Érase una vez la mirada

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Estos son ejercicios de escritura que se juegan en el instante y apuestan por la invención de la perplejidad. Constituyen momentos de una misma totalidad fugaz, veloz y siempre narrativa; una micro-totalidad que pasa por la invención, también, del ojo, y que hace de las pequeñas narrativas y su estampa breve y sugerente, el haz de luz pasajero que nos conecta con el mito de nuestras propias percepciones. Cada texto aquí reunido es un recordatorio de que la vista es anterior a las palabras y, en este sentido, es también un retorno a la fascinación definitoria por esa indomeñable brecha entre visión y palabra.

Las microficciones aquí compiladas, surgen de nuestra reciente convocatoria para escribir partiendo de la visión de una obra del proyecto artístico de Calitic. Son, en rigor, impulsos lingüísticos emanados de la visualidad que, sin embargo, nos recuerdan que es precisamente a través de la facultad visual, que establecemos nuestros respectivos lugares dentro de la inmensidad de lo circundante.

Agradecemos a todos los autores que participaron con sus textos, y a Calitic por su maravillosa ilustración. Para conocer más sobre el trabajo de Calitic, vayan a sus redes sociales: https://www.instagram.com/calitic/ https://www.facebook.com/Caliticespacioyconcepto

Si quieren participar en esta dinámica, hacemos la invitación de estar al pendiente de nuestras redes sociales y conocer la próxima convocatoria: https://www.instagram.com/teresa_magazine/ https://www.facebook.com/revistateresamagazine/

Desde su ventana
Ella nunca ha hablado conmigo, pero siempre la observo, es mi vecina, se llama Calitic y cada día a punto de las 6:00 p.m., desde su ventana observa el horizonte, no sé si espera a algo o alguien, pero sus ojos tan cálidos como severos me hacen saber que sea lo que sea, está lista para enfrentarlo.

Ronnie Camacho Barrón

Sentada
Sentada en el mismo prado de siempre, bajo la luz de luna, bañada en su encanto y misterio, la Sacerdotisa Arcana contemplaba el paraje nocturno a sus pies. Un valle, verde hasta donde la vista alcanza. Las montañas a su derecha, el pueblo a su izquierda.
La brisa suave meciendo las pequeñas flores rosadas le hacía cosquillas en los pies. Una sonrisa asomó por sus labios. Se inclinó a tomar la pequeña flor. La arrancó con un poco de fuerza y la alzó para contemplarla a la luz de la luna llena. Sus dedos habían manchado de sangre los pétalos rosáceos. Suspiró de pena. 
A su espalda, el templo estaba destrozado. Sus hermanas Sacerdotisas yacían en el suelo, dispersas en las habitaciones, el patio, el estanque. La más pequeña de todas estaba sentada en oración a mitad del pórtico, con una daga extraña clavada en mitad de la espalda. 
-Los Dioses son caprichosos… pero sabios, ¿no es así?- 
-Exactamente, mi niña- le respondió la pequeña Sacerdotisa a su espalda, andando despacio, con los ojos destellantes como dos luciérnagas en mitad de la noche. 

Danae Nicole Terriquez

La Mirada
Laura había decidido ir al centro de la ciudad. Eran las rebajas. Se detuvo en frente de un escaparate en el que había un espejo ovalado para contemplar su reflejo y por un momento sintió que unos ojos amarillos la miraban fijamente. Al darse la vuelta, vio un gato negro que salía corriendo. Un poco más tranquila prosiguió su camino. Pasado una hora quiso fumar. Sacó de su bolso su mechero, pero desafortunadamente estaba sin gas. Un señor se le acercó con un sombrero negro y al encenderle el cigarro la deslumbró con sus increíbles ojos amarillos. No sabía por qué, pero percibió que aquella mirada la embriagaba y sabía que nunca la olvidaría mientras siguiera con vida.

Silvia Cecilia Vázquez

Pasta alla puttanesca
El deseo es más adictivo que el azúcar. El muchacho la vio cuando ella y su familia entraron al restaurante, ella lo notó y despertó su sed; dos largas horas transcurrieron entre ensalada, sentir su mirada, pan de ajo, verlo de reojo, pasta a los cuatro quesos, reír fuerte de un chiste sin gracia, tiramisú, la piel de los senos erizada. Llega la cuenta con dulces de café, él se levanta y pasa junto a su mesa, ella en un acto audaz tira su móvil, él lo recoge y el deseo inunda la escena. 

Karla Palacios

Crujir
Vie notó que desde hace algunos días entraba menos luz por su ventana, pero no le prestó mucha atención. – Es el árbol de afuera, está floreciendo- se dijo sin importancia.
Cuando regresó de su trabajo escuchó como todo crujía: el piso al caminar, las puertas al abrirlas, los gabinetes, el armario, la mesa donde se apoyaba para escribir más que para comer. – Mañana, con más claridad, veré que pasa- pensó y se quedó dormida de cansancio en su sala de estar.
A la mañana siguiente no pudo abrir la puerta, estaba atorada. Parecía deformada para encajar en el marco. – Esto no estaba así- decía Vie en voz alta en un intento de comprender la situación.
Daba vueltas por la sala en busca de una solución. El piso todavía crujía y ella empezó a sentir su pies más pesados. Poco a poco dejó de importarle la puerta. Entre menos le importaba, menos crujía el piso y más lento caminaba.
Finalmente se sentó frente a la ventana y observó el árbol. Imaginó su rostro tallado en él y Vie comenzó a crujir.

