Encuentro Nocturno

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La serpiente mecánica repta por las entrañas de la ciudad.

Nos encontramos en el cielo, volamos a través de la noche recorriendo la ciudad que hace algún tiempo se ha sumido por completo en la oscuridad. Desde este punto podemos observar detalles que pasan desapercibidos para los transeúntes anónimos cotidianos. Podemos notar la pulcritud de las calles donde ya no hay nadie. Todo se encuentra en una calma sepulcral. Ahí, suspendidos en el aire alcanzamos a distinguir en su completa magnitud el gran monumento arquitectónico que supone el Nuevo Metro Mexicano, semejante a un reptil que abraza la ciudad. Las nuevas estaciones son edificios enormes ya que de ellas salen al menos tres trenes flotantes, por lo que tres andenes se apilan uno encima del otro. De pronto comenzamos a perder altitud para encontrarnos rodeados por edificios enormes a los lados de la calle principal de la Capital. Los anuncios nos aturden por un momento, mosaicos de colores neón nos inundan con publicidad, entre los que llaman nuestra atención se encuentra el anuncio holográfico de un Doctor Simi gigante que nos jura que tiene lo mismo, pero más barato. Incontables jingles resuenan en nuestros oídos, creando una cacofonía indescifrable.

Casi rozamos una estatua de porte militar. Al pasar a su lado sentimos una ansiedad oculta, como la reacción inconsciente del miedo. Esta estatua está posada en la glorieta que anteriormente ocupaba el Ángel de la Independencia.

La calma de la noche nos exige sigilo, advertimos a lo lejos los pasos apresurados de un transeúnte que entra en la estación del Nuevo Metro Mexicano, decidimos seguirlo ya que nos llama la atención su destino. La noche es solitaria. Posamos nuestros ojos detrás de su nuca y él nos advierte quizá como un escalofrío espontaneo, pero no detiene su marcha. Sube a las escaleras eléctricas que lo llevan hasta el tercer piso donde se encuentra con un andén totalmente vacío. Podemos notar que el hombre es un oficinista por la forma en que viste, tratamos de imaginar qué situaciones lo han llevado a extraviarse en la noche, claramente no debe temer perder el vagón, ya que gracias a la mecanización de todos sus sistemas el Nuevo Metro Mexicano recorre la ciudad todo el tiempo y jamás se detiene.

—Buenas noches —dice un hombre que no hemos advertido llegar, nuestro oficinista se sorprende, se pone tenso y se muestra nervioso ante este desconocido, no le responde.

—Disculpe —añade con un tono amigable —no planeaba asustarlo, ni mucho menos incomodarlo, sólo quería saber si puedo acompañarlo un momento. Estoy esperando un tren, pero parece ser que se retrasó. Es raro porque sabemos que el Magnífico Nuevo Metro Mexicano es sumamente puntual, pero hoy no es así, llevo aquí quince minutos ya y no ha pasado.

—Como guste. —dijo el oficinista, tajante.

Suponemos que para entender la respuesta cortante de nuestro oficinista debemos fijarnos en la pinta del desconocido. Ciertamente desencaja de lo pulcro que rodea la estación, el hombre es más bien andrajoso, está sucio y no huele muy bien.

—Yo participé en la construcción de este trasto. —dice el hombre y añade—: Claro, esto fue al final de la Guerra Civil. Cuando ganó Romero y para demostrar su poderío al mundo le dio por construirse un monumento que siguiéramos usando mucho tiempo después de su muerte.

La mención de Romero al oficinista le incomoda, no son tiempos fáciles.

—Creo que no deberíamos hablar del General. Además, la Guerra ya es cosa del pasado.

—No se crea joven, esas son cosas que siempre están vigentes. No hay de qué preocuparse, nadie nos escucha, es más, le voy a contar algunas cosas aprendí aquí en la construcción.

Sabemos que nuestro oficinista se queda con ganas de decirle que no le interesa escucharlo, pero no le tiene confianza, parece un loco, y a los locos es mejor seguirles la corriente, el maldito vagón se ha atrasado, hay que actuar con cuidado.

