ni siquiera existe si se la concibe como un cambio que ocurre de sopetón). Lo cierto es que gran parte de estas situaciones podrían tener por lo menos una mitigación si nuestras prácticas políticas y nuestras gestiones estatales fueran diferentes a como lo son hoy en día. Nos encontramos en un peldaño de la evolución social en el cual depositamos nuestra posibilidad individual de procurarnos el sustento (a través de cualquier método) a cambio de que un ente mucho mayor nos garantice unos mínimos para que esta búsqueda por la supervivencia no connote escenarios violentos, y además,  de que nos provea ciertos servicios básicos que nos eviten vernos abandonados a nuestra propia suerte. Sin embargo, en nuestras sociedades el leviatán no simboliza un hombre gigantesco formado por muchos hombres que voluntariamente han dado su individualidad en procura de una consciencia colectiva, sino que, a la manera más dantesca, nuestros Estados se han convertido en monstruos irrefrenables, capaces de acabar con nosotros mismos para conseguir sus objetivos, objetivos contrarios muchas veces a esa voluntad colectiva que les ha dado nacimiento.

Sobre ese caótico escenario es que intenta prosperar algo tan complejo como la democracia, un sistema que, para Churchill, si es llevado de forma decente es el menos malo entre los malos, o séase, el mejor de todos los que se han gestado en la historia. Para nadie es ajeno, sin embargo, que nuestras democracias no son llevadas de manera decente, pues la ausencia de tal consigna es más bien el común denominador para esta región que día a día se ve consumida por la corrupción, la inoperancia y la pobreza. Tal parece que nuestras sociedades se han quedado apenas con aquel primer fragmento en la frase lanzada por el último león británico: han asimilado hasta el hartazgo que el estado actual de las cosas es el menos malo entre todos los escenarios alternos posibles, y se han dado cuenta que es necesario sostener este sistema maltrecho, pues, por desgracia, muchas naciones han probado el terrible azote de las dictaduras y otras han sufrido situaciones en las que la dictadura es tan evidente como lo es al mismo tiempo indetectable, en las que pueden señalarse las arbitrariedades sin que con ello ocurra nada, en las que es necesario buscar el consuelo en los débiles papiros donde reposan leyes que prometen cambios y justicias tan distantes como el pan o el abrigo, como el futuro o las oportunidades.  

Llega entonces el periodo de votaciones y encontramos otra constante que nos une como región: el voto debe encaminarse al “menos peor” de los candidatos, a la menos nociva de las propuestas o al más robustecido acto de demagogia. Nunca hay posibilidades reales de un cambio, pocas veces se encarna un proyecto amplio y comprometido con el desarrollo colectivo y la unidad popular. Cada buen peldaño en las escaleras programáticas está precedido por una práctica cuestionable, por una dádiva o propuesta arbitraria, por un pago de cuotas políticas o por intereses que claramente no son los que convienen al colectivo; y después de este rayo de luz viene otro océano de incertidumbre en el que moran verdaderas acciones inverosímiles que en unos lugares se extienden por cuatro años y en otros por seis o por ocho. La imposibilidad para alcanzar buenas propuestas (y líderes que las abanderen) es el signo más evidente de nuestra inmadurez política, de nuestra precariedad crítica y social, de nuestra incapacidad de agencia. Y si se trata de buscar culpables, basta con mirar a nuestros adentros, con vernos a nosotros mismos, sumidos en este sedentarismo político que nos ha llevado a estar siempre en el menos malo de los escenarios, en el limbo eterno de lo que apenas si llega a ser pero nunca logra ser de verdad, de ese casi bien que nunca borra al casi y por ende nunca llega a ser un bienestar general.

Nuestras condiciones actuales no son otra cosa que una bendición para la modorra de acción que invade a nuestro zoon politikon. La corrupción, la ineficacia estatal, todas las responsabilidades fallidas que se le han encargado al leviatán no hacen otra cosa que lavar las culpas de cada individuo. Nuestras condiciones nos han acostumbrado a culpar algo tan general y abstracto como el Estado, nos han permitido descargarnos paulatinamente de nuestro deber de vigilancia y control, de nuestro ejercicio del pensamiento crítico, y hoy no somos otra cosa que una masa sin forma que llora sobre la leche derramada, somos apenas un índice extendido que siempre encuentra con facilidad bárbara un tercero a quien apuntar, justificando así la inacción de ese cuerpo restante que blanquea su existencia al señalar la mala existencia de la otredad.

