Érase una vez la mirada: 2

Érase una vez la mirada: 2

Read Time:14 Minute, 50 Second

Esta es la segunda llamada de este ejercicio colectivo, en donde la escritura juega con en el instante y apuesta por la invención de la perplejidad. Cada una de estas 14 minificciones, son parte de una misma totalidad fugaz, veloz y siempre narrativa; una micro-totalidad que pasa por la invención, también, del ojo, y que hace de las pequeñas narrativas y su estampa breve y sugerente, el haz de luz pasajero que nos conecta con el mito de nuestras propias percepciones.  Los textos aquí reunidos surgen de nuestra reciente convocatoria para escribir partiendo de la visión de una obra del proyecto artístico de Calitic. Son, en rigor, impulsos lingüísticos emanados de la visualidad que, sin embargo, nos recuerdan que es precisamente a través de la facultad visual, que establecemos nuestros respectivos lugares dentro de la inmensidad de lo circundante.

Agradecemos a todos los autores que participaron con sus textos, y a Calitic por su maravillosa ilustración. Para conocer más sobre el trabajo de Calitic, vayan a sus redes sociales: https://www.instagram.com/calitic/ https://www.facebook.com/Caliticespacioyconcepto

Si quieren participar en esta dinámica, hacemos la invitación de estar al pendiente de nuestras redes sociales y conocer la próxima convocatoria: https://www.instagram.com/teresa_magazine/ https://www.facebook.com/revistateresamagazine/


1. Una(s) realidad(es)
por Raquel Pérez

Ella caminaba cabizbaja. Ella caminaba sola. Ella caminaba y era observada. En su vaivén pensativo escuchó al niño gritar ─ ¡Cuando vuelvas quiero verte libre porque ya me cansé que camines por esta vida como fantasma que muere por segunda vez! ─ Ella volteó a ver y perdió el rostro de él. En el redondel el señor la detiene y le dice: ─ ¡Camina! ¡Carajo! No lo entiendes, respira lo que es el momento y respira lo que es el sentimiento─ Le dijo en medio de gritos que la asustaron. Poco a poco miraba menos, todo se tornó oscuro y ella estaba a punto de desaparecer cuando una señora, que ocultaba su rostro bajo una sombrilla, la regañó diciendo: ─ ¿Por qué vivir de retroceso? No te motivo, no te animo, quiero que te sepas humana y no piedra, quiero que te sientas flor y no corteza. ¡Tócate! ¡Tócame! – Ella se quitó rápidamente, se percató que no estaba en la realidad cuando un eco, entre las sombras, le gritó: – Regresa porque a partir de ahora todo será mentira, lo que pasó, lo que está pasando, lo que pasará; esto que somos, esto que eres y lo que soy. – Un grito que era una advertencia. Sin embargo, lo que la hizo regresar fue encontrarse con una joven que le dijo:  ─ No lo entiendes, esta estática respiración me está matando, le regalamos a la nada el día, nos estamos pudriendo junto a ese cuerpoveneno que ya murió. Me he vuelto a soñar con ceniza y con esta muerte que no sale de nosotras. ¡Camina! ¡Carajo! que me están saliendo raíces en este suelomiedo que no es nuestro. Te estás quemando cada que pretendes recordar y lo único que logras es hacernos temblar. ¡Carajo! ¡Libérate! Libérame de este fuegotemor que nos está haciendo polvo, que no lo ves, estaríamos tirando un buen polvo si soltaras el pasado, ya me cansé de ser pesadilla. ─ Luego de las palabras de la joven ya no regresó, quien le dijo esas últimas palabras fue ella misma y murió al darse cuenta que todo era un mundoespejo, que cada grito y regaño era ella misma salvándose.

2. Una última mirada
por Antonio A. Huelgas

¿Les veía, o sólo imaginaba? Eran los muertos de mis ojos desvanecidos ante la lluvia. Por un momento, en un segundo vuelto eternidad en mi memoria, esas figuras se corrieron cual tinta. Pensé que el agua entraba por mis ojos, más no era así. Las personas se volvían siluetas, y éstas se fundían en la oscuridad para siempre. Jamás volvería a ver.

3. Tintando almas
por Eduardo Omar Honey Escandón

Cuando alguien se despide dejábamos su cuerpo bajo tierra y su alma iba al cielo. O eso creíamos.

Conocí a Azucena el verano pasado antes de que la canícula incendiara las ciudades y los cielos se llenaran de cenizas. Nos encontramos cuando ambos doblamos en la esquina equivocada. En medio de la multitud que estorbaba cualquier esperanza, yo solo intentaba dar un paso picado por las prisas citadinas. Para evitar un disgusto miraba al suelo en búsqueda del siguiente espacio para poner un pie y no pisar otras voluntades.