—Mire, cuando la Guerra comenzó yo era un niño. Al principio no creímos que fuese a ser para tanto, estábamos en un momento de transformación, la paz y la razón parecían regir al gobierno con sus ideas de reconciliación. Fue justo en esa tierra donde germinó la idea de un golpe de estado, pero bueno, vamos directo al Metro, que es lo que nos interesa. Sucede que cuando los reformistas comenzaron a huir de los romeristas, ya que vieron la cosa perdida, porque las armas eran duras y los desintegradores atómicos no dejaban de uno ni la ropa, se vinieron a esconder en los túneles del Metro. Todos, familias completas, niños, mujeres, hombres, perros y gatos, se atrincheraron dentro. Buscaron rendirse y obtener garantías, pero Romero no estaba para negociar, joven. Ahí fue cuando pasó lo que todos esperábamos.

—La masacre de barranca del muerto. —contesta el oficinista como respondiendo a la pregunta de una clase de historia.

—Así es, joven. —la voz del hombre se hace profunda y toma un tono oscuro, prosigue. —Primero fue un ataque con bombas de hidrogeno, posteriormente, una parvada de drones les dio el tiro de gracia a los que habían sobrevivido. Toda esa noche los gritos de las personas surgían de las alcantarillas, aún ahora, cuando hay silencio dicen que se pueden escuchar. Miles de personas escondidas murieron esa noche, después se llevó a cabo la caza de todos los sobrevivientes y la persecución. Se acabó con todo, vagabundos, vendedores ambulantes, pobres, trabajadores sexuales, con todo lo que moralmente no aceptaba el régimen. Ahí fue cuando empezaron a marcar a los buenos ciudadanos con el código, si uno no tenía, directo al trabajo forzado o ya a la muerte. Se instauró el toque de queda y se prohibieron las reuniones nocturnas.

Nuestro oficinista claramente conocía todo esto y aunque ya han pasado algunos meses desde que el toque de queda se levantó porque el gobierno se enorgullece en decir que las alimañas ya no existen en el país, el miedo sigue ahí, por eso todas las personas se ocultan hasta que vuelve a amanecer, por eso nuestro oficinista desea que aparezca el tren para poder irse de una vez por todas.

—Bueno, pues fue ahí cuando comenzó la construcción del Nuevo Metro Mexicano. No pudieron utilizar los túneles antiguos por el hedor, simplemente los clausuraron y comenzaron a construir hacia arriba. Así es, en este momento estamos sobre los restos de miles de personas, ¿usted puede olerlos?

Nosotros agudizamos el olfato, nos imaginamos sobre las catacumbas.

—Yo entre a trabajar como mano de obra. Ahí la gente se moría de hambre. La enorme maquinaria era operada por inexpertos que, o se mataban o mataban a alguien más. Yo ahí descubrí que es cierto la antigua creencia de que en las obras hay gente enterrada para hacerlas durar, yo los vi.

He visto muchas cosas, por la noche las cosas se enrarecen. La gente sufrió mucho y ahora la han olvidado, o eso parece. Pero no joven, todo esto se recuerda, ahí en los túneles todavía se mueven, algo quedo, por ahí dicen que hay una computadora que está creando virus constantemente para atacar al gobierno, la guerra ahora se gana así, hay una banda de gente revolucionaría, porque pueden hacer todo, quemarlo todo, destruir los libros de la oposición, pero las ideas quedan y los mártires serán escuchados y los gritos cesarán en las alcantarillas y llegarán a la calle. Se pelea diferente. Dicen que en algún momento la gente que murió se levantará y derribará este metro. Los tres pisos. Cortarán la cabeza de la hidra cromada. Es un tiempo de híbridos, viejo adagio.

La pantalla de la estación anuncia la cercanía del vagón. El oficinista aparta los ojos del hombre por un segundo. Se ha ido. Nosotros tampoco hemos advertido a dónde se fue. Cansados de apariciones extrañas observamos a nuestro oficinista abordar su vagón. Está completamente vacío. Así comenzamos a elevarnos nuevamente, vemos el sistema completo de trenes que recorren la ciudad. Pensamos en cuantas personas lo abordan a diario, en las historias que no se han contado. Otra vez observamos los anuncios, escuchamos la cacofonía. A lo lejos, el Nuevo Metro Mexicano ya no nos parece tan estable.

Para Mildred.

Septiembre, 2021

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