Lo anterior no significa que nuestros Estados no tengan responsabilidad en el problema ¡sus acciones los hacen los primeros responsables!, y a veces la corrupción y la fuerza con la que cuentan impide el surgimiento de liderazgos verdaderos o propuestas de cambio. Pero es necesario comprender que elegir al menos malo será una práctica perpetua si seguimos en el vano e insulso ejercicio de la queja, si apenas atinamos a señalar al gran e inabarcable Estado y no comprendemos que es nuestra labor encausar las cosas al destino que queremos como sociedades. La democracia es el menos malo de los sistemas, pero, como dijo Ernesto Sábato, y poniendo nuevamente de manifiesto que esto se posibilita en la medida que es ejercida correctamente, “es el único sistema en el que el presidente más fuerte del mundo puede ser destituido por un juez desconocido”. Es deber de cada ciudadano, como artífice de ese gran hombre formado de hombres pequeños, direccionar la forma de hacer política hacia propuestas que no sean apenas las menos dañinas o las menos incompetentes, el ciudadano debe comprender que cuenta con la llave para desarrollar las posibilidades de un Estado bien gestionado, que es él mismo un sujeto de derechos, y que tales atribuciones proclaman unos mínimos de educación, cultura, salud y demás dimensiones que él apenas debe reclamar en ejercicio de su personalidad política. Es nuestro deber lograr que en nuestros estados pueda materializarse aquella consigna de Sábato, y entonces un juez anónimo valga lo mismo que un presidente, o tenga poder sobre éste si es que ha obrado en desconocimiento de las leyes o la constitución.

Se requiere del rayo para cortar del árbol la rama podrida, y de la píldora amarga para combatir la enfermedad; nunca la inacción es garantía de resultados, y una mejor democracia requiere el paso de muchos pies y el funcionamiento de muchas cabezas. El mismo Sábato dijo una vez: “No hay otra forma de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de lograr lo absoluto que a través de la misma circunstancia: el hoy y el aquí” y valdría añadir en estas discusiones políticas que la conquista de una democracia frondosa  empieza con la mera individualidad del sujeto, con las buenas prácticas del ciudadano que se multiplica y se transforma en sociedad. También es deber de ese mismo ciudadano procurar la difusión de los conocimientos necesarios para ejercer sus facultades de forma correcta, y la enseñanza pues, como siempre lo ha sido, se convierte en el motor del cambio, en la meca sobre la que se asientan nuestras más avanzadas sociedades. Nuevas consciencias surgen por estas épocas, y su deber es alimentar el ánimo de tantas personas a las que se les ha mutilado su capacidad de agencia. Contamos con armas estratégicas como esos tantos tratados sobre derechos humanos que se han escrito, o como ciertos mecanismos de defensa que en algunas partes aún funcionan. La consolidación individual permite el compartir colectivo, y las personas privilegiadas a quienes su pensamiento crítico o educación no les han sido cortados de raíz deben salir de el estado inactivo y vincularse en la medida de las posibilidades a la dirección y control de los asuntos colectivos, procurando, como se dijo, contagiar a los demás de su espíritu de cambio. Así y solo así podamos quizás acceder a un mejor mañana, uno el que al menos se pueda ser humano en el buen (y necesariamente político) sentido de la palabra.

Si apenas nos limitamos a mostrar lo evidente y señalar esas corrupciones que por sí mismas ya se hacen a su propia imagen, nunca lograremos cambiar las miserias que circundan nuestra existencia por estos parajes. No basta con exponer lo malo en los terceros, ni quejarse por las incompetencias de leviatanes cuya corrupción hemos permitido nosotros mismos. Las cosas ya han llegado hasta donde están y no cambiarán con el mero señalamiento del punto al que han llegado. No hay que dejar caer el dedo que señala la maldad, pero si ese dedo nos impide movernos en busca de nuestro propio bienestar, ¡cortémoslo! Y movilicemos el resto de nuestro cuerpo y nuestra mente a esos espacios corrompidos e ineficaces, ¡tomémoslos para nosotros! Con ello lograremos ese título de ciudadanos que dejamos caer cuando nos quedamos quietos; con ello lograremos el respeto de esos leviatanes que no han comprendido la dependencia que tienen para con nosotros; con ello sabremos que el pueblo unido es invencible y es además capaz de darse su propio destino, un destino mejor en la medida que descubra el poder antiquísimo que siempre ha ostentado, que siempre hemos tenido cada uno de nosotros desde que decidimos mirar a nuestros iguales con el ánimo de construir algo más grande que nuestra propia persona.

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