Aún con la temperatura en ascenso, los calzados masculinos eran negras cárceles del infierno. En el caso femenino, los flats habían exiliado las zapatillas de tacón volviéndose también calientes prisiones.

Fue cuando el perfume de Azucena me asaeteó vitalmente. La fragancia me evocó las montañas llenas de árboles, ríos y lagunas que conocí de niño. Lugares extintos ante el hambre de las ciudades y el espejismo del progreso. Dejé de ser una oveja más en el flujo de la manada y me detuve. Alcé mi cuerpo por vez primera desde que fui ungido como adulto y oteé a mi alrededor.

Me separé del resto y seguí el flujo de personas con la mirada. No conseguí hallar origen de la fragancia, así que me prometí esperar su transcurrir de nuevo. Retorné una, dos, tres veces y ya desesperaba en la sima de la desesperación por no haber cazado ese oportuno instante, cuando llegó de nuevo, precediéndola.

Ella era la viva expresión de la naturaleza como tránsfuga en la ciudad. Sus ojos miraban al frente, serios, decididos. Su paso era el pronóstico inevitable del transcurso del tiempo. Su figura era el oleaje primigenio del que todos venimos. Y su forma de vestir era la declaración de rebeldía en los tiempos del conformismo.

En un impulso surgido de ella como atractor y de mi segundo nacimiento, me paré frente en su camino y detuve, nervioso, el torrente de su sendero que abría surcos en las manadas. Nos miramos mientras la riada esquivaba nuestra isla al ser abierto su cauce. No había nada que decir y rompimos el oleaje citadino, el mundo del aislamiento, las historias conocidas.

Para escándalo de los reglamentos, de las simuladas leyes vivimos juntos por un mes y un día. Su final llegó de súbito con ese palpitar de la tierra que derribó ciudades, puso de rodillas los rascacielos, nos recordó en segundos que aún había un planeta bajo nuestros pies.

Azucena, como cientos de miles más, quedó bajo las tumbas de gris cemento. Túmulos decorados con el arte de los cristales rotos como las varillas retorcidas.

Las manadas desaparecieron y el firmamento soltó su líquida pena. Cada gota se desposó con las cenizas y el polvo vistiendo en verticales trazos aquello que habíamos dejado de ver. Las calles, avenidas y cualquier rincón fueron el fondo del lienzo donde vagan los que ya se fueron. De las tumbas de concreto brotaban para retomar el camino siguiendo eco de sus memorias. Fui el primero que vio cómo se tiñó el mundo de las sombras que emulaban los pasados individuo a individuo, cómo dejaban de ser manada y volvían a ser personas, cómo esos rostros miraban de frente reconociéndose en el húmedo ahora.

Así que estoy aquí, donde el instante de un perfume me capturó, en espera de que ella pase de nuevo, inverosímil, atávica como el espejo del mundo verdadero que nos espera más allá de la vida. Después, con un poco de suerte, me volveré también un espectro tintado por las lágrimas del planeta para coincidir de nuevo.

4. Taza rota, corazón roto
por Lisette Sánchez Hernández

Dos de la mañana, cama vacía, me levanto, me acuesto, me levanto, afuera bullicio de gente nocturna, adentro silencio y tic tac del reloj, yo aquí, tú no, me acuesto, me levanto, salgo, cocina, luz, estufa, tetera, agua, fuego, espero, me siento, me levanto, alacena, taza, té, me siento, reloj dos y media, tic tac, afuera claxón, adentro agua hirviendo, me levanto, tetera, agua, taza, me siento, puerta, reloj tres, tic tac, tú yo aquí, te sientas, te levantas, alacena, taza, té, estufa, tetera, agua, te sientas, tú, yo, mi taza vacía, tu dedo vacío, me levanto, mi taza, pared, pedazos, suelo, tu taza, pared, pedazos, suelo, puerta, alacena vacía, casa vacía. 

5. Shadow Play
por Jorge Isaacs Quispe Correa Angulo

Mi abuelo solía decir que llegará el momento en que las sombras hablarán todo lo que callamos. Mientras espero que ese día llegue, si ocurre, me entretengo viendo las sombras de las personas antes que a ellas. Por ejemplo, esas sombras que se proyectan en la pared de las afueras del cementerio se mueven de tal manera que es fácil saber que aún lloran por su difunto, excepto la de la niña que los acompaña: da pequeños brincos, como jugando, como ignorando el significado de la muerte. El de la señorita de la esquina tiembla escandalosamente, señal que en la calle debe estar haciendo un frío terrible y que no lleva la ropa adecuada para soportarlo. Mi madre proyecta una sombra que se mueve a paso lento y seguro, como un elefante en medio de la jungla, salvo que ella está en medio de la cocina buscando el paquete de galletas que le ha prohibido el doctor.
Quizás mañana vaya por tu casa a visitarte. Buscaré entretenerme viendo tu sombra, la de tu hermana, la de tu gato. Espero no te asustes al descubrir que ahora soy una sombra sin cuerpo. 