Lu cía / animal urbana

Cafetería
La genética me hizo tener ojos color miel, cuando los veo en el espejo el recuerdo de la esquina de mi casa vuelve en donde él me decía: -Más que belleza de tus ojos veo las ganas de robarte el mundo-. A él no lo he visto desde hace 5 años, está sentado en la mesa del ventanal, solo. ¿Tendré el valor de llevarle su café? Con un aroma del recuerdo, mis sentimientos fueron descubiertos cuando supe que de por vida quería verlo, que no quería dejarlo ir de nuevo, que lo amo… Sin embargo, una mujer entra contenta y lo saluda de beso, y dos angelitos con sus ojos y su cabello lo abrazan…  Yo ya no era su gran sueño.

Odalis Casablanca

Right on time
Tu mirada vidriosa me lo dijo todo en aquella tarde gris mientras contemplábamos embobadas un frío atardecer en la falda del volcán.
Habíamos recorrido durante mucho tiempo los mismos senderos, sin darnos cuenta de nuestra existencia hasta ese momento.
En tus ojos pude ver el anhelo en esa tarde gélida, mientras que en los míos únicamente había unos cuantos chispazos que nos indicaban que, al fin, habíamos llegado a ese punto del páramo.
Carajo, apenas me doy cuenta de lo mucho que anhelaba convertir nuestros encuentros fugaces en un hogar.
Ya es tiempo.

Karla Hernández Jiménez

Mírame
Recoge la lanza y apúntala hacia la Luna. Intenta no apartar la mirada cuando lo hagas, clava tu mirada en los orbes rosas de quien pongas bajo el filo. Cierra tus dedos en torno a la asta, pretende que no estás temblando, guarda ese miedo donde van los sueños rotos. Respira. Deja salir los suspiros que quieras, calla esos pensamientos, y huele el aroma de las amapolas en el aire. El tiempo se va a detener hasta que estés lista.
No lo dudes, recoge la lanza. Al hacerlo, ignora la caricia de la maleza que no ha sido decapitada en siglos. Oculta detrás de tu sonrisa el pánico, al tiempo que apuntas la lanza hacia la Luna. Puedes temer, puedes odiarte, puedes odiarme. Puedes hacer que lágrimas de sangre recorran tus mejillas mientras maldices a las estrellas y el secreto que te confirieron. Puedes sentir náuseas por el olor de las amapolas o repulsión por el contacto con la maleza. Vamos, lee su mente una vez más, una última vez, antes de cumplir con la profecía.
Recoge la lanza, aférrate a ella antes de arrojarla, susurra una plegaria que se asemeje a una disculpa, pero, por lo que más quieras, no desvíes la mirada…

Nameless524

Pluma y existencia
Los ríos del mundo van a dar al jardín de las flores del no retorno. Así lo predicó la mujer que llegó a la ciudad súbita como una sorpresa. Era un domingo de nubes azulosas donde el sol aún se escondía a la mitad del día. Las personas embebidas en el abismo de su vida caminaban, se detenían y se abandonaban a su soledad. Incluso los niños parecían desprendidos, aislados, como hojas de otoño entre la multitud.
Llegó vestida de tintas y palabras. Enarbolaba como única arma una pequeña pluma, cetro del texto urbi et orbi. Subió al bordillo de la fuente central y levantó ese pequeño bastón de mando que ordena los mundos ficticios. Sin más marcó un trazo aéreo que primero se unificó en los colores del momento y luego se disolvió en mariposas que cantaron una primera línea que entró en cada mente y corazón.
No se detuvo allí. Volvió a orquestar una serie de movimientos, letras y palabras etéreas, que se sostuvieron en el viento por unos segundos para fundirse en un arroyo que susurró los devenires que tiene la vida. Siguió el trazo de un ideograma que se consolidó en el sentimiento de dar y conjuntarse.
Para este instante los pasajeros del fin de semana habían olvidado las simas existenciales y sólo la contemplaban, allí, sola y magnífica coronada por el eco de agua lanzado por la fuente detrás de ella.
Seria, arropada en su metáfora, dibujó en palabras el jardín del inicio de los tiempos, el paraíso de toda religión, el lugar que dio origen y donde se descansará al final. Eran las palabras sin sonido que la lengua de las lenguas usa para las ideas primordiales, atávicas, únicas y propias.
Y aún no ponía el punto final a esa oración que era el preludio para la narrativa, poesía, representación y guión de la vida de cualquiera, de cada uno.
Entonces saltó bajando del bordillo y tejió primero una negación alrededor de la fuente cerrando, con esa simple palabra un círculo, para ilustrar que no hay vuelta. Haga lo que se haga, cada instante se fuga para no retornar.
Las nubes se abrieron y un rayo del sol, temeroso por interrumpir, disolvió esa palabra e impuso un primer punto. Los transeúntes abandonaron un fin de semana más del cotidiano en espera de que la historia continuara.
Ella sólo ofreció su pluma y esperó. Nadie quería ser el actor y autor para continuar nuestras historias. Inmóvil, con la mano extendida, la pluma aguardaba. El silencio se rompió ante lo que parecía el chirriar de lo inevitable.
Era una niña en una vieja silla de ruedas que se acercó y, sin dudar, tomó la pluma. La mujer sonrió y, sin decir palabra, hizo una reverencia para agradecerle el que se atreviera. Luego, con paso apresurado como si el destino la llamara, se retiró. El haz del sol se mantuvo sobre la niña que no dejaba de mirar la pluma.
La levantó y empezó a urdir la geografía de la realidad donde todos, tarde o temprano, también deberemos tomar la pluma para contarnos.

Eduardo Omar Honey Escandón


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