Escafandra

Pese a las advertencias del siquiatra y las tres dosis de medicamentos no consumidos, Laura sabe que aquello (su cabeza dentro del agua) es la única evidencia del presente: está viva. El contacto amable de su rostro frente a la apertura del contenedor le permite la entrada a los recuerdos de la noche que de a poco se asoman erráticos, ensayando un tango hasta entonces desconocido. También entran amores perdidos, adolescentes, entre fragmentos de fiestas marchitas; flashazos de besos nunca robados, adioses que atraviesan edificios oscuros imitando a las lechuzas; cuadernos de la infancia repletos de mala ortografía, con la que a duras penas alcanzó a trazar la carta, que por destino, nadie podrá transcribir en una hoja en blanco. Minutos antes de zambullirse, Laura ríe de pie frente al espejo, tres cuartos hacia la derecha, mientras ensaya un perfil inédito. Apenas la comisura de sus labios comienza a despertar entre los escombros de un maquillaje vencido por el humo del tabaco y la madrugada. Apenas un suspiro de vodka se convierte en bocanada del día y da pie a un gesto que no desaprovecha. Laura deshabita su rostro del cabello abierto en una senda de larguísimas promesas, donde tantas veces llevo a pastar caricias, peines muertos. Sus manos terciopelo caminan sobre un páramo suicida, desempañan los restos del rímel, dan contorno a éste, su pequeño ecosistema maldito. Laura llora lo mismo canciones que lágrimas, haciendo tiempo para que su pulso obstinado decida apagarse por siempre. Y todo es agua, todo es discurso, como el de sus padres que a la distancia resuena como un maullido atrapado en una triste escafandra, que se combina con la música electrónica de la sala en la que abundan los cigarrillos interminables y lámparas estrambóticas de esta muerte, lenta, subacuática, que se aproxima con las fauces bien abiertas y a Laura no le queda más que el instante de silencio, el desfile de las especies marinas de su conciencia que a falta de bronquios, naufragan en el océano de la calle cuarenta y cinco de Los Pedregales, donde una mujer sin conocimiento de navegación da su último respiro.

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Un pensamiento en “Escafandra

  1. Has llegado y tocado la parte más sensible de mi ser, y es que no quería reconocer el porque he hecho de esta forma mi vida en estos días, aunque lo mío es diferente hubo una parte que si se asemejó a mi historia, me encantaría leerlo completo, gracias Joaquín Filo y gracias a Teresa Magazine por recomendar y difundir este hermoso trabajo.

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