6. Sin título
por Danae Nicole Terriquez Flores

Finalmente está lloviendo. Llueve despacio, apenas se formaron las nubes y no hay rayos en el cielo, pero llueve. Creí que podría estar afuera otro rato más, empezaba a disfrutarlo mucho, ha pasado un tiempo desde que salimos, el sol ha sido inclemente estos días y he disfrutado de un tiempo aquí afuera, pero llueve. La gente alza sus paraguas, corre a resguardarse en donde pueda, otros ni se inmutan, pero todos nos ignoran. Estamos aquí de pie entre ellos, caminando a su lado, pero nos ignoran, siempre lo han hecho.

Nosotros también alzamos nuestros paraguas, comenzamos a gotear por la acera, despacio, nos escurrimos por las pisadas de los transeúntes, lejos de ellos una vez más. Después de todo, estamos hechos de sus preocupaciones, sus temores, su ira reprimida ¿quién quisiera tener esas cosas a su lado todo el tiempo? La lluvia nos arrastra a las cloacas de nuevo, liberando el peso en los hombros de la gente hasta la siguiente salida del sol, cuando acumulen su ira nuevamente y nos lleven a su lado, una vez más, como siempre ha sido y siempre será. Debe ser peligroso que toda esa materia se guarde en las cloacas bajo la ciudad ¿no crees?

7. Pequeña crónica del confinamiento
por Robinson Quintero Ruiz

Y así, de repente, comenzó a caer una lluvia ligera sobre la ciudad en horas en que la tarde se convertía en noche.

Era una llovizna menuda, aletargada. Bañó a la ciudad entera. Calles, parques, avenidas, transeúntes.

Todos se dejaron invadir por ella.

Y así, también de repente, todas las cosas parecían levitar en una quietud palpable. Hombres, animales, árboles, edificaciones y automotores se fueron trasformando en un nuevo paisaje, algo bastante similar a una de esas obras de René Magritte.

Nadie supo cómo ni cuándo el mundo se llenó de olvido. Un efecto de inmovilidad pobló el ambiente en un cerrar de ojos. Todos éramos nadie, sólo sombras donde érase una vez la mirada… 

8. La época victoriana
por Silvia Cecilia Vázquez Caru

En aquella pequeña ciudad, que andaba a pasos lentos en dirección al “progreso”, los niños, los jóvenes, los viejos y las damas de la alta sociedad siempre tenían sus días ocupados. El tiempo que no gastaban en asuntos sociales, era utilizado en largas caminadas por las calles de aquella ciudad.  Ahí podían observar y cambiar miradas ajenas sin preocuparse demasiado con el “qué dirán”.

La televisión no existía por lo que sus paseos se podían prolongar hasta bien entrada la tarde.
En los días de lluvia cada uno cogía su paraguas y caminaban a pasos más lentos de lo habitual.
Los señores saludaban levantando ligeramente el sombrero con su mano derecha, en cuanto las señoras hacían apenas un ligero ademan con la inclinación de su cabeza.

Todos eran felices, sin duda alguna. Especialmente teniendo en cuenta que sus caras eran bañadas por una luz fantasmagórica que azotaba la ciudad cada día.
9. Julio
por Karmina Espíndola Guerrero

Hay tardes que sangran y su olor me sofoca, entonces invento mi propia tanatosis mientras espero la salvación de un cielo estrellado. Pero aquella tarde fue diferente, una tímida lluvia se adueñó de la ciudad de México. Desde un segundo piso a través de mis persianas veía el exterior y pensaba como una penosa furia de los cielos era capaz de ahuyentar el caos.

A
pareciste, con esa piel blanca adornada de pinceladas redondas color café, tal vez negras, seguro que podría tener un nuevo pasatiempo y admirar la forma de tus lunares. Bastaron unos segundos para querer pasar todas las tardes contigo; tu mirada en el olvido, tu andar sosiego, tu gusto o desdén por la lluvia me arrastraban a ti y yo estaba celosa de ella porque acariciaba tu cuerpo.

D
esde aquella tarde de julio los cielos estrellados no me socorren, he encontrado conciencia y encanto en las tardes lluviosas, unos lo llaman el mal tiempo, pero para mí, es un temporal maravilloso.

10. Enmarcados
por Ronnie Camacho Barrón

Las cosas no han sido fáciles desde que cayeron las bombas, la radiación aniquiló todo lo verde, el agua se contaminó y la luz del sol apenas si puede atravesar las nubes de ceniza.

La guerra se lo llevó todo, menos a la gente de mi pueblo, ellos no tuvieron la   suerte de llegar a tiempo al refugio y sus cuerpos fueron desintegrados por la mortal luz de las bombas atómicas, más no murieron.

Sus siluetas quedaron enmarcadas en las paredes de las casas y edificios, ahora como seres incorpóreos me acechan a cada momento, quizás no puedan hacerme daño, pero no dejarán de seguirme hasta que me vean morir, después de todo, fui yo quien cerró las puertas del bunker antes de que pudieran entrar.
11. Sin título
por Daniel DT

Había algo extraño en todos ellos. Parecían perdidos, como buscando algo con el puro instinto, como siguiendo un aroma del pasado, de otra vida.

Intenté preguntar adónde íbamos, pero nadie respondió, ni siquiera con la mirada.

C
uando pasamos frente al aparador de una tienda lo comprendí, no vi mi reflejo. Bajé la mirada y seguí caminando, siguiendo un olor que, aunque amargo y salino, casi metálico, me resultaba familiar.

12. Sin título
por Carla Amezcua

Ella estaba cansada de ser solo una sombra. Él se paró junto a ella a la orilla del mar, luego le susurró “la lluvia nos devolverá a lo que fuimos”, disimulando la tristeza que le provocaba la posibilidad de regresar a su vida antes de conocerla, porque su hogar era ella y lo que despertaba en su interior, no la persona que palpitaba débilmente bajo su pecho. Contrario a los deseos de ella, él quería que el chaparrón los deshiciera como a las esculturas de arena y así ser uno para siempre. “Es una apuesta que no tiene ganadores”, pensó vacilante, antes de que el viento le arrebatara el paraguas de su mano.

13. Reflejos
por Nameless524

Me gusta caminar por la noche, cuando las farolas luchan contra la oscuridad y las nubes de lluvia cubren a la Luna. Me gusta ver mi reflejo en los charcos que se forman en el pavimento y cómo este reproduce las luces de la ciudad en constelaciones terrenales.

A veces camino con el resto, aunque hacerlo es muy frío, y otras veces lo hago por mi cuenta. En lo personal, me gusta saltar de tejado en tejado. Cruzo los techos de puntas, intentando no despertar a las familias que duermen en las casas.

Al resto les gusta andar. Pretenden que todo es normal; ellos montan una obra donde tienen lugares a los que ir, citas a las que llegar. Corren por la ciudad mientras la noche nos lo permite, antes de que el sol arruine la fiesta.

De vez en cuando alguien se nos une. Es triste, siempre lo va a ser. El desconcierto en sus ojos al despertar a mitad de la noche en medio de una ciudad dormida, el miedo de vernos por primera vez, sólo para caer en cuenta de la realidad. Algunos no la aceptan y caminan hasta su casa, asomándose por las ventanas, sin poder ingresar para consolar a los que les lloran. Después se vuelven miembros de la obra.

P
ero a mí me gusta saltar de tejado en tejado, como si fuera una especie de danza extraña, sólo para mí y las estrellas. Antes de que el sol salga por el horizonte y nos reduzca a murmullos y sombras, me gusta pretender que soy igual de brillante que mi reflejo en el pavimento.

14.“…sólo en silencio encontramos la felicidad”
por Tayatne Torres Rodríguez

Luego de que perdiésemos el habla mi hermana no volvió a discutir con su esposo, la vecina empezó a saludar con una sonrisa, y ese fue el fin de los insultos y las justificaciones. Adoptamos el silencio como la forma natural de comunicarnos, hasta el funeral de Marquitos. 

– ¡Mira, mamá! ¡Qué cielo tan lindo!” – dijo. ¿Dijo? ¡Dijo! Y eso fue todo.

L
os padres empezamos a temer que de pronto nuestros niños pidieran una canción o un cuento de buenas noches. Después del entierro algunos optaron por amordazar a sus hijos, otros los aislaron en sótanos para evitar el contacto social. Yo no sé qué hacer. Yo quiero que mi niña corra, sonría, juegue, pero ¿y si habla? ¿Tendré el valor de matarla?

Ilustración por Calitic https://www.instagram.com/calitic/
Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
25 %
Excited
Excited
63 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
13 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
100%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

One thought on “Érase una vez la mirada: 2

  1. Que maravilla leer tantas voces en torno a una misma imagen. La creatividad se manifiesta de distintas maneras. Cada cabeza es un mundo y está es la mejor prueba.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *