Ella se fue a la playa para el fin del mundo

0 0
Read Time:3 Minute, 9 Second

La literatura y la fotografía son artes distintos; mueve los ojos descifrando las imágenes; con los dedos cada vez más rígidos, aferrados a un álbum percutido.

Él quisiera que cerrar el álbum fuera fácil y feliz, como cerrar un libro, con alguna historia aprendida y lista para continuar o para repetirse, pero los rostros no son así, los rostros se recuerdan en abstracto. Piensa en todas las veces que escuchó la frase “a penas puedo recordar su rostro”, maldito lugar común, en películas en el cine del centro, en libros maltrechos; recuerda la frase con asco, convencido de que le mintieron todo el tiempo; porque él la acaba de perder de vista y ya no se acuerda de nada.

El cronometro avanza, o retrocede, de igual, pero el tiempo está dado. La radio suena al fondo, entre un bailoteo de estática y noticias.

“¿A quién le interesan las, literalmente (benditas palabras…) últimas noticias?”. Y más importante aún: “¿Qué clase de ser perturbado decide pasar sus últimas horas dando noticias? o ¿qué clase de contrato infernal puede obligar a trabajar a alguien cuando el sentido de la vida se ha distorsionado completamente en una cuenta regresiva?” Por ahí le trotaron los pensamientos.

Entre la estática radial se escucha al periodista llorar, aún sosegado.

Él camina de un lado al otro en la habitación escuchando el llanto radiofónico, pisando los charcos y esquivando el musgo.

El color arrebol del cielo es pertinentemente apocalíptico, y pinta la ciudad desierto-anarquista de ese anaranjado empalagoso de las tardes.

Suspira, dándose cuenta de que nunca más va a volver a ver el rostro de Isabel de otro color que no sea ese naranja horrible del fin del mundo.

Pasa las fotos y se pierde en los labios tallados como si tuvieran mucha carne y muy poca piel, de un color rosado más bien durazno maduro. Labios con forma de corazón (no anatómico).

Por eso detesta que la literatura no sea como una foto, porque en la literatura Isabel se convierte en una especie de vestigio de Frankenstein con labios de durazno, con piel de leche y sal y ojos negro punzocortante.

Ella está en la playa, o no, tal vez ya esté muerta, tal vez se accidentó de camino y se convirtió en el batido de durazno de alguien que confundió sal con azúcar, tal vez un tsunami la reventó contra las piedras y le disolvió las células; él no sabe, y prefiere no saber.

Piensa en las pocas personas que decidieron ir a la playa para el fin del mundo, le parece que solo ella podría haber tomar esa decisión; se fueron como si se tratase de año nuevo o semana santa. Con lo difícil que ha sido conseguir comida desde que empezó la cuenta regresiva del sol. Los dependientes de las tiendas saquearon todo; o cobraron a la fuerza lo que les debían en el momento oportuno.

Ella se fue a la playa para el fin del mundo; quién sabe con quién, eso no hace la diferencia, antes no era diferente y probablemente en el futuro tampoco lo sería.

Sale de su casa, se sienta a la orilla de la calle viendo las fotos compulsivamente, piensa en lo conveniente que habría sido que la noticia no hubiese salido únicamente en medios de paga. Ve la foto y cierra los ojos para convencerse de que recordar imágenes es sencillo y que nunca la va a olvidar; siente como le despegan, con fuerza lenta, el álbum de las manos. Uno de esos masturbadores hedonistas del fin del mundo (antisociales sexuales, pero licitados por la inminente desaparición de la raza humana) se lo arrebata y se da unos segundos de auto placer con la imagen de Isabel. Después, un hipotético dios toca el apagador del sol.

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *