Estamos en periodo electoral y las convicciones faltan

No sorprende, por tanto, que el político de la actualidad se haya despojado de toda ética de la convicción, para aventurarse en la estéril dinámica electorera del pragmatismo.

Estamos en periodo electoral, de eso no hay duda. Hoy día abundan las artimañas comunicativas de las que se vale el político mexicano para justificar su oficio. Lo pongo en otros términos:  poco importa qué partidos políticos representen qué causa, lo que importa, y téngase claro, es ¿a costa de qué se obtendrá el triunfo en los distritos?, o, visto desde otro ángulo ¿qué candidato puede ser más competitivo?

Por lo antes dicho es que no pasa desapercibida la coalición “Va por México”, una asociación que transgrede las “raíces históricas y doctrinales” –si alguna vez existieron- de quienes la conforman: PAN, PRI y PRD. Yo me pregunto, ¿quién hubiese pensado que la oposición eterna, la brega de la eternidad, se coaligase descaradamente con su adversario histórico? ¿Quién hubiese imaginado al hijo trasgresor aliarse al padre que traicionó el espíritu revolucionario, promoviendo neoliberalismo Salinista? ¿En qué lugar del mundo el conservadurismo se fusiona con el ánimo trasformador? Pese a ello, no hay que ser ingenuos, siempre hubo indicios. Son la misma clase política viendo al acecho sus intereses.

Por ello no hay que perder de vista la obra Politik als Beruf de Max Weber[i]. Ampliamente citada en círculos académicos, pero al parecer desconocida entre los gobernantes promedio, constituye una reflexión en torno a las éticas de la convicción y la responsabilidad, en las que encuentra un candil que orienta el oficio político. No es difícil pensar que el político profesional, o al menos de talla, adopte estas dos máximas como guía. Por un lado, la pasión con la que se entrega a una causa fundada en ideales, brindándole un entendimiento y una aspiración de la realidad; por el otro lado, esta pasión, contraponiéndose con la responsabilidad de las consecuencias o efectos colaterales que puedan devenir de sus acciones.

Ahora bien, hay que entender que Weber nos está hablando desde el lejano 1919: donde la Gran Guerra había devastado la Europa central, la crisis humanitaria en Alemania estaba en auge, la república de Weimar se levantaba dificultosamente, el Bolchevismo ya había derrocado a la Rusia Zarista y los totalitarismos fascistas se estaban consolidando. En ese contexto se entiende que la ética de la convicción, muchas veces trastornada en ideologías funestas, fuera percibida como el origen de las catástrofes: grandes hombres habían provocado grandes tragedias en nombre de sus ideales y aspiraciones. Recordaba Weber: “Si hemos de escoger entre algunos años más de guerra que nos traigan así la revolución, o bien una paz que entorpezca su venida, es preferible que se prolonguen estos años más de guerra”.

No sorprende, por tanto, que el político de la actualidad se haya despojado de toda ética de la convicción, para aventurarse en la estéril dinámica electorera del pragmatismo. Si bien, la respuesta no está entre el político de convicciones o el que apela a la realpolitik, sino en el equilibrio de ambos principios. Lo cierto es que lo que hoy abunda es la marcha sin rumbo, la incoherencia, administrar la eventualidad y, dicho sea de paso, aliarse con el enemigo. En estos términos, me atrevo a decir que mucha falta nos hace un candil.

Por ahora, el eje orientador se ha perdido y el pragmatismo nos aventaja, y como decía el epígrafe de Sartori -citando a Bluntschli-: “La política debería ser realista; la política debería ser idealista: dos principios que son verdaderos cuando se complementan, falsos cuando están separados”[ii]. Mientras tanto, alguien regálele un librito de Weber a nuestros gobernantes, que tanta falta nos hacen políticos profesionales en periodo electoral.

[i] Weber, M. (1979 [1919]). El político y el científico. Alianza Editorial: Madrid.
[ii] Sartori, G. (1993). ¿Qué es la democracia? Editorial Patria: México D.F